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28 de Oct de 2020

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Jorge Luis Macías Fonseca

Columnistas

Cuando las revoluciones son necesarias

‘La tolerancia popular llegó a su más alto nivel, como [...] las ambiciones y el latrocinio [...]'

E s indudable que las sociedades no se mueven mecánicamente ni de forma lineal, sino de manera contradictoria para producir los efectos que le permitan la subsistencia decorosa.

Es claro, también la aparición de grupos sociales con sus intereses y por supuesto por propia cultura humana, quiénes asumen la dirección social del conjunto y quiénes asumen el rol de representados en esa relación.

No cabe duda de que el compromiso de la dirección es altamente responsable, puesto que él debe emanar las políticas para crear un estado de bienestar a los asociados. Cuando se truncan los objetivos para dar paso a un manejo unilateral e interesado en detrimento del resto de la sociedad, se crean las condiciones para que se replanteen todos los modelos y se asuman comportamientos que lleven a negarlos. En una palabra, se hacen necesarias las revoluciones.

Y la revolución se presenta como una necesidad, como una legítima opción para radicalmente cambiar el estado de cosas.

En Panamá, la sociedad transita por una muy crítica situación que cada vez más conduce a trazar el sendero hacia profundas transformaciones. Pareciera que nada queda en pie y de allí, la urgencia de la refundación que debe hacerse para salvar al país.

Señalar que no todo está perdido es una manera de consolar las vicisitudes. Enlistemos y nos daremos cuenta que no quedará títere con cabeza.

Los principales órganos de Gobierno inmersos en una profunda crisis sin avistar posibilidades de superarlas, los sectores de gestión social en su más bajo nivel: educación, agropecuario, salud, política, cultura, ambiente, seguridad, relaciones exteriores, justicia, empleo, corrupción y encubrimiento, con el añadido de partidos políticos desacreditados, con demagógicas ofertas de candidatos independientes, algunos de ellos sin ninguna reputación pública, con una anémica ejecutorias de realizaciones y sin una hoja de lucha que lo acredite, se crea un ambiente aterrador. Únase a esto la distorsionada dirección gubernamental eminentemente presidencialista, lo cual pareciera obligar a pensar en otras distintas y radicales fórmulas.

El país no debe seguir soportando el fracasado populismo de un Gobierno que no solo desencantó, sino que fracasó. Y digamos que es parte de un acumulado de frustración construido en muchísimos años de ‘democracia', en donde no se han resuelto problemas fundamentales de la población, pero sí resuelto grandes negocios para un reducido sector.

Los griegos eran del pensar que la aristocracia intelectual —no ella en sentido económico— debía gobernar. Deben ser los más aptos los que deben dirigir, pero igual los hombres y mujeres comprometidas con la suerte de la nación. Hay que ensayar nuevas fórmulas y desmovilizar lo que no funcionó.

Cuando la revolución se presenta como un imperativo objetivo de la comunidad, pareciera no quedarle otro camino, y desde luego, como decía Confucio, ver el bien y no hacerlo es cobardía.

Panamá merece otra suerte para dejar de ser rehén de los sectores políticos y económicos. La tolerancia popular llegó a su más alto nivel, como también llegaron las ambiciones y el latrocinio de las riquezas.

Definitivamente, que cuando las revoluciones son necesarias, se convierten no solo en consignas, sino también en acciones.

DOCENTE UNIVERSITARIO.