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El pasado jueves, un centro comercial de la localidad se convirtió en un “confesionario” por decirlo de alguna manera, donde personajes de diferentes niveles de educación, ingresos económicos, “colores y sabores” totalmente diferentes, manifestaban públicamente unos y no tan públicamente otros, que eran o tenían alguien muy allegado con una condición especial.
El lugar había sido preparado para recibir unas 30 o 35 personas, sin embargo, habría más personas de pie que sentadas. No, no era la presentación de un grupo de sinvergüenzas confesando que habían tomado prestados recursos del Estado y que eran merecedores de rebajas de penas o de libertad condicional; se podía percibir una combinación de “liberación”, pena, compañerismo, solidaridad y, más que estar tristes o avergonzados, se percibía un nivel de orgullo gigante.
Casi que a la hora programada, la maestra de ceremonia, mi amiga Cibeles De Freitas, como es costumbre, se tomó el estrado y enseguida todos quedamos contagiados de esa alegría, seguridad y solidaridad que ella siempre proyecta. Pero no, no estaba presentando ni a un cantante, ni a un motivador y mucho menos era el lanzamiento de una candidatura política. Luego de una breve introducción nos presentó a tres figuras que compartirían una historia personal de gran envergadura.
La mayoría de los panameños reconoceríamos fácilmente a 2 de las 3 figuras que nos presentó. Pero, curiosamente, toda la audiencia aplaudió a rabiar al tercero que ocuparía la tarima. Las primeras fueron Erika Nota, reconocida comunicadora, motivadora y entrenadora de personalidades. El segundo, fue el actual alcalde de la ciudad capital, Mayer Mizrachi. Y, el tercero, un médico panameño con quien me unen lazos que van más allá de una simple amistad, un galeno reconocido internacionalmente, cuya fama y reputación lo precede. Este médico es Rubén Kuzniecky, con quien compartí las aulas del Instituto Pedagógico en las Cumbres, desde que teníamos escasos 3 años de edad, hace solo unos años.
Erika y Mayer compartieron sus experiencias, una como madre y otro como paciente de una enfermedad que, según aprendimos varios que estábamos ahí presentes, afecta a tantas personas como lo hace la diabetes a nivel mundial. La epilepsia. Una enfermedad que, en muchos casos ha causado que niños y jóvenes sean discriminados injustamente, en los salones de clases de las escuelas o colegios que atienden, lo más probable que por ignorancia más que por miedo a “contagiarse”.
Cuando le tocó hablar al Dr. Kuzniecky, la audiencia escuchaba con absoluta atención, como si un artista de fama internacional les cantara al oído. Muchos conectaban con sus palabras pues, de una manera u otra, sentían que les había abierto los ojos y los oídos, ya fuera por un procedimiento, una cirugía o un consejo compartido con ellos o con algún familiar.
El compatriota Dr. Rubén Kuzniecky es reconocido internacionalmente como una eminencia en el campo de la epilepsia. Hoy labora en el Northwell Health and Hofstra School of Medicine, pero, igualmente saca tiempo para venir a Panamá, traer a colegas de él y realizar cirugías a niños que las necesitan, en unas instalaciones dentro del Hospital del Niño que, bajo su cercana supervisión, fueron construidas y equipadas, por el Club Activo 20-30 de Panamá, producto de la Teletón 20-30.
Para mí, escribir sobre una persona con quien jugué desde los 3 años, participamos de actividades deportivas de todo tipo y hasta bailamos en el conjunto típico del colegio, me llena de un orgullo tal que es casi indescriptible. Ni el tiempo ni la distancia, ha podido borrar ese sentimiento de orgullo, admiración y agradecimiento infinito, que sé que comparto con muchos panameños que han encontrado en Rubén esa mano amiga que ha transformado sus vidas o las de sus hijos.
Ojalá muy pronto pudiera acompañarlo a recibir un merecido reconocimiento que nuestro gobierno le debe conceder, a un panameño que lleva en su sangre ese orgullo que hincha el corazón de todos los que hemos tenido la suerte de nacer en este bello istmo. Solo puedo terminar diciéndole gracias “Pupe”, por ese cariño a la tierra que te vio nacer, a tus pacientes, por tu amistad incondicional y por regresar a tu terruño, donde siempre estaremos muy orgullosos de ti.