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04 de Mar de 2021

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Julio César Caicedo Mendieta Portocarrero

Columnistas

La credibilidad en Panamá y Catatumbo

Hoy, más que nunca, los pueblos necesitan creer. En Catatumbo la gente cree mucho, a pesar del prestigio de los que allí mandan

Hoy, más que nunca, los pueblos necesitan creer. En Catatumbo la gente cree mucho, a pesar del prestigio de los que allí mandan. En Panamá los ciudadanos ya dudan hasta de su madre. Catatumbo es una subregión colombiana guerrera y selvática de Santander, con menos de 120 000 habitantes, en donde las Farc, el ELN, los peludos, las bacrim, los herederos del Megateo y los agentes del cartel de Sinaloa son parte del crisol humano que allí convive, creyendo y obedeciendo sin pestañeos a la bandera que señaliza quién manda en determinado momento en el pueblo.

En nuestro país, en donde poco falta para que el populismo de derecha le lave la ropa a la gente, jamás se han atrevido a pedirle la hora al Gobierno, ¿será por la falta de credibilidad que reina? ¡Cierto! No tengo noticias de sindicatos ni de asociaciones sin fines de lucro para viajar con nuestros impuestos, que hayan tenido oportunidad para pedirle la hora al Gobierno, ya que la clase política se adelanta siempre ofreciendo cielo mar y tierra para no cumplir con nada y menos con lo sustantivo.

Las consecuencias de las mentiras creadas por los gobernantes son funestas. El cúmulo de promesas incumplidas se convierte en un abono eficaz para la desconfianza general y el juegavivo. Cada día la clase política amanece más estigmatizada con el engaño y la sinvergüenzura, convirtiéndose en un palo en la rueda del desarrollo del país. La credibilidad en Panamá está en coma. Contrario a los ejemplos de terror que se dan en Catatumbo, en donde no hay espacio para las mentiras, fíjense cómo cumplieron la promesa de liberar del secuestro a la periodista española, doña Salud Hernández Mora, pese a ser una de las plumas más odiadas en Risaralda y Chiriquí por catalogar a Pereira como cuna de prostitutas.

Si ustedes observan, los educadores ya no creen en lo que dice el Ministerio, los aborígenes son más desconfiados que un chino cuando del Gobierno se trata, los incumplimientos con los sobrevivientes de la ponzoña del ‘guayacolato ' persisten, los viceministros y subdirectores dudan que el despacho superior respectivo mande y se lo pasan serruchándole el piso al jefe, la gente no cree que Fonseca pise la cárcel. El Gobierno te dice una cosa y te sale con otra, sino pregunten a los fastidiados de la famosa vacuna.

Hoy, más que nunca, hay que creer en Dios, así de grandiosa y sencilla es la fórmula para vivir en este país que digo yo que es mío, créanme.

ESCRITOR COSTUMBRISTA.