Temas Especiales

23 de Apr de 2021

Carlos E. Russell

Columnistas

Mis recuerdos de Cuba y Fidel (II)

La majestuosidad de aquella mañana de julio del 68, junto con el acompañamiento de un ligero céfiro que traía olor a mar

Eufórico y sumergido en la profundidad de un océano emocional, lleno de incógnitas y expectativas, nuestro pequeño grupo partió de La Habana hacia Santiago en la provincia de Oriente para empezar nuestra misión libertadora.

Este concepto, por cierto romántico, constituía el fin primordial de nuestro viaje ‘formar parte de una brigada de hombres y mujeres quienes, empuñando machetes y con esfuerzo, cortarían tanta caña que en un futuro no lejano la historia nos reconocería como miembros del ejército moral e internacional que derrotó el bloqueo y por ende, liberó a Cuba de las garras del dominio de EUA.

No hay duda alguna de que la idea de que nosotros pudiéramos penetrar hectáreas de caña y con machetes liberar una nación fue y es romántico; pero en aquellos tiempos, en el mundo, reinaba la dualidad del romanticismo e idealismo en el corazón de la juventud. ¡Para ella no existía montaña que no se pudiera escalar! ¡Así fue con nosotros! Empero, la realidad fue otra. ¡Con la excepción del mexicano que nos acompañó, fui el único del grupo que sabía usar el arma con el cual íbamos a confrontar al enemigo... el cañaveral cubano! Añado a esta dura realidad otra que hoy nos es jocosa. Al haber sido yo criado en los centros urbanos de Panamá mi conocimiento del manejo del machete dejaba mucho que desear; algo que luego sería causa de gran dolor, produciendo en nuestras manos ampollas que molestaban al apretar el mango del machete.

La majestuosidad de aquella mañana de julio del 68, junto con el acompañamiento de un ligero céfiro que traía olor a mar, el esplendor y verdor pintoresco de la isla, constituía para nosotros un ‘high' natural. Disfrutando de ella, más el agotamiento físico y mental por el vuelo y el ajetreo de las últimas horas, me dormí, perdiendo la extraordinaria belleza del vientre rural y agrícola de Cuba. ¡Así me contaron mis ‘compañeros libertadores'! Arribamos a la hora del almuerzo, fuimos alojados en un campamento campesino cerca del cañaveral.

Involucrados en la lucha de los derechos civiles como fuimos, Angela, Kendra y yo —únicos negros del grupo—, estábamos ansiosos por conocer el estatus del negro cubano bajo el régimen socialista de Fidel. Mas, no sabíamos cómo hacerlo sin ofender. ‘¡Vinimos a cortar caña, no a entrar en polémicas políticas!', nos dijimos —un razonamiento tépido y peor aún, deshonesto. ‘¡Dios es bueno!', dice el dicho. Aquella tarde en Santiago de Cuba los negros del grupo al unísono hubiéramos respondido: ‘¡Amén!'.

De la nada, el canto de un negro, elegante, con el tradicional sombrero de guajiro arrogantemente puesto sobre su cabeza y perchado en una escalera arreglando los cables eléctricos de la calle, captó nuestra atención. Intrigados, nos acercamos entablando conversación. Al preguntarle su nombre, él, sin trepidar y con sonrisa inocente, nos contestó: ‘Castro'.

Pensando yo que el guajiro, sabiendo que éramos extranjeros, había decidido ‘tomarnos el tiempo'. Decidí seguirle la corriente. Indagué: ‘¿Familia de Fidel?'. Con una serie de carcajadas tronales, que por poco lo tumban de su percha, me respondió (lo cual parafraseo): ‘¡Válgame Dios! ¡Si fuera así estaría en La Habana!'. Cuando cesaron las carcajadas, Angela, Kendra y yo supimos que el breve intercambio con el intrépido guajiro nos había abierto las puertas para la conversación con los oficiales cubanos que ansiábamos.

Durante el resto de aquella tarde, y gran parte de la noche, conversamos. Lanzamos preguntas sobre el racismo en Cuba; la posibilidad de extirparlo; la diferencia entre ‘prejuicio racial' y ‘racismo sistémico e institucional'; sobre los problemas de género y clase. En fin, todo lo que como ‘revolucionarios en formación' (éramos activistas políticos) nos preocupaba. Ellos, a su crédito, no se ofendieron e intentaron responder. ¡Los escuchamos! (Aquí parafraseo la esencia de sus respuestas). Visiblemente incómodos dijeron que el racismo persistía, pero su efecto era mucho menor; la lucha para vencerlo, seguía. Según ellos, fueron demasiados los años en que estos cánceres sociales y antihumanos —productos del capitalismo predetario— se radicaron en Cuba y por ende la dificultad para eliminarlos. Conscientes estaban de su existencia y el compromiso indiscutible de Fidel de superarlos. La inequidad económica era mucho más fácil de confrontar y ellos estaban seguros de que el socialismo, como sistema, vencería.

Sus respuestas para nosotros fueron reflejos de una ideología en aras de madurez. No habían encontrado la solución, pero arduamente combatían el mal que florecía mundialmente.

¡En la madrugada nos esperaba el cañaveral! ¿Cómo describir la confusión de nuestros sentimientos al ver por primera vez un cañaveral en vivo? Las hileras de caña nos causaron pánico. Nos reímos casi a sotto voce para enmascarar aquellos sentimientos. Los cubanos fingieron ignorancia. Nuestra arrogancia de días anteriores desapareció. Hoy, nos tocaría enfrentar un enemigo real y visible.

Fuimos ubicados frente a largas hileras de la caña por cortar y acompañados de macheteros expertos, quienes nos instruyeron en el uso del machete, el proceso a seguir y el cuidado que debíamos tener con las culebras y ratas. Antes de que el sol saliera, estábamos tumbando caña. Detrás de cada hilera, siguiéndonos, carretas en las que se recogía la caña para llevarla a procesar. Dejamos de trabajar mucho antes del mediodía. ¡El sol cubano no lo permite! Me parece que fueron tres días que fuimos macheteros. Créanme, no envidio al machetero cubano.

Al completar nuestra faena en la provincia de Oriente y preparándonos para retornar a EUA, tuvimos la oportunidad de conocer y conversar con estudiantes jóvenes, quienes profesaban su devoción y compromiso con la revolución y especialmente con su padre, Fidel. ¿Pensamientos orquestados por el regimen? ¡No creo! ¡He aquí mi razón! Habiéndonos despedido de Puerto Padre y a bordo del barco ‘Bahía de Siguanea', antes de zarpar, Angela Davis, viendo lo joven que era, decidió entablar una conversación con el piloto indagando sobre su decisión de ser capitán de naviero. El nos relató que siendo estudiante de Filosofía en la Universidad de La Habana, Fidel visitó la universidad y, dirigiéndose al estudiantado, manifestó que Cuba carecía de pilotos, pues ¡la mayoría había abandonado la isla! En aquel momento dejó de ser estudiante de Filosofía y se convirtió en capitán de naviero. ¡La juventud cubana abrazó la revolución!

La amistad que surgió de dicho encuentro fue inesperada. Angela era profesora de Filosofía y yo poseedor de una Licenciatura en Filosofía. Los tres nos hicimos amigos de viaje. Al salir el barco del puerto y en pleno mar, nuestro nuevo amigo se acercó frustrado diciéndonos que el barco perdió comunicación radial con Cuba y que habría que pilotarlo usando las estrellas. Nuestro puerto de llegada era Pointe-à-Pitre en Guadalupe. Nuevamente fuimos azotados por la incertidumbre. Mientras contemplábamos nuestro futuro inmediato, un avión de guerra de EUA, desplegando una cola gaseosa de luz fosforescente que iluminó la noche y volando bajo, cruzó sobre nosotros. ‘¿Eso que fue?', exclamamos. ‘No sé', respondió el joven capitán.

Nunca pensé que algo más podría ocurrir. ¡Me equivoqué! Al llegar a Guadalupe, fuimos avisados de que 26 estudiantes puertorriqueños, quienes abordaron en Puerto Padre, fueron detenidos por las autoridades en Guadalupe por llevar copias de la revista ‘Tricontinental' que en su portada lucía la figura del sacerdote Camilo Torres, guerrillero colombiano, con un aro sobre su cabeza y un rifle en los hombros. Afortunadamente para ellos, Angela, como miembro del Partido Comunista, tenía contacto con el Partido Comunista de Guadalupe, quienes lograron su libertad. Las revistas fueron confiscadas, los estudiantes tomaron avión a Puerto Rico; Angela y su grupo otro hacia California y yo, a Nueva York.

Nunca he regresado a Cuba. ¡Cuánto me ha dolido!

ESCRITOR