La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Berna Calvit

Columnistas

Del violinista y la limosna

‘La solidaridad y la expulsión de los mercaderes de la política es el mejor camino para tenderle la mano a los que no se merecen la suerte que los condena a la limosna'

No he vuelto a ver al anciano del violín. Me acostumbré a verlo sentado en el piso, violín en mano, como esperando que alguien le pidiera una pieza musical; a su lado el estuche abierto para las monedas que depositaban algunos, satisfechos con ‘la buena obra del día, en paz con mi conciencia'. ¿Por qué le pedía que tocara alguna pieza y me quedaba hasta que la finalizaba? Porque sentía que para él era más satisfactorio ganarse el dinero con su música, que el tintineo de los que sin siquiera mirarlo dejaban monedas que eran limosnas, no el reconocimiento a su oficio musical. En otro sitio de la ciudad el rostro del invidente de la guitarra se animaba cuando le pedía que tocara alguna canción. Para ellos, para su dignidad, el instrumento musical significaba que no eran mendigos, que no pedían limosna sino ofrecer música a cambio de algún pago. Hace varios años una señora regordeta y ágil pedía limosna en calle 50; era mi ruta diaria, así que un día la llamé para ofrecerle dos días de trabajo en casa, pensando en que le convenía más que estar largas horas bajo sol y agua; su respuesta fue un furioso carterazo que puede esquivar; esta doñita no quería trabajo, quería limosna. Una noche, hace pocos días, a una anciana que hace años vende flores (es un decir) hasta bien entrada la noche, le compramos dos ramitos envueltos en celofán; cuál sería nuestra sorpresa al abrir los envoltorios: contenían mustias hojitas de rosas pegadas con cinta adhesiva a una ramita; le compramos para colaborar con ella, para que por lo menos esa noche se pudiera ir más temprano a casa, pero resultó pilla; con menos años encima hubiera podido convertirse en diputada y después servirse de la excusa de que ‘el sistema' la obligó a la pillería. ¡Si les digo! Un señor que llegaba cojeando y hecho un ‘mafá', regularmente pasaba por mi oficina a pedir limosna, ‘mire cómo estoy'; perdió el negocio el día que lo vi ‘bien acompañado' y caminando más erguido que una palmera.

Muchas veces he meditado sobre la ‘limosna', que despierta sentimientos encontrados en mí. La disyuntiva de dar limosna o pasar de largo sin darla se nos presenta casi a diario. Todas las religiones contemplan el valor de la limosna, la caridad y la compasión; según el Talmud la caridad es muy superior a la limosna, que solo implica dinero; en tanto que la caridad, además de dinero, incluye servir a quien lo necesite, sea rico o pobre. Dar limosna es acto momentáneo, impersonal, cómodo, que puede darnos la sensación del deber cumplido; sabemos que la moneda o el billete no soluciona la permanente necesidad del indigente, pero nos satisface que contribuyó en algo para la necesidad de ese día. ¿Pero es así? El que pide limosna necesita muchas manos extendidas para conseguir lo suficiente para comprar algo de comer, un medicamento, la botella de alcohol, etc. Y seguirá día tras día recibiendo el desprecio de algunos, violencia de otros, indiferencia de casi todos. ¡Hay tantas historias en estos seres que extienden la mano pedigüeña! La madre indígena con un niño de pecho y otro que apenas empieza a caminar, ¿despierta nuestra simpatía, compasión? Cuántos habrán pensado molestos ¿por qué no está con su gente allá en su aldea y está aquí estorbando en la acera? Hay otra fea verdad sobre los indigentes: las autoridades se ocupan de ellos para ‘desaparecerlos' temporalmente cuando se desarrolla algún evento de prestigio internacional. No es problema de fácil solución, pero tampoco existen programas sostenidos para ayudar a los ‘ayudables' y atender a los que ya no lo son.

No hay país sin mendigos; en algunos son problema muy grave por lo numerosos y sus malas condiciones de salud; países con mejor estándar de vida regulan la mendicidad, pero no logran eliminarla totalmente. Las guerras conducen a la miseria ambulante; la desigualdad económica y el saqueo al Erario generan pobreza como la que tenemos en Panamá. Pero usted, yo y muchos más, ¿nos conformamos con darles unas monedas para aliviar la conciencia, o los ignoramos para ver si así logramos que desaparezcan? Nos queda el camino de la solidaridad, un valor para defender organizadamente los derechos de los más vulnerables ante la injusticia social. La solidaridad y la expulsión de los mercaderes de la política es el mejor camino para tenderle la mano a los que no se merecen la suerte que los condena a la limosna.

COMUNICADORA SOCIAL.