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18 de May de 2022

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    Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

Los vinos de San Miguel de Allende

‘Es tan vieja (la cultura vinícola) en esta región y fortalece su historia, porque une [...] en el trabajo de campo [...]'

La industria vinícola mexicana es extensa y variada, pero desconocida en el exterior de esta gran nación. El consumo interno es suficiente para agotar este producto de la uva, cuyo procesamiento se inició en la colonia —aunque los españoles encontraron racimos de la fruta silvestre a su llegada— y, promovido por el propio Hernán Cortés desde Veracruz; se prolongó hacia el centro y norte, hasta su prohibición por el temor de la monarquía a la competencia.

Ahora, al hablar del vino nacional, los consumidores piensan en las amplias zonas de la península de Baja California, bañada por las aguas y aires marinos del Pacífico y el mar interior de Cortés. Gran porcentaje de la siembra de esas retorcidas plantas que luego dejarán colgados los racimos, se desarrolla en esa región.

Pero en los últimos años, ha surgido una amplia zona en el central Estado de Guanajuato, en su capital y los municipios de Dolores, San Miguel de Allende. Podría pensarse que es novedoso este escenario en tales lugares. Desde el periodo colonial hubo vides que produjeron los caldos para uso de los frailes y las iglesias.

Miguel Hidalgo, el héroe de la Independencia, estableció prácticas artesanales en la región de Dolores en Guanajuato. Las comunidades sembraron viñedos, olivares y criaron gusanos productores de seda. Estos oficios se ampliaron con la creación de talleres para estimular un mercado rural artesanal con influencia en los pueblos vecinos.

A comienzos del siglo XIX y recordando la vieja disposición de prohibición en la actividad vitivinícola, soldados fueron enviados a la zona y destruyeron las vides ante los asombrados campesinos. Por esa razón desapareció allí por mucho tiempo la siembra de uvas.

Se ha reiniciado la producción de vino y se puede encontrar en el Estado las casas Cuna de Tierra, Dos Búhos, Caminos D' Vinos, San Miguel y Rancho Toyán, entre otros. ‘Son tierras que uno atravesaba antes y solo crecían los cactus en esas planicies', dice el señor Chávez Mojica, mientras conduce su taxi y entra en un largo camino de tierra.

La enóloga Natalia López afirma que el clima ‘semi-continental' de San Miguel con inviernos fríos y veranos calientes, ayuda en el ciclo reproductivo de las parras.

Las cercas de Vinos Toyán se encuentran en la carretera que viene de Querétaro, hacia San Miguel de Allende. Es un área plana y llena de cultivos de hortaliza; además frutas como manzanas, peras, ciruelas, maíz y flores, que dan un colorido a las plantaciones. Además, cuentan con animales para el consumo, corderos, gallinas, patos y conejos, entre otros.

Es un vino orgánico, porque así lo prefieren sus dueños. Martha Molina, la empresaria que estableció esta iniciativa, está segura de los pasos dados; ‘decidimos dedicarnos a la agricultura orgánica porque el vino a través de la historia ha sido algo muy saludable, sólo que los humanos siempre queremos ir con prisa, hacer todo con químicos'. Agrega que es un proceso artesanal y casi místico.

Las hileras de arbolitos están adornadas con figuras mitológicas; ellas cuidan a las mujeres que recogen las uvas y luego colocan en las carretas que se encaminan llenas al procesamiento. Luego de seleccionados, los frutos se maceran y el jugo se guarda en barricas francesas de roble. La cava está a 14 metros bajo el suelo; allí, imágenes dan un sentido espiritual a las variedades que salen; cabernet sauvignon, merlot, chardonnay y moscato.

Estos vinos han creado una ruta que se ofrece a los turistas, quienes se extrañan de una cultura vinícola. Es tan vieja en esta región y fortalece su historia, porque une a los hombres y mujeres en el trabajo de campo y transforma el perfil de esta cálida tierra.

PERIODISTA

‘Estos vinos han creado una ruta que se ofrece a los turistas, quienes se extrañan de una cultura vinícola'