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17 de Oct de 2019

Álvaro Alvarado

Columnistas

Panamá SOS, 50 años después del golpe de 1968

En ese entonces el suscrito solo tenía 20 meses de nacido

En los últimos días me he dado a la tarea de conversar con varios panameños que vivieron la amarga experiencia del golpe de Estado del 11 de octubre de 1968 y todos coinciden en que el país vivía momentos parecidos a los que vivimos en la actualidad. En ese entonces el suscrito solo tenía 20 meses de nacido, por lo que todo lo que diga sobre este acontecimiento histórico, está basado en literatura y testimonios de personas que vivieron esa etapa de la historia que fracturó la vida democrática de Panamá y que le quitó el poder político al poder económico.

En 1968, el país estaba dividido y vivíamos una profunda crisis política, económica y social. Por un lado Arnulfo Arias, un político enigmático e imprevisible que representaba los sectores más tradicionales y por el otro David Samudio, un político más apegado a las orientaciones de los organismos financieros internacionales, quien representaba los intereses de sectores comerciales y financieros.

Las calles eran escenario de permanentes protestas obreras, estudiantiles, de educadores, campesinos e indígenas.

El país estaba gobernado por Marco Aurelio Robles, quien había llegado al poder acusado de recurrir al fraude para ganar las elecciones presidenciales contra el Dr. Arnulfo Arias en 1964. Robles era parte de la oligarquía nacional y tenía muy buenas relaciones con los estadounidenses.

La corrupción gubernamental en ese momento se incrementó a niveles sin precedentes en la historia panameña.

La campaña política fue una de las más asquerosa de la historia, debido al lenguaje y a las prácticas utilizadas por los partidos políticos que aspiraban llegar al poder. Las elecciones de ese año fueron escabrosas, hubo muertos y heridos, pero finalmente se reconoció el triunfo del Dr. Arias.

La descalificación, la calumnia y la injuria estaban a la orden del día, ya nadie respetaba nada ni a nadie. En pocas palabras, reinaba la anarquía.

El 1 de octubre asume el poder, Arnulfo Arias y 11 días después fue derrocado por un grupo de militares encabezado por el teniente-coronel Omar Torrijos, los mayores Boris Martínez y José Humberto Ramos.

Hoy, 50 años después, el país vive una situación igual o peor que la de 1968. Los niveles de corrupción gubernamental y de la empresa privada son gigantescos, la justicia simplemente no funciona, no hay independencia de los órganos del Estado, pues el país lo controla a su antojo el presidente de la República. Si nos vamos a otros temas que afectan a la población en general, la inseguridad ya no se aguanta, vivimos en una sociedad intolerante y violenta, donde ya cualquiera se toma la justicia por sus manos, hay una gran ausencia de liderazgo y poco se habla de principios y valores.

Luego de la invasión de 1989, el poder político, que por 21 años estuvo en manos de los militares, ha ido retornando rápidamente a manos del poder económico, hoy, dividido en bandos. Ya los partidos políticos están controlados por figuras que representan el poder económico y no hay verdaderos dirigentes políticos al frente.

Hay una profunda crisis política que refleja un total agotamiento del sistema, algo similar a lo ocurrido en octubre de 1968.

Lo preocupante de todo esto, y quizás aún no nos hemos dado cuenta, es que este agotamiento del sistema solo se resuelve inyectándole una sobredosis de democracia al país o con medidas de fuerza que nos pueden llevar nuevamente a una dictadura y no creo que los panameños estemos dispuestos a volver a los tiempos donde las decisiones se tomaban desde la avenida A.

Los dirigentes políticos del país, desde 1989 a la fecha, han aportado su granito de arena a la grave situación que vivimos, ya que todos, a su manera, han destruido lo poco que teníamos de institucionalidad. Pero el presidente Juan Carlos Varela tuvo, a partir del 1 de julio de 2014, la oportunidad de oro de construir un nuevo Panamá, después de la debacle del quinquenio pasado y se distrajo persiguiendo a todo aquel que estuvo cerca de Martinelli o a su Gobierno, tarea que debió dejar en manos de la Justicia.

La primera gran estafa del señor Varela fue la promesa de una Constituyente, que quizás no sea la cura de nuestros males, pero sí el principio de esa cura que estamos buscando y todos anhelamos.

Señor Presidente: No lleve al país a un enfrentamiento en estos 16 meses que le quedan de Gobierno. Piense como estadista y en este corto tiempo busque el diálogo como una herramienta que le permita superar esta crisis.

PERIODISTA