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14 de Oct de 2019

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Rafael Carles

Columnistas

Sobre hígado graso y diabetes tipo 2

‘El hígado graso de los obesos supera la hepatitis B y C como la causa principal de trasplantes de hígado en Estados Unidos'

Durante nuestra infancia nadie sufría de hígado graso ni diabetes tipo 2. Simplemente, eran enfermedades que no existían en niños y tampoco se escuchaban en hospitales ni salas de pediatría, donde los doctores se dedicaban principalmente a vacunar y curar catarros. Pero ya en el 2002, el 13% de todos los niños que morían, cuando se les practicaba autopsia, mostraban hígado graso y el 42% de los niños eran obesos (https://www.huffingtonpost.com/alan-christianson/fatty-liver_1_b_9877704.html). Este número ha seguido subiendo y si analizamos las cifras en términos porcentuales, observamos que la diabetes es la mayor epidemia del planeta en estos momentos. Olvídese de sida, plagas, gripe aviar o cólera, la diabetes tipo 2 y el hígado graso han subido en el mundo de cero a 25% en un lapso de tan solo 40 años. Algo absolutamente insólito.

El hígado es un órgano vital y todos sabemos lo que ocurre en el hígado de los alcohólicos. Y ahora también sabemos lo que ocurre en el hígado de los obesos. Allí el azúcar, específicamente la molécula de fructosa, se metaboliza de forma muy similar al alcohol. Por supuesto, la gente no es arrestada por conducir bajo el efecto del azúcar, pero el metabolismo de la fructosa en el hígado es exactamente igual al del etanol. Esto significa que la fructosa es similar al alcohol en sus características dañinas al hígado y en cómo eleva las probabilidades de desarrollar enfermedades crónicas asociadas. Si miramos al microscopio el hígado de un alcohólico y de un consumidor obsesivo de sodas, no veríamos diferencias. De hecho, el hígado graso de los obesos supera la hepatitis B y C como la causa principal de trasplantes de hígado en Estados Unidos. Y lo peor es que esto está sucediendo en niños y son enfermedades que nunca habíamos visto antes.

En términos bioquímicos, cuando la molécula de fructosa se asimila, va directamente al hígado ya que en el cuerpo no hay ningún otro órgano que puede metabolizarla. Es decir, al consumir soda o comer dulce, el hígado recibe una cantidad de fructosa que es convertida en grasa, grasa que es la precursora de todas las enfermedades metabólicas crónicas (síndrome metabólico). Por eso tiene sentido pensar que el azúcar y el alcohol se metabolizan casi idénticamente. Después de todo, ¿de dónde viene el alcohol sino es de la fermentación del azúcar?

La gran diferencia entre el alcohol y la fructosa es que, en el caso del alcohol, la levadura hace el primer paso del metabolismo llamado glucólisis. En el caso de la fructosa, ese primer paso ocurre en las mitocondrias del hígado que cuando son inundadas con el exceso de azúcar, solo saben convertirla en grasa para uso inmediato de energía o almacenarla para uso posterior. Cuanto más rápido se produce la grasa en el hígado, más rápido aumentan los triglicéridos y más rápido se precipita en forma de gotas lipídicas. Y allí tenemos un hígado graso en formación.

Las dos enfermedades de las cuales tenemos muy bien definidas sus causas, los padecimientos cardíacos y la diabetes de tipo 2, se originan por la forma con la que el hígado metaboliza el azúcar y la convierte en grasa. El hígado graso es un acontecimiento reciente. Sabemos que, para la mayoría de la gente, hay un umbral por debajo del cual el alcohol parece ser seguro e incluso proporciona algunos beneficios para la salud. Hay personas, sin embargo, para quienes el alcohol no es algo divertido y es más bien una pesadilla. Para ellos existe Alcohólicos Anónimos y la única cantidad segura de alcohol para consumir es cero.

Pensamos que, del mismo modo, existe un umbral para el azúcar por debajo del cual la cantidad es segura para muchas personas. Por supuesto que esa cantidad no es cero, pero sin duda sabemos es mucho menos de lo que realmente estamos consumiendo. Probablemente ese umbral dependa de la capacidad limitada de cada persona para metabolizar la fructosa, pero definitivamente es menor que las 150 libras que consumen las personas en promedio por año. Todos tenemos una maquinaria fisiológica milagrosa que puede oxidar la fructosa y básicamente convertirla en energía en un momento dado, pero debido al elevado consumo de azúcar todo se ha trastocado y hoy vemos lo que ocurre en el hígado, que ya no tiene más remedio que convertir el exceso de azúcar en grasa. Y ahí es donde empiezan los padecimientos y las enfermedades crónicas.

EL AUTOR ES EMPRESARIO, CONSULTOR EN NUTRICIÓN Y ASESOR EN SALUD PÚBLICA