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06 de Dec de 2019

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

Nicaragua y Venezuela, hermanos siameses

Las protestas empezaron el 18 de abril de este año a causa de impopulares reformas a la Seguridad Social de ese país

La situación de brutal represión que vive el pueblo de Nicaragua desde hace 56 días, con un saldo de 139 asesinados hasta el momento por las fuerzas policiales y parapoliciales, por instrucciones del presidente Daniel Ortega y su vicepresidenta y esposa Rosario Murillo, según ha hecho público el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, se ha vuelto absolutamente intolerable. La mayor parte de los muertos perecieron a causa de bala de alto calibre en la cabeza, cuello y tórax, según se ha podido constatar.

Las protestas empezaron el 18 de abril de este año a causa de impopulares reformas a la Seguridad Social de ese país, y han continuado con una exigencia creciente de renuncia por parte de ambos siniestros personajes, después de once años de mañosa permanencia en el poder, con acusaciones de abuso y corrupción.

Tanto en la patria de Augusto César Sandino y Rubén Darío, como en la Venezuela de Simón Bolívar y ahora bastión chavista espurio de Nicolás Maduro, ambos como parte del entramado cubano que tras bastidores los protege y alienta, no hay libertades cívicas toleradas, los medios de difusión son perseguidos y la posibilidad de protestar frenada a sangre y fuego sin importar las consecuencias. La falta de libertades en la Venezuela madurista, la depauperación creciente del país, con su falta de alimentos y medicinas y su negación a aceptar ayuda humanitaria del exterior, así como la represión en las calles, son realidades que no hay manera de negar. ¿Todo por culpa del malvado imperialismo yankee? Más bien, gobiernos fallidos ambos, por su incapacidad de llevar progreso a sus pueblos, por la rampante corrupción enquistada en el poder, por las tácticas dictatoriales que orgullosos copian del modelo cubano.

En Nicaragua, Ortega se puso él mismo en el poder, al eliminar en la contienda electoral a los demás partidos políticos; y antes, en Venezuela, Maduro le quitó a la oposición cualquier posibilidad de triunfo electoral al ir eliminando las instancias y las garantías civiles y políticas que permitieran una contienda justa, así como al descalificar de antemano que sus principales contendores pudieran postularse a cargos de elección. Todo el derecho del mundo tienen entonces sus respectivos pueblos de exigir la renuncia de sus gobernantes, de pedirles cuentas por sus infames actos anti-populares, de pedir cambios drásticos en la forma de conducir los destinos, hoy truncos y desangrándose, de sus respectivas patrias.

Qué fácil ganar así unas elecciones orquestadas. Puro control maquiavélico, fraude descarado y métodos antidemocráticos de coerción permanente en todos los órdenes. La meta: proteger la corrupción rampante enquistada en la cúpula de mando y no ser desplazados del poder.

Son muy pocos los intelectuales, artistas y escritores de valía que todavía acuerpan a Ortega y a Maduro, y los manifiestos de solidaridad con ambos pueblos empiezan a circular por las redes en busca de firmas. Pero junto con las firmas deben consignarse también, y sobre todo, los argumentos; retratarse las tristes realidades; afilar las evidencias de lo que realmente está ocurriendo en Nicaragua y en Venezuela.

Bolívar no soñó y luchó por una sola gran patria latinoamericana para ver hoy a los países llamados a integrarla convertidos en despojos de su brillante ideal. Lamentablemente, ya en vida vio cómo se iban desmembrando esos países, esos sueños, por el egoísmo que los personalismos y la ambición del poder entrañan siempre. Y murió creyendo que había arado en el mar. Lo cual era en gran medida cierto, aunque no del todo.

Ya es hora de que los demás países del Continente cierren filas con estos dos pueblos oprimidos y a distancia le aprieten las tuercas a sus dictadores en todas las formas posibles: diplomáticas, políticas, económicas y de abierto apoyo solidario a esos sufridos pueblos. Ya lo hace la Iglesia Católica en ambos países, ejerciendo presión moral y social sobre sus mandamases. La solidaridad que esperan de sus hermanos latinoamericanos tanto los nicaragüenses como los venezolanos comienza por cada uno de nosotros.

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