La Estrella de Panamá
Panamá,25º

18 de Oct de 2019

Juan M. España

Columnistas

Dios permanece muerto

Como ya mencioné, no se trata de una cuestión que deba celebrarse, quizás así lo entendió Nietzsche

En una anterior columna titulada con la polémica frase ‘¡Dios ha muerto!', he intentado elaborar de la manera más breve la significación que tenía la misma para Friedrich Nietzsche, así como algunas consecuencias que se pueden extraer de ella.

Como ya mencioné, no se trata de una cuestión que deba celebrarse, quizás así lo entendió Nietzsche, y es que el ámbito suprasensible era el sostén del mundo sensible, era la estructura fundamental de la vida y varios consideran que aún lo es. Así pues, que la historia de pistas de un movimiento hacia la negación de este ámbito no es una noticia alegre, se trata de un movimiento hacia el ‘Nihilismo'.

¿Y qué es el nihilismo? Nietzsche dirá que ‘los valores supremos han perdido valor' (han perdido su encanto, su fuerza constructiva o su capacidad para dotarnos de significación), respuesta que viene acompañada de ‘Falta la meta, falta la respuesta al ‘porqué”.

En otras palabras, se trata de un proceso histórico que consiste en una progresiva desvalorización de los valores supremos, valores que representan todo lo verdadero, lo bueno y lo bello. Poco a poco vamos cayendo en cuenta de que esos valores supremos no son capaces de garantizar los medios para la realización de las metas que estos plantean.

Sin embargo, aún estamos aquí, a pesar de estar privados de dichos valores o si es que estos están en decadencia (¿no nos dicen siempre las personas mayores que la juventud ha perdido los antiguos valores?), por ello lo que queda es la instauración de nuevos valores. A fin de fundamentar los nuevos valores hay que negar los antiguos, el ‘Sí' a lo nuevo es un tajante ‘No' a lo decadente.

El movimiento nihilista es paradójico, puesto que es destructivo y al mismo tiempo plantea la construcción del reemplazo de los que hasta entonces fueron nuestros valores supremos. Pareciera que esto no ocurre en Panamá, sería suficiente con constatar que muchos panameños aún visitan las iglesias, oran, participan en los rituales cristianos; sin embargo, esta sería una observación muy pobre, pues, sí hay una progresiva negación de los valores ‘statu quo'.

Observo que actualmente se niegan los valores del mundo católico para reemplazarlos por los vientos que traen los protestantes (más conocidos como evangélicos), los cuales ganan fuerza social y política en el istmo, traen consigo una reinterpretación de los valores cristianos. Este es el caso para nuestro país, pero en lugares como Reino Unido que ya pasaron por el largo período denominado como la Edad Media, luego la Reforma, la Contrarreforma, etc., hay una tendencia hacia lo que podría denominarse como la irreligiosidad (un 53 % de la población declara no estar afiliada a ninguna institución religiosa o creencia).

Y tal parece que no hay indicios de que se detendrá este movimiento y seguramente dentro de cien años o quizás menos, lo que observamos en Reino Unido se replicará en Panamá y otros lugares.

No obstante, aún queda la duda de si la sociedad humana está preparada para separarse de la matriz mística, duda que planteé al final de la anterior columna. Dicha matriz mística puede encontrarse ya en las cuevas de Altamira y la misma quizás tiene su génesis en algo que todavía nos asusta: la muerte.

Desde el momento en que nuestros antepasados más lejanos tomaron consciencia de su mortalidad (hace miles de años atrás), la matriz mística se convirtió en su amparo y resguardo. Si eventualmente la tecnología logra desarrollarse hasta tal punto que podemos prolongar cientos de años (o más) nuestra estancia en la Tierra, ¿qué podría hacer todavía por nosotros la matriz mística?

Es una pregunta para la cual solo tendrán respuesta los humanos del futuro distante, así que más bien sería plantearse esta cuestión desde nuestro presente. Será algo que pienso abordar en otra ocasión.

FILÓSOFO