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17 de Oct de 2019

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Mireya Lasso

Columnistas

El idealismo de las candidaturas independientes

Como en pasadas contiendas, mañana competirán candidatos ‘independientes' que optan por la ‘libre postulación'

El idealismo de las candidaturas independientes

Como en pasadas contiendas, mañana competirán candidatos ‘independientes' que optan por la ‘libre postulación,' que es la expresión técnica como los denomina nuestra legislación electoral. Indudablemente, esas postulaciones son rebeldías contra los partidos tradicionales, pero el concepto no resulta tan claro como sería deseable porque el término ‘independiente' es impreciso.

¿Quién es independiente? ¿Aquel que defiende posiciones y opiniones distintas a las del partido? Sin embargo, no pertenecer formalmente a un partido no implica que se deban adversar siempre las propuestas de ese partido; y, a la inversa, quien pertenece a un partido puede perfectamente conservar sus propios valores, sin renunciarlos. ‘Independiente,' pues, solamente significa que el candidato no pertenece ni representa a un colectivo político.

Surge la siguiente pregunta. Si el rechazo a candidaturas partidarias se debe a desconfianza por posibles mezquindades de partidos tradicionales, ¿esa independencia, en cambio, brinda seguridad sobre la integridad que todos anhelamos? La respuesta parece evidente. De otro lado, el concepto de ‘libre postulación' no es del todo exacto porque no se trata del aspirante que pudiera tramitar su postulación por sí solo, sino que debe ser ‘postulado' por una cantidad mínima de ciudadanos que respalden su solicitud.

Llámese ‘independiente' o de libre postulación, el candidato enfrenta entonces la formidable exigencia de recursos humanos y económicos, especialmente el día de las votaciones cuando debe colocar representantes en cada mesa de votación, mantenerlos alimentados e hidratados durante toda la jornada, mientras organiza la asistencia de sus seguidores y luego fiscaliza el conteo de votos al final del día. Quienes hemos participado en estos ejercicios electorales sabemos del inmenso esfuerzo involucrado para lo cual es de vital ayuda la organización, movilización y estructura partidaria. Un ‘independiente,' en cambio, deberá agenciarse el respaldo necesario para lograr los votos esperados y la defensa del conteo.

Asumiendo el triunfo logrado, el siguiente paso sería la conformación del equipo que lo ayudará a gobernar. De hecho y en principio, el ‘independiente' tendrá su grupo de simpatizantes que lo apoyaron, pero no contará con el entramado político y social, cuán defectuoso pueda ser, que le permitirá integrar un equipo teóricamente cohesionado que comparta todos los pormenores de su visión. La estructura partidaria facilita esa tarea, que se hace más necesaria si el Poder Legislativo electo no comparte detalles de su visión y no esté dispuesto a acompañarlo en su cruzada. Ello forzaría a negociaciones, en el mejor sentido de la palabra, con las tendencias políticas representadas en la Asamblea para acordar las disposiciones legislativas que posibiliten un programa de gobierno negociado que lo hagan viable. Aquella ‘independencia' original se encontrará ineludiblemente enfrentado con la realidad política de tener que negociar y llegar a acuerdos con los mismos partidos políticos que el candidato rechazó al inicio de su campaña.

El camino no será nada fácil para los ‘independientes' ni durante la campaña, ni para la votación, ni como posible gobierno. Considero que es un esfuerzo quijotesco porque resulta muy temprano para pensar seriamente en ese tipo de candidaturas. Es un ideal lejano a la realidad panameña del 2019. Pero la lección que se pueda aprender del esfuerzo dependerá del volumen de votos ‘independientes:' sería una genuina señal de disconformidad del electorado que pueda servir de acicate para la reingeniería de la política tradicional que la mueva a renovarse y ponerse más a tono con las demandas y aspiraciones del ciudadano. Sería un aldabonazo si resultara en una clara demostración de insatisfacción frente a la conducta de los partidos tradicionales y un clamor a favor de privilegiar el bien común, antes que perseguir beneficios personales.

EX DIPUTADA