La Estrella de Panamá
Panamá,25º

14 de Oct de 2019

Paulino Romero C.

Columnistas

¿Panamá avanza o permanece frustrada?

Lo cierto es que en el pensamiento y en el corazón de los grandes panameños ha vivido la idea de un Panamá único

La Nación panameña, cuasi devorada por la autocracia de años, y por las frecuentes y espantosas luchas intestinas partidistas actuales, el nepotismo, la corrupción, el tráfico de influencia y la incapacidad administrativa demostrados, poco o ningún tiempo ha tenido (durante los últimos 27 años de Gobierno ‘democrático') para reorganizar su vida jurídica, económica y social, y para superar el deplorable nivel cultural que heredó de Gobiernos autocráticos. La penosa situación que vive Panamá hoy día nos obliga a formular las siguientes interrogantes:

¿Podemos ser menos panameños los hombres y mujeres de hoy que los grandes panameños de ayer? ¿Podrá ser menos intensa y constructiva y batalladora nuestra pasión de Panamá que la suya? ¿Podemos desertar del ideal de nuestros grandes antepasados o mostrarnos incapaces de realizarlo en toda su extensión?

Son estas preguntas que formulo con la íntima certidumbre de que tienen una respuesta en cada uno de nosotros. Una respuesta a que está tanto en nuestros corazones como en nuestra voluntad. Y que debe ser categóricamente afirmativa como un acto de fe en nosotros mismos y en el destino panameño. Sí; moralmente estamos ligados a ser abnegados y fervientes continuadores de la obra de nuestros mayores. Abanderados de su ideal. Realizadores de sus sueños. Ciudadanos obreros de la gran causa por la que ellos lucharon. La democracia panameña está en la obligación –es nuestro particular sentir— de llegar, en este respecto, hasta donde lo aconseja el sentido de la propia prosperidad y de la felicidad del pueblo.

Ante la desilusión y el desengaño colectivo, causados por la ineptitud del actual Gobierno, muchas veces nos hemos preguntado si podría ser Panamá en estos momentos el país de la gran frustración. Pero debemos confesar, con igual franqueza, a pesar de todo —porque aun esto pasará—, que hemos repugnado desde lo más íntimo de nuestro espíritu tal posibilidad. La rechazamos instintivamente, con un repudio a la par de emocional y lógico, por contraria a nuestra inteligencia. ¡No! Panamá debe ser lo que su destino le tiene señalado que sea; y el servir esa misión diariamente, con sus acciones pequeñas o grandes, tanto las de la vida pública como la de la vida privada, es el gran compromiso, el deber histórico, la obligación que los panameños hemos contraído ante nosotros mismos y ante el mundo. Por tal motivo, fe y deber, sentido de predestinación y sentido de responsabilidad van unidos en nuestro pensamiento y constituyen la sustancia viva de nuestra concepción de lo panameño. Somos un pueblo adulto y, como tal, tenemos que tomar una posición frente a la vida.

Lo cierto es que en el pensamiento y en el corazón de los grandes panameños ha vivido la idea de un Panamá único, que conservando los particularismos de cada región integrante de la patria, las funda espiritualmente a todas y haga de cada hombre y mujer que la habita un verdadero ciudadano de Panamá y de América. Al decir estos es preciso detenerse en algunas de esas grandes figuras de nuestra nación; pensamos en Justo Arosemena, en nuestros próceres, José Agustín Arango, Federico Boyd y Tomás Arias; en Manuel Amador Guerrero, Eusebio A. Morales, Belisario Porras, Carlos A. Mendoza, Ricardo J. Alfaro, Ricardo Miró, Guillermo Andreve, Harmodio Arias, María Ossa de Amador, Amelia Denis de Icaza, María Olimpia de Obaldía, Pablo Arosemena, Octavio Méndez Pereira, Enrique A. Jiménez, Francisco Arias Paredes, Roberto F. Chiari, Manuel José Hurtado, Federico A. Velásquez, Miguel Mejía Dutary, José Dolores Moscote, Samuel Lewis Arango, Otilia Arosemena de Tejeira, Sara Sotillo, Aquilino E. Boyd, Jorge E. Illueca, Carlos Iván Zúñiga y tantos otros ilustres panameños.

Inspirémonos en el ejemplo de estos grandes panameños y panameñas; construyamos o terminemos de construir la sociedad panameña de hoy y de lo venidero, una sociedad levantada sobre el derecho y por ello justa, libre y generosa. Esta es, insistimos, la parte, y nada despreciable, de tarea que nos concierne a nosotros y que deberán continuar nuestros hijos, hasta que quede consumada. Un quehacer trascendental para Panamá, para América y para el mundo.

PEDAGOGO, ESCRITOR, DIPLOMÁTICO.