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25 de Feb de 2021

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Julio Yao Villalaz

Columnistas

¿Lista Clinton o Lista Suleimán?

Hace más de veintiún siglos, las intervenciones entre países, reinos e imperios eran causales de guerra

Durante el imperio otomano había mil y un motivos para perder la cabeza en tiempos de guerra, pero en tiempos de paz solo se podía perder la cabeza por cuatro razones. La primera: por decisión de los jueces después de escuchar los alegatos. La segunda: por decisión unilateral del sultán quien, si estaba de mal humor, te hacía el honor de decapitarte personalmente. La tercera (y esta era más efectiva, por ser privada y expedita): por órdenes de la sultana, cuyos sicarios te desmochaban la testa, ahorrándole al imperio el protocolo y la etiqueta. La cuarta: por amor, que es la manera más dulce de perder la cabeza sin cortarte el cuello. En cambio, las esclavas del harén no tenían derecho a decapitar y se conformaban con amenazar ‘cortarle la lengua ' a sus rivales o volver loco de amor al príncipe.

Hace más de veintiún siglos, las intervenciones entre países, reinos e imperios eran causales de guerras.

Por eso pienso que hemos avanzado muy poco cuando veo que la primera potencia, sin tener la delicadeza de tocar a nuestras puertas, nos cuelga a todos un edicto en el palo más alto donde se condena a uno de nuestros súbditos al ostracismo comercial, financiero y bancario y a una muerte moral tan solo porque ‘dicen que dicen ', ‘dicen porque sospechan ', ‘sospechan que dicen ', ‘sospechan que sospechan ' que el señor Abdul Waked —a quien ni conozco ni defiendo— ¡es el mayor lavador de dinero del mundo!

Sin presentar pruebas, sin observar el debido proceso; sin considerar la presunción de inocencia; sin reconocer el derecho a la defensa; sin contactar al Ministerio de Relaciones Exteriores; sin respetar nuestra soberanía judicial; sin apiadarse de los más de siete mil colaboradores del Grupo Waked y sus familias que quedarían desamparados, el embajador procónsul, John Feeley, tras de desenvainar su espada y hacer rodar la cabeza de Abdul por las escaleras de La Estrella de Panamá y El Siglo , reconoció ¡no tener ninguna evidencia contra el muerto!

Como en Panamá apenas estamos haciendo el primer trasplante de cabeza, la tecnología nos llegó tarde para restaurarle la suya a Abdul, panameño de origen libanés, que no fue decapitado tras ser vencido en juicio ni perdió la cabeza por amor. ¿Pero quién le va a creer a Washington que Abdul era el más grande lavador del mundo? ¿A Washington, que puso a Colin Powell a mentir ante el Consejo de Seguridad de la ONU que ‘tenían pruebas ' de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein y con esa mentira destruyeron la cuna de la Civilización?

No, señor Fileimán, ¡a otro perro con ese hueso!

Ustedes hacen una lista que no es negra ni gris sino oscura y cuyo inventor, Bill Clinton, estuvo a punto de perder la cabeza, no por cometer actos libidinosos con una becaria en la Casa Blanca, sino porque fue financiado por otro país con veinte millones de dólares durante su campaña presidencial, razón suficiente para que lo descabezaran; pero ustedes, que no ejercen en EE.UU. la autoridad imperial que despliegan en Panamá, le respetaron a Clinton sus veinte millones y sus pecadillos sexuales.

Y ahora, con una moral inexistente, EE.UU. levanta listas oscuras que no han visto ni verán jamás la luz con miles de colombianos, panameños y latinoamericanos que, sin su conocimiento ni consentimiento, son llevados al patíbulo sin derecho al pataleo, condenando al hambre y al descrédito a sus familias y colaboradores con arbitrario desconocimiento de sus derechos más elementales, ya que creen tener una infalible fábrica de verdades, a pesar de las invasiones embusteras a Irak.

Ahora es solo Abdul Waked, pero hace dos meses fueron 12.6 millones de documentos sustraídos por sus servicios de inteligencia para descabezar a los enemigos del Suleimán angloamericano y debilitar la economía de Panamá.

En 1972, el canciller Juan A. Tack fue requisado en el aeropuerto de Nueva York en violación de su inmunidad diplomática. Panamá protestó, y el embajador de EE.UU. pidió cita al canciller, quien lo dejó esperando. En represalia, el Gobierno les dio 24 horas para que los Cuerpos de Paz y los agentes de la DEA abandonaran el país. ¡Y se fueron!

Como ahora no tenemos un Gobierno firme, el sultán Fileimán seguirá cortando cabezas a diestra y siniestra con la espada y los ministros que le prestaron los enemigos de Waked al Gobierno de Panamotta. ¡Alá nos proteja!

*ANALISTA INTERNACIONAL, EXASESOR DE POLÍTICA EXTERIOR Y ESCRITOR.