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11 de Aug de 2020

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Ernesto A. Holder

Columnistas

Es tiempo para otros actores

Estos hábitos pasan a ser parte esencial de su condición humana.

Es tiempo para otros actores
Es tiempo para otros actores

Antes de pasar al tema de hoy, debo subrayar que La Estrella de Panamá es un asunto de Dignidad Nacional. En un país en donde esas cosas de la historia y la cultura no son tan importantes: es uno de los referentes puntuales. Para los que sí tenemos esa conciencia, continuaremos exigiéndoles a las autoridades nacionales que asuman una posición más viril y a favor de los intereses de la Nación.

Hablando sobre Dignidad Nacional, cada cierto tiempo los diputados también nos recuerdan lo que somos y no es halagador. Los asuntos legislativos de las últimas semanas han subrayado eso. Con todo lo que sabemos y con su líder máximo detenido en una cárcel en los Estados Unidos, hace más de un mes, hay algo muy podrido y de poca dignidad en las esferas políticas y en la sociedad cuando el colectivo que representa al anterior Gobierno ocupa espacios de liderazgo y de toma de decisiones. Una cosas es el intercambio de ideas y la discusión político-intelectual y otra muy diferente es ese matraqueo mundano y repugnante que ocurre allí. Y entonces… los señalamientos, actitudes por desprestigiar y destruir que no deben tener cabida en un grupo en donde la negociación y los acuerdos pulcros y serios (alejados del ‘¿qué hay pa' mí?'), deben ser el norte.

Alguna vez teorizaba sobre la conducta del ser humano. Sobre sus actitudes que a lo largo de los años se convierten en hábitos. Algunas positivas y otras, no tanto. Muchas se deben al condicionamiento psicosocial del individuo a través de los años; aprendidos, ensayados y asimilados en el seno de los grupos humanos en los cuales se desenvuelve (la familia, el barrio, el colegio, la iglesia, el sitio de trabajo, etc.). Estos hábitos pasan a ser parte esencial de su condición humana.

Si la formación humana primaria y esencial se desarrolla y manifiesta como conductas de apoyo incondicional a los semejantes y al entorno; de apertura social, de entrega y dedicación a las causas que promueven el crecimiento emocional y espiritual de la humanidad; si se fundamenta en una comprensión sinérgica de los retos que imponen el hecho de la existencia misma, entonces, lo más probable es que el individuo trabaje afanosamente por hacer de la convivencia entre los grupos sociales en donde se mueve, un ejercicio constructivo y de crecimiento, no solo para él, sino para todos en general.

Si por el contrario, su ambiente de convivencia es un reto constante de supervivencia emocional; se fundamenta en el condicionamiento de defenderse a toda costa; de ‘no dejarse de nadie'; de destruir a cualquiera que parezca un oponente y que pretende aspirar al mismo espacio al cual aspira (en vez de tender puentes de cooperación y entendimiento): el individuo siempre conducirá su existencia de manera ofensiva y destructiva.

Destruir al que se nos opone impera como hábito en la estructura social y el que se deja, es un inepto, por no decir otra cosa. Se vive en el barrio con las bandas, en los colegios, en los grupos y sindicatos, en los sitios de trabajo y, como dijimos, en el ambiente politiquero que aquí se practica. Un condicionamiento aprendido que atenta contra nuestro desarrollo y contra nuestra convivencia como grupo humano.

Hay ejemplos cotidianos de personas que trabajan afanosamente por revertir las desviaciones que hemos permitido hasta el momento: reparar el respeto hacia el prójimo ante todo. Revertir la disminución generalizada de la condición sociocultural que como grupo humano experimentamos. Pero el interés por destruir nos rodea a diario. Individuos que trabajan para no permitir la integración de grupos que, unidos y tan solo unidos, pueden significar el mejoramiento de su condición y desempeño. Personas que viven por desmeritar los logros de otros.

La reflexión con prudencia debe llevar al entendimiento de que la existencia de estructuras importantes de la administración de la Nación están en juego; en ‘veremos', como decimos acá, esperando la verdad del caso Odebrecht aquí en Panamá. Lo que debe ocurrir son las correcciones y no la destrucción. Llegó la hora de despachar a los actores que tenemos y cuyo ejemplo no son las más constructivas. El efecto Odebrecht debe garantizarle espacios de liderazgo político a otros nacionales que quieran corregir todas las esferas políticas, empresariales y culturales de la sociedad. Esa tarea es inminente.

COMUNICADOR SOCIAL.