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30 de Oct de 2020

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Samuel Lewis Galindo

Columnistas

Candidatos con tácticas de hace 70 años

Comprendemos que en nuestro medio, desgraciadamente, la política tiene sus exigencias, pero creemos, a la vez, que nunca deben perderse de vista los intereses del país

Estando ya en plena campaña política, publico un artículo que hace 69 años escribió mi padre Samuel Lewis Arango, que, para vergüenza de todos, la política sigue igual. La misma demagogia se enseñorea en nuestra clase política; de manera muy especial en varios de los precandidatos a la Presidencia de la República. Como decía el Dr. Arnulfo Arias en una ocasión: ‘La historia se repite en espiral'.

Escribió mi padre en 1949:

‘Apenas se está encendiendo entre nosotros la pasión política y ya se siente crecer como una tromba agitada por siniestras fuerzas. No tardarán en iniciarse las polémicas de exclusivo sabor personal, al concluir las cuales no va a quedar —si nos atenemos a lo que en ellas se exprese— un solo ciudadano honrado y capaz en la República. Cualquiera que lea serenamente los periódicos de combate, cuando termine la campaña política que ahora solo se encuentra en sus albores, llegará a la dolorosa conclusión de que es el nuestro un país formado por malhechores que han logrado salvar, misteriosamente, los muros impasibles del presidio.

Pero esta negociación de todo mérito, esta fogosidad digna de mejor causa, con que van los unos a atacar a los otros, olvidando en la contienda todos nuestros problemas, no es lo peor, con ser una actitud perturbadora y absurda. Ya sabemos que cuando vuelva la calma a los espíritus y se moderen las pasiones, los cargos infundados y calumniosos se desvanecerán como copos de nieve al calor del sol. Además, el odio implacable no ha sido una actitud predilecta de nuestra gente. Lo grave, en nuestro concepto, más que la honda división que se avecina en la familia panameña, es que ya se advierten los afanes de los pescadores en río revuelto que alistan con maestría sus anzuelos y sus cuerdas para arrojarlos al agua.

No tardarán, los mismos de siempre, en asumir una decidida actitud a favor de tal o cual candidato, siempre que le vean la más seguras posibilidades de triunfo. Esos sujetos hacen un frío análisis del panorama político, en el cual no entran las ejecutorias y los antecedentes del escogido, sino el respaldo con que este cuente o que ellos creen que tiene en las esferas oficiales. Una vez determinado este punto, le ofrecen su apoyo al candidato, siempre que acepte sus ‘condiciones', que (no) son otras que las de proporcionarles empleo a todos sus parientes, y canonjías y altas posiciones al ‘valiente' y ‘activo' copartidario que ‘maneja' muchos votos en la capital o en algún distrito lejano. Y así, a fin de no perder esos votos, va el candidato atándose las manos para desgracia suya y de la Patria.

Comprendemos que en nuestro medio, desgraciadamente, la política tiene sus exigencias, pero creemos, a la vez, que nunca deben perderse de vista los intereses del país. Escalar el solio presidencial cargado de compromisos debe ser angustioso para un hombre honrado y, así mismo, ofrecerle al primero que pasa lo que pide o exige, con ánimo de no cumplirle, debe ser aflictivo para todo ciudadano consciente.

Este es (un) momento peligroso, pues, para los que se agitan por escalar el solio presidencial. Para bien del país, deben cuidarse mucho de los pescadores en río revuelto. Hay que dejarlos con sus cuerdas y sus anzuelos enmohecidos, para que aprendan a ser dignos y patriotas, y para que, en el futuro, enfoquen los problemas nacionales desde un plano más elevado y más generoso.

El país exige de sus futuros gobernantes menos compromisos políticos y menos promesas a los pueblos en las horas de la lucha electoral. Ello, indudablemente, redundará en beneficio de la República y de sus dirigentes que podrán disfrutar así de la apacible serenidad espiritual que requieren sus delicadas labores'.

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