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29 de Mar de 2020

Néstor D. Flores

Columnistas

Cremación de banderas, una despedida digna

Los panameños hemos guardado siempre una honda consideración y respeto por nuestro principal emblema patrio

Los panameños hemos guardado siempre una honda consideración y respeto por nuestro principal emblema patrio, a tal punto que la primera bandera —ideada por Manuel E. Amador y doña Angélica Bergamota de Ossa— fue objeto de un bautizo en una solemne ceremonia el 20 de diciembre de 1903.

Correspondió al capellán castrense, fray Bernardino de la Concepción García, impartir la bendición que apadrinaron don José Agustín Arango, presidente de la Junta Provisional de Gobierno, Gerardo Ortega, Manuela Méndez de Arosemena y Lastenia Lewis. Con este sublime gesto de pertenencia al tricolor nacional, el pueblo panameño selló el juramento de amarla, respetarla y defenderla como símbolo sagrado e inspirador de un profundo sentimiento de patria y libertad.

Un documento de la Asociación Nacional de las Muchachas Guías de Panamá, señala el destino y tratamiento final que ha de dispensarle a la bandera panameña, una vez luzcan marchitos sus vividos y representativos colores. ‘Por su carácter de representación de la majestad de la patria, la bandera en desuso o deteriorada, jamás debería botarse y romperse; debe ser destruida por el fuego en ceremonia muy especial, en la cual se le rendirán los honores reglamentarios'. Se escogerá un sitio y se habilitará una bandera izada, un aparato incinerador y finalmente se recogerán las cenizas para depositarlas en una fosa.

La ceremonia de despedida a la enseña patria —que inicia con el juramento a la bandera, seguido por cantos y recitales— es honrada, en calidad de fiel testimonio, por los más altos representantes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y miembro del Cuerpo Diplomático acreditado en el país, así como por las autoridades de los Gobiernos Locales, estudiantes de colegios, universidades y público en general, quienes con su presencia tributan el más arraigado orgullo de vivir en una tierra cobijada por la sombra de una sola bandera.

Muchos panameños, especialmente la niñez y la juventud, ignoran este último tratamiento rendido a la bandera, cuando se inhabilita para el uso público y el significado de extinguirla al fuego y luego depositar sus cenizas en las entrañas de la tierra. Algunos pensarán que cuando esté descolorida o rasgada puede tratarse como cualquier trapo que se tira a la basura. No, nuestra bandera es un símbolo sagrado que guarda estrecha relación con heroicas jornadas de luchas patrióticas, librada a sangre y fuego por varias generaciones en busca de la reivindicación de la soberanía plena y verla ondear sola en todo el territorio istmeño.

Deberíamos ir pensando en institucionalizar este acto, mediante Ley de la República, de esta manera, la ceremonia de cremación de banderas pasaría a formar parte de los actos protocolares en conmemoración de las efemérides patrias. La sociedad en general tomará conciencia y evitará malos manejos en cuanto al uso y posterior destrucción de nuestra bandera, cuando ya no exhiba el esplendor y el donaire que identifica la pureza del panameño. El 2 de noviembre sería recomendable realizar la cremación de banderas, por tratarse de un día de recogimiento familiar, dedicado a los difuntos, incluyendo a los próceres de la patria.

Corresponderá a las futuras generaciones, guardar con sus acciones, el mismo amor y celo de los que la enarbolaron en lo más alto del altar de la patria; de lo contrario, la arrearán y descenderá al istmo —tal como lo sentenciara Gaspar Octavio Hernández en su inmortal poema ‘convertida en fuego, para luego extinguir con su febril desasosiego a los que amaron su esplendor un día'.

ADMINISTRADOR PÚBLICO Y DOCENTE.