Temas Especiales

21 de Oct de 2020

John A. Bennett N.

Columnistas

¿Debemos respetar la ley?

‘... debemos entender que con demasiada frecuencia ‘ley' y ‘Estado' no son sinónimos... a menudo son antónimos'

Antes que nada, ¿qué hemos de entender por ‘respeto a la ley'? La RAE nos dice que ‘respeto' es ‘veneración o acatamiento...', pero también nos dice que es ‘miramiento, consideración y deferencia'. Pero... ¿podemos venerar o acatar leyes perversas? No faltarán los legalistas que salten a sentenciar que el mayor peligro que enfrenta la libertad es el poco respeto a la ley; no obstante, quizá el problema esté en demasiado respeto a la ley. Creo que hace falta una buena dosis de irreverencia en nuestro escrutinio de aquello que tanto santificamos; pues no debemos soslayar que muchos legisladores han usado la ley para someter a sus pueblos, y que la veneración no es automática sino merecida.

Una fiel aplicación de todas nuestras leyes nos llevaría a un colapso nacional. Unas por obsoletas, otras por absurdas e imposibles de poner el práctica. Siempre me viene a mente el mentecato límite de 25 KPH en pleno Corredor Norte, seguido de uno de 30 en la rampa de salida. O quizá el Artículo 284 de nuestra Constitución que manda a intervenir ‘... toda clase de empresas... para hacer efectiva la justicia social... (No definida en la ley), regular tarifas, servicios y precios de los artículos de cualquier naturaleza... y coordinar los servicios y la producción de artículos...'. Huelga que para ello tendríamos que nombrar presidente al señor Maduro de Venezuela que ha logrado la extraordinaria proeza de llevar a su país a una inflación de 510 %.

Lo cierto es que si poner todo eso en práctica acabaría con nuestros derechos, así como nuestra capacidad productiva, y la felicidad que menciona la Constitución. A dónde voy con todo esto no es hacia el irrespeto a la ley, sino hacia una sana dosis de irrespeto a la tuberculosis legislativa (léase ‘ñamería'). El asunto está en que si no denunciamos la prostitución de la ley, estaremos más afectados que cuando es estúpida y no la acatamos o simplemente ignoramos. Es más, si de respeto a la ley se trata, para mí respetarla es no prostituirla para el servicio de intereses bastardos.

Es esencial que la población logre un sano escepticismo hacia las leyes ñame y hacia el sistema politiquero que las crea y hace cumplir solo cuando les conviene. Pero todo esto nos lleva a una consideración más profunda que tiene que ver con la misma definición del término ‘ley'. La consideración de fondo está entre lo ilegal y lo moral; ya que, si simplemente veneramos el ñame legislativo del momento, estaríamos claudicando a nuestra responsabilidad moral.

Y ¡ojo!, que no abogo por una sociedad anárquica. Y es que el vocablo ‘ley' también lleva el sentido de orden, balance, derechos y reciprocidad; pero en el fondo siempre estaremos hablando de ‘justicia' y ¡neutralidad! ¿Es justa y neutral nuestra legislación? ¿Es justo que quien se quiera ganar la vida en un taxi tenga que sacar un cupo y pagar la coima para ello? ¿Y por qué creen que existen los taxis piratas? Estos no son más que una muestra visible de una realidad escondida y truculenta.

La historia está llena de leyes tramposas y de las formas ingeniosas que descubre la gente para eludir esas trampas; como el caso de los ‘contrabandistas'; que no hacen otra cosa que ofrecer al consumidor lo que el consumidor pide. Al final no es más que asunto de territorios y de capos.

Lo que debemos tener claro son los principios de la ‘ley natural' que deviene de nuestra naturaleza humana; esa que no próspera si no es en una atmósfera de justicia. En términos amplios hablamos de la interacción pacífica y voluntaria, frente a quienes se empeñan por imponer sus creencias o egoísmos por la vía coercitiva. Por todo ello es que debemos entender que con demasiada frecuencia ‘ley' y ‘Estado' no son sinónimos... a menudo son antónimos.

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