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12 de Apr de 2021

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

Perdidos en el mar

Sabía lo que era y quise ‘sangrarlo' para echarlo a andar. Conocía de antemano que era difícil lidiar con ese problema

La lancha se detuvo en el mar. Me di cuenta de que el motor había agarrado agua. Traté de hacerlo arrancar. Cargaba un cuchillito y quise repararlo; pero es un modelo complejo, 140 de cuatro tiempos, necesita herramienta más sofisticada. A veces, los mecánicos utilizan una computadora para encontrar el daño. Sabía lo que era y quise ‘sangrarlo' para echarlo a andar. Conocía de antemano que era difícil lidiar con ese problema.

Así se expresó Narciso Bastidas, guardaparques del Ministerio de Ambiente cuando se vio en problemas junto a dos compañeros en la costa de Veraguas mientras viajaban del Puerto Mutis a la isla de Coiba, en misión oficial. Llevaban combustible que se utilizaría con visitantes internacionales en una gira en esa área protegida. Su experiencia de más de veinte años, le confirmó que estaban ante un problema y pensó rápidamente cómo salir de allí.

Ya estábamos dentro de los límites del Parque Nacional Coiba. Éramos tres y al llegar a ese punto, ya no hay comunicación por celular. El radio que teníamos era nuevo y al parecer estaba cargado. Nada de comunicación por ninguna de las dos vías. Habían pasado varias horas desde el primer momento de la complicación; era la 1:30 de la tarde. La corriente nos llevó para atrás y al sacarnos del parque, volvimos a tener señal.

Bastidas es llamado ‘Mali Mali' por quienes le conocen o han trabajado con él en labores en investigación. De origen kuna, nació en Sasardí, Mulatupo, comarca Kuna Yala, hace 53 años. Pasó casi catorce años en el penal por situaciones en que se vio involucrado. Cuenta que era gordo y el jefe de un campamento de la colonia carcelaria le prometió que lo haría rebajar con el trabajo de machetero.

Otro de los compañeros pudo comunicarse con un colega de servicio en el Golfo de Montijo, quien dio la información al jefe del parque. Al rato, volvimos a estar incomunicados. Tiré el ancla. El fondo del mar estaba como a ochenta metros; lo alcanzamos y nos resignamos a esperar. El tiempo estaba cerrado por la lluvia desde que habíamos salido del puerto y no se veía nada.

Otro privado de libertad del mismo origen, lo vio hecho un guiñapo con las tareas a que había sido sometido y le dijo que parecía un ‘mali mali', expresión que en lengua kuna tipifica una raíz seca y por extensión, alguien enjuto.

La esperanza nos quedaba de que ya se había comunicado la situación. Volvimos a intentar arrancar el motor y... nada. Se avisó la ubicación, pero la información, al parecer estuvo mal explicada después. Una lancha fue enviada y no fue posible que nos avistara porque todo estaba nublado. Solo sentimos el ruido, pero no nos vieron. Al llegar la noche, supusimos que había regresado a la base.

La noche estaba fría; seguía el tiempo de lluvia. A pesar de tener capotes, no servían de nada con el frío. A medianoche, los compañeros por el oleaje y el movimiento, empezaron a vomitar. Tenía sueño y me dormí. A las 7:00 de la mañana, me di cuenta que el celular funcionaba, llamé al director y le di la dirección. Una hora después apareció un avión del SENAN y al rato, llegó la lancha que nos remolcó a su base en Coiba.

Llegó al penal de Coiba para ‘fugarse'. Lo intentó tres veces infructuosamente. Un día, apareció un grupo de investigadores y solicitó a alguien que guiara al equipo. Un oficial lo recomendó. Adquirió experiencia en flora y fauna local. Se hizo asistente técnico y al finalizar su condena y cerrar la cárcel, allí se quedó como guardaparques. No tuvo éxito para evadirse, pero alcanzó fama como experto en la naturaleza.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.