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19 de Feb de 2020

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Julio César Caicedo Mendieta

Columnistas

Ladridos extraños en Piedras Blancas

Para mí es grato escuchar a los perros ladrar en las madrugadas, sobre todo en soledades paradisiacas como en las montañas de Coclé.

Para mí es grato escuchar a los perros ladrar en las madrugadas, sobre todo en soledades paradisiacas como en las montañas de Coclé, por aquella inolvidable lectura: ‘No se oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de Don Quijote y turbaban el corazón de Sancho '.

Desde el entierro del apreciado y legendario don Nilo Arrocha (hace tres años), se han desencadenado los funerales de personalidades también importantes que, por sus aportes a lo largo de su trayectoria de campesinos honestos dejaron buenos ejemplos y no hay reunión en donde no se les recuerde en estas montañas de La Pintada. Los comentarios de la gente supersticiosa de por acá, se centran en que es muy raro que los perros estén ladrando en horas inusuales. Todo aquel que ha tenido perros sabe que ellos ladran cuando se enojan o cuando advierten extraños. Los perros de Piedras Blancas no le ladran a cualquier animal o cosa ni a las cabalgaduras, tampoco a los aprendices de cornetas y menos a los vaqueros que trasladan vacas de un portero a otro, cosa frecuente en estas cordilleras.

El concierto canino que nos ha puesto a pensar con mesura en lo más seguro de esta vida, que es la muerte, se da desde las dos de la mañana y el que lo comienza es un perro amado por sus dueños, noble y maltratado por su suerte llamado Azul. Fue mordido por una enorme boa constrictor de dos metros que, por acá, llaman ‘cabeza de perro ', que por nada lo asfixia, si no es por su dueño que llegó a tiempo al majado de faragua en donde se escenificaba el duelo a muerte. Un mes más tarde, cuando ya estaba recuperado, fue atropellado por un ‘Hy-lux ' que le inutilizó la pata derecha, le magulló la cabeza contra el asfalto y que, al parecer, lo ha dejado loco.

De todos los comentarios tenebrosos al respecto, le doy crédito al de José Ortega (Carmelo) y su hermano Félix, conocedores de perros y que les han cuidado sus limonares persas de más de 3000 palos, con más disciplina de los soldados suizos del Vaticano. Carmelo y Félix aseguran que lo del hermoso y tullido perro Azul, es porque en su locura puede ver a la muerte cabalgar por esos sitios de Dios y que por eso ladra con vehemencia, para que la parca lo venga a buscar cuanto antes, porque lo ha dejado en dos viajes casi seguros.

ESCRITOR COSTUMBRISTA.