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17 de Oct de 2019

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

Música, silencio y oscuridad

‘El valor de La música del silencio, de Radford, es recoger la vida y aporte cultural de uno de los más grandes cantantes entre ambos siglos y sus éxitos'

La sola alusión de una cinta cinematográfica del realizador Michael Radford sobre el gran tenor Andrea Bocelli, basado en una biografía de éste, titulada La música del silencio, es motivo de interés. Sobre todo por la capacidad del director inglés, nacido en la India, de adaptar obras literarias como El mercader de Venecia, de Shakespeare, 1984 de George Orwell y El cartero de Neruda (Ardiente paciencia) de Antonio Skármeta.

Junto a Anna Pavignano y con la colaboración del propio Bocelli, Radford redactó el guión, escogió un elenco para armar la familia y cercanos amigos alrededor del famoso personaje o su álter ego Amos Bardi, quienes se relacionan con su azarosa vida, formación y éxito artístico al consolidar una expresión musical, que a finales del siglo XX cambió el derrotero del bel canto para adaptarlo a la población joven y lograr que ésta asimilara sus formatos.

Al enfrentar un trabajo biográfico para llevarlo al cine, el responsable de esta gran tarea debe tomar decisiones, sobre qué aspectos van a tener una mayor visibilidad. Hay la opción de avanzar por todo el camino vital o contrariamente, seleccionar un aspecto y desde allí involucrarse con la figura. Esto ocurrió con El cartero de Neruda, cuando el relato se queda en un fragmento de la vida del poeta chileno durante su exilio en Italia.

Con Bocelli, se buscó una vía diferente. El argumento expone al autor, ya maduro que inicia un recuento sobre sí, pero a través de un personaje imaginario, Bardi, interpretado por Tobi Sebastian. Todo el esquema de la niñez y juventud aparece con un orden cronológico, en destellos de aspectos puntuales que explican el desenvolvimiento de su infancia, sus enfermedades y la áspera relación con diferentes individuos, salvo el tío, quien lo orientó.

A mitad de la narración, que lleva un ritmo bastante lento y disperso, aparece el maestro (Antonio Banderas). Este instructor ha de enseñar al cantante, sobre las capacidades que llevaba consigo y las formas de expresión requeridas para mostrar su virtuosismo y la profunda sensibilidad que desde la infancia tenía guardadas y que fueron una manera de vincularse con un mundo que apenas percibía, merced a su creciente ceguera.

Es necesario resaltar que las anteriores adaptaciones fueron todas ellas de un excelente tratamiento en su contenido y lenguaje. Radford se tomó el tiempo para utilizar el preciosismo fílmico y llevar a imágenes, aquello que los clásicos mencionados dejaron en una redacción que atendió episodios tan específicos como el de Neruda; o el acoso del Estado en el caso de 1984 y el retrato de una época medieval a los ojos shakespereanos.

Sin embargo, la figura de Bocelli no tiene ese tinte con Radford, quien escogió coyunturas que, a pesar de dar un texto coherente, no alcanzaron a brindar una dimensión del artista; algo que por ejemplo reflejó muy bien Clint Eastwood con su tratamiento del virtuoso Charlie Parker en Bird. La historia se muestra imprecisa en los aspectos que definieron las decisiones de la ruta seguida por el prodigioso exponente y se queda en detalles intimistas.

A pesar de estos inconvenientes, el conductor de la película supo saltar en su recuento y exhibir aquellas canciones que tuvieron un mejor significado para el artista que encendió los escenarios y al público con su especial tendencia de interpretar con romanticismo y darle una proyección más popular a la complicada trama de la ópera. Esto le permitió estar a la altura de los modelos de la época, Adelmo Fornaciari (Zucchero) y Luciano Pavarotti.

El valor de La música del silencio, de Radford, es recoger la vida y aporte cultural de uno de los más grandes cantantes entre ambos siglos y sus éxitos, que muchos hemos disfrutado.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.