24 de Feb de 2020

José Eduardo Sam Rojas

Columnistas

Constitución para muchas mañanas

De esta manera, se ven truncados los objetivos de un desarrollo integral y mejores condiciones y calidad de vida para todos los panameños

El Presidente de la República dio inició el pasado 5 de mayo al proceso que intenta definir una nueva Constitución, y así dar cumplimiento -tardío y extemporáneo- a una de sus promesas de campaña. El pendiente más importante que tenemos como Nación, desde la caída del gobierno militar el 20 de Diciembre de 1989, y la posterior juramentación del primer gobierno puramente democrático desde el golpe de estado de 1968.

Las Constituciones adoptadas hoy en día en el mundo, tuvieron como punto de partida la Revolución Francesa de 1789, donde se introducen los principios de división de poderes y los derechos individuales o derechos del hombre, con lo cual -según el Barón de Montesquieu (1689-1755)- al dividir los poderes se protegía la libertad; libertad que estaba sometida al absolutismo monárquico de ese entonces, resumido en la frase: ‘El Estado soy yo', expresada por Luis XIV, mostrando en pocas palabras la esencia del absolutismo de la época.

A más de 200 años de la Ilustración francesa que nos trajo los conceptos demócratas de libertad y participación ciudadana en el Estado, vemos como el sistema presidencialista existente en Panamá tiene el deseo orgánico de perpetuarse en el poder, como si fuera una monarquía, a través de la manipulación y uso de todos los estamentos de la Nación, ayudados por la casta de burócratas politiqueros que por medio del clientelismo y populismo buscan conservar sus aviesos privilegios, basados en la desfasada Constitución actual suscrita durante el gobierno militar. De esta manera, se ven truncados los objetivos de un desarrollo integral y mejores condiciones y calidad de vida para todos los panameños.

Es hora de atender la imperiosa necesidad de concebir una nueva Carta Magna, que defina dónde queremos llegar cómo Nación, anulando los torcidos privilegios de cualquier clase, grupo social o castas políticas; una norma que establezca un Estado de Derecho que no ampare la impunidad y haga de la certeza del castigo una realidad, haciendo de la justicia una llama viva en el corazón de esta república; una ordenanza nacional que imponga la independencia real y efectiva de los poderes del Estado, contra toda manipulación de los políticos o grupos económicos; un estatuto que obligue al Estado y sus gobernantes a cumplir las obligaciones y deberes relacionados a la salud, seguridad y educación de nuestra población; un código cuya fuerza detenga el abuso del poder y su grandeza nos de libertad; libertad para desarrollarnos en un mundo de más oportunidades y beneficios ciudadanos de calidad…ser de primer mundo por el nivel de educación, bienestar y cultura que tengamos, y no por el capital financiero que genera la Nación, cuyos beneficios y efecto enriquecedor del individuo no llegan a la población.

Según Lasalle, la verdadera Constitución de una nación ‘sólo reside en los factores reales y efectivos de poder que un país sigue y las constituciones escritas no tienen valor ni son duraderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la realidad social', lo que implica un completo consenso de la sociedad, es decir, la Patria llama a la participación de todas las fuerzas sociales y corrientes políticas o profesionales, inspiradas en un genuino interés ético, visionario y político, que guíe nuestro rumbo en los años venideros; una Constitución de todos y para todos, que será la luz en muchas mañanas de paz y de prosperidad nacional , así como en tiempos de duda y agitación, de tal forma que cantemos con orgulloso y patriótico júbilo: ‘alcanzamos por fin la victoria en el campo feliz de la unión'.

CIUDADANO PANAMEÑO