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17 de Oct de 2019

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Mireya Lasso

Columnistas

¿No existe el infierno?

Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente

¿No existe el infierno?

Declaraciones atribuidas al papa Francisco han causado revuelo entre algunos católicos y, aunque sus palabras no fueron transcritas textualmente, la versión publicada por el periodista, Eugenio Scalfari, un no creyente amigo de larga data del papa, ha causado reacciones de sorpresa. La pregunta de Scalfari: ‘Nunca me habló de las almas que murieron en el pecado y se van al infierno por toda la eternidad. Me habló… de buenas almas y la contemplación de Dios. ¿Pero las almas malas? ¿Dónde están castigadas?'. La respuesta de Francisco: ‘No son castigadas… Las que no se arrepienten y por lo tanto no pueden ser perdonadas, desaparecen. No existe un infierno, existe la desaparición de las almas pecadoras'.

¿Cómo es posible que un acrisolado teólogo como Francisco pueda hacer tan sorprendente afirmación? Su respuesta ha alimentado ciertas críticas que ya le han hecho, calificándolo como "un reformador sin reformas", que "ha empujado la autoridad papal hacia sus límites", planteando un conflicto cultural entre las enseñanzas morales de la Iglesia y el modo de vida real de las personas en el mundo contemporáneo.

Sin embargo, no hay que dejar de recordar que Juan Pablo II, en declaraciones expresadas en una audiencia en julio de 1999, se refirió en los mismos términos al tema: ‘Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el Infierno deben ser correctamente interpretadas. Ellas indican la completa frustración y vacuidad de una vida sin Dios. El Infierno indica más que un lugar, la situación en la que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios, fuente de vida y de alegría… No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en un infierno'.

Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente: no son necesariamente las que nos pintó Miguel Angel en su mural de la Capilla Sixtina ni describió Dante Alighieri en su Divina Comedia. Por supuesto que la incredulidad inicial que causan las declaraciones del papa se basa en todas las referencias encontradas tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento de un ‘infierno', fuego que no se apaga, lago de fuego, etc. Pero esa expresión en idioma español, según su etimología, es vocablo traído originalmente del hebreo ‘gueh hinnóm' y del griego ‘guéenn', que hacen referencia al Valle de Hinón. Ese valle, situado a las afueras de la antigua Jerusalén, fue destinado en tiempos de los reyes israelitas para ofrecer niños en sacrificio; posteriormente se le conoció como ‘Valle de la Matanza' donde permanecerían sin ser enterrados los cadáveres de seguidores de religiones falsas. En tiempos de Jesús, el Valle de Hinón se utilizaba como basurero; allí se arrojaban los cadáveres de algunos criminales y un fuego constante quemaba sus restos y los desperdicios de los habitantes de Jerusalén.

Durante los últimos años, algunos grupos religiosos no católicos han revisado su doctrina del infierno. Una comisión doctrinal de la Iglesia anglicana dijo en 1995: ‘El infierno no es el tormento eterno; es la elección final e irrevocable de un proceder que se opone de forma tan absoluta a Dios, que lleva irremediablemente a la inexistencia total'.

En conclusión: Juan Pablo II y Francisco coinciden, el infierno es un estado de vacuidad y frustración para quienes optan voluntariamente por cortar su relación con Dios.

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