Temas Especiales

20 de Oct de 2020

P. Fernando Pascual

Columnistas

Romper el círculo de reproches recíprocos

Sí: es fácil recordar los errores del otro. Es fácil acusarle de lo que está pasando. Es fácil justificar el propio punto de vista

Sí: es fácil recordar los errores del otro. Es fácil acusarle de lo que está pasando. Es fácil justificar el propio punto de vista y las propias acciones como si fuesen la consecuencia necesaria de culpas ajenas. Es fácil apuntar el dedo contra el otro.

Es fácil actuar así, y es fácil que alguien responda con la misma moneda. Cuando esto ocurre, cuando dos individuos o dos grupos que se cierran en sus parapetos, surge y se acrecienta viciosamente un círculo de reproches recíprocos.

Pero este tipo de actitudes y comportamientos no resuelve casi nada y genera tensiones, odios, enfrentamientos, incluso guerras. Al final, ¿quién paga las consecuencias? Muchas veces los mismos contrincantes, y otras muchas veces personas inocentes que no tienen ninguna culpa en la disputa. Para evitar este tipo de situaciones hay que detener las agresiones verbales y preguntarse seriamente: ¿cuál es el bien que buscamos? ¿Cómo evitar enfrentamientos inútiles? ¿Hacia dónde dirigir los pasos? ¿Hay espacios para construir puentes que acerquen a las personas y permitan un diálogo bien llevado?

Frente a grupos o sociedades que levantan muros, que condenan (con o sin motivos suficientes) a los otros, que buscan destruir convivencias con independentismos salvajes o con guerras civiles a cuenta gotas, vale la pena el esfuerzo de hombres y mujeres dispuestos al diálogo, a la acogida, al perdón, a las iniciativas que abren corazones y entablan diálogos saludables.

Porque el mundo se destruye cuando las personas o los grupos mantienen actitudes de denuncia y de reproche repetidas cientos de veces, hasta el aburrimiento o el fanatismo. Mientras que el mundo se regenera cuando las personas o los grupos tienen miradas altas, superan acusaciones que no tienen sentido, y trabajan por la paz y la justicia.

Vivimos en un planeta herido por odios y guerras, por rencores y por actitudes de ruptura y de desprecio. Frente a tantas agresiones y tanto dolor, en el que pagan cientos de inocentes, vale la pena emprender esfuerzos para acercarnos a hablar, para defender paces justas, para proteger a los más desfavorecidos y necesitados, a través de la colaboración entre hombres y mujeres abiertos a la reconciliación y al diálogo.

SACERDOTE Y FILÓSOFO