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30 de May de 2020

Ricardo Cochran Martínez

Columnistas

La justicia y la solidaridad social

Los seres humanos convivimos en sociedad desde el origen de los tiempos, por tal razón somos gregarios; nuestra cultura es aprendida

La justicia y la solidaridad social
La justicia y la solidaridad social

Los seres humanos convivimos en sociedad desde el origen de los tiempos, por tal razón somos gregarios; nuestra cultura es aprendida y por ello pueda que sea diferente una civilización a otra en cuanto a las costumbre para comer, vestir e inclusive para contraer matrimonio; pero lo que no cambiará es la búsqueda de la felicidad, de la paz y de la justicia personal y social, en ninguna parte del mundo.

Decía Rene Descarté en el Discurso del Método , que el Sentido Común es lo mejor repartido en el mundo; ese sentido común establece como norma mínima de conducta el respeto hacia las demás personas en su forma de pensar, siempre y cuando su forma de actuar esté dentro de la ética y moral positiva. A nadie se le ocurre defender el mal y perseguir al bien, eso es totalmente descabellado. Pero al parecer sucede en la actualidad.

De tal manera que en todas partes del mundo, todas las culturas entienden y practican la ética, con la intención de que la sociedad pueda sobrevivir y lograr sus metas. Porque la paz es precisamente eso, la creación de condiciones óptimas para que el desarrollo permita el progreso de la sociedad en su conjunto.

Recordemos que los Gobiernos de la antigüedad solo perseguían el propio interés del gobernante y de una clase social específica, los nobles; el pueblo llano y el resto de la sociedad solo existían para ser expoliados, en aras de un interés mezquino y que renegaba de la dignidad humana.

El lema de la Revolución francesa: ‘Libertad, Igualdad y Fraternidad', aún dista de cumplirse en su totalidad, de ahí que la época actual aún, con toda la tecnología creada y la capacidad de colocar una sonda en los confines del Sistema Solar, no ha logrado hacer llegar la justicia, la libertad, la igualdad y la fraternidad al mundo.

Primero porque nuestras creencias y políticas, lo evitan, no queremos participar en la lucha por cambiar el mundo en algo mejor. Esas creencias abandonan al resto de la humanidad a un caos, solo nos apartamos y dejamos que las personas sufran, porque no comparten nuestras creencias; y si no perteneces a un partido en el poder, bueno, estás condenado al ostracismo.

Decimos practicar el bien, pero la vanidad y la soberbia se apoderan de las organizaciones en ambos casos, dejamos que el mal haga su trabajo y no nos oponemos a él practicando y efectuando acciones para contrarrestarlo, que pueden ser muy simples, desde no hablar mal de nadie, tratar con respeto al portero y al gerente, hasta ofrecer trabajar en la comunidad para cambiar una alcantarilla; con un gesto podemos hacer mucho bien, es un grano de arena, pero se empieza por algo.

Por otra parte, la corrupción se ha convertido en el peor flagelo de todos los Gobiernos del mundo, sean de derecha o sean de izquierda, sean occidentales, sean orientales; cuando los criminales, que de por sí no tiene ninguna conciencia social ni solidaridad alguna, desean ‘algo' de algún Gobierno, solo tintinean las monedas y algunas personas caen en la trampa de la caja registradora y ‘facturan' los dineros del pueblo, la justicia del pueblo, las libertades del pueblo; y cuando digo ‘pueblo' me refiero a todas las personas que viven en un país, sean los más influyentes económicamente o sean los más pobres, como en el caso nuestro; somos nosotros: ‘el pueblo', el que exige respeto, justicia y libertad.

Las conciencias no existen, está solo la idea de timar, de estafar, de dejarse corromper por la criminalidad, y a ello estamos todos expuestos, porque es fácil también hablar y dar discursos de moral, ¿pero seremos capaces de resistir y trazar una ofensiva contra la corrupción? Pienso sinceramente que sí, lo exige el Bien Común.

Debemos ser capaces de comprender que nuestro mundo tiene que cambiar, y para hacerlo somos nosotros los llamados a hacerlo, por cada persona honesta, por cada padre de familia abnegado, por cada hijo agradecido, por cada ciudadano capaz de resistirse a la corrupción, principalmente su gobernante, avanzaremos un milímetro, pero que sumados poco a poco se convertirán en una milla de diferencia entre un pueblo honesto y justo que respeta a otros y que practica la solidaridad, ante aquellos que solo nos sentamos a ver cómo el mundo arde...

Cambiar las cosas sí, pero primero, cambiar nosotros... Salud.

PROFESOR EN FILOSOFÍA E HISTORIA.

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‘Debemos ser capaces de comprender que nuestro mundo tiene que cambiar, y para hacerlo somos nosotros los llamados a hacerlo...'