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18 de Apr de 2021

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Samuel Lewis Galindo

Columnistas

Marisín

Muy pronto, por sus grandes ejecutorias, fue nombrada por las distintas instancias del partido su vicepresidenta

En 1991 personalmente conocía muy poco a María Esther Villalaz de Arias. Sabía, por supuesto, de su incansable lucha por restablecer la democracia istmeña como miembro importantísimo de la ‘Cruzada Civilista'. También de sus destacadas posiciones en el gremio de la medicina. También tenía conocimiento de su inquietud por las letras; no solo leía mucho sino escribía siempre sobre temas de interés nacional. Mantenía una excelente relación con los medios de comunicación.

Cuando en 1993, en compañía de otros distinguidos panameños, fundamos el Partido Solidaridad, con el propósito de darle oportunidad a jóvenes de participar en política en un nuevo partido (la dictadura había proscrito todos los partidos existentes), ella, Marisín, desde un principio se unió al grupo de Solidaridad; fue de las primeras en inscribirse, pues estaba dentro de los postulados democráticos por los cuales ella tanto luchó.

Muy pronto, por sus grandes ejecutorias, fue nombrada por las distintas instancias del partido su vicepresidenta. Posteriormente, cuando por iniciativas del Directorio de Solidaridad de la provincia de Chiriquí, se me ofreció la postulación a la Presidencia de la República, esta acogida tuvo eco en el resto de los directorios del país. La Convención que me nombró como candidato a la Presidencia de la República, distinguió a Marisín como candidata a la Vicepresidencia al alto cargo.

La incorporación de Marisín le dio una gran fortaleza al movimiento solidario. Pronto se dejaron sentir sus valiosos esfuerzos. No solo se contentó con dirigir a las mujeres del partido, sino que participó en todas las actividades que se realizaban.

Desde que se fundó Solidaridad, establecí con Marisín una relación personal muy estrecha que perduró hasta su sensible fallecimiento. Nos veíamos a diario en la campaña y posteriormente a ella, no pasaba semana sin que nos contactáramos en alguna forma, bien personalmente o por vía telefónica. Ella siempre fue leal a sus principios y mantuvo una intransigencia a todo lo que se apartaba de lo que era muy caro para ella.

Siguiendo nuestra costumbre y viendo que no sabía de ella por más de una semana. Ella —cosa que no sabía— estaba hospitalizada; sin embargo, en esa conversación telefónica que le hice, Marisín se mantuvo como siempre muy optimista y me dijo que muy pronto me vería, cosa que no sucedió; a los pocos días murió.

Su fallecimiento es una gran pérdida que sufre la sociedad panameña y yo personalmente pierdo una amiga leal y muy querida. La pena que me embarga la hago extensiva a todos sus familiares. Créanme que comparto con ustedes el profundo dolor que los embarga.

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