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14 de Oct de 2019

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Tarantino y la justicia desapasionada

Hace días vi la película de Tarantino ‘The Hateful Eight' (‘Los odiosos ocho'), de 2015, y hay algunas frases expresadas por diversos personajes

Hace días vi la película de Tarantino ‘The Hateful Eight' (‘Los odiosos ocho'), de 2015, y hay algunas frases expresadas por diversos personajes en la película que sirven para ilustrar importantes conceptos en Derecho. Una de ellas es la frase expresada por el personaje Oswaldo Mobray (Tim Roth), supuesto verdugo del pueblo de Red Rock, cuando le dice a Daisy Domergue, fugitiva por quien se ofrece recompensa, que ‘el hombre que tira de la palanca que rompe tu cuello, será un hombre desapasionado. Y ese desapasionamiento es la esencia misma de la justicia, pues la justicia servida sin desapasionamiento siempre corre el riesgo de no ser justicia'. Esto lo dice de manera fría y mirando a los ojos a quien tendría él que ejecutar, si esta llegara a ser condenada.

Es importante también el contexto en que Mobray dice esto en la película. Lo dice aludiendo a la diferencia que hay entre el acto de colgar a una persona que ha sido condenada por un juez imparcial, y el acto de que los familiares de las víctimas del responsable del delito lo ejecuten colgándolo ellos mismos. Una de las dos cosas es justicia, la otra es venganza, y desde tiempos inmemoriales el Hombre ha filosofado tratando de distinguir una de la otra, pues cuando en una sociedad los conflictos entre personas y las transgresiones penales se resuelven acorde con el sistema de justicia, hay civilización, en tanto que cuando lo que prevalece es la venganza, retrocedemos a la barbarie.

La transición de la venganza entre clanes hacia una justicia imparcial llevada a cabo de forma desapasionada, ha sido objeto de las artes desde hace mucho. La Orestíada, de Esquilo, trata justamente sobre esto ya en el Siglo V a. C. La venganza nunca resuelve conflictos, sino que los multiplica. Por vengar Clitemnestra la muerte de su hija Ifigenia a manos de Agamenón, matando a este, queda luego Orestes matándola a ella —su propia madre— y a Egisto, amante adúltero de aquella, para vengar a su padre Agamenón. La venganza genera ciclos viciosos que solo pueden terminar con el establecimiento de un sistema de administración imparcial de justicia. Este constituye elemento esencial de una civilización, que nos diferencia del estado de guerra permanente, descrito después por Hobbes, como aquel en que la vida es desagradable, brutal y corta.

Sin embargo, para que la justicia logre el objetivo de asegurar la paz social, tiene que funcionar genuinamente. Contrario sensu, cuando la administración de justicia es precaria y reina la impunidad, las personas no sienten que sus controversias con otros particulares son resueltas de forma legítima. Esto lleva eventualmente a la degeneración hacia lo que algunos llaman ‘hacerse justicia por propia mano'. Los asociados dejan de acudir al sistema de justicia formal cuando sienten que este es una fachada que no sirve o, peor, que ha sido secuestrado por los poderosos para garantizarse impunidad.

De allí la importancia de otra cita de ‘Los odiosos ocho' de Tarantino: ‘solo tienes que colgar a los bastardos malévolos, pero a los bastardos malévolos tienes que colgar', línea del personaje de John Ruth (Kurt Russell). En derecho penal, existe el principio del derecho penal mínimo, que consiste en que el poder punitivo del Estado solo debe dirigirse hacia actos antisociales graves. Hay conductas antisociales que no ameritan privación de libertad. Por eso metemos preso al que roba, al que mata, al que secuestra, al que abusa sexualmente de otro, pero no metemos preso al que tira una colilla de cigarrillo a la calle. La proporcionalidad es importante por diversas razones, y entre ellas, las hay económicas: no debemos poner a andar el aparato represor del Estado y ocupar valiosos recursos para corregir de forma desproporcionada conductas que pueden castigarse de modo más eficiente con sanciones menores. Pero eso sí, los actos graves sí deben ser tratados como delitos y las transgresiones concretas deben ser tratadas con firmeza. De otro modo, tenemos impunidad y ello nos lleva, por la vía ya mencionada del regreso a la venganza privada, a la degeneración en barbarie. La soberanía, de la que impartir justicia es elemento esencial, no es optativa. Impartir justicia es deber del Estado para con los asociados, y cuando lo incumple diluye su autoridad.

Vea usted pues, podemos aprender Derecho no solo con Couture y compañía, sino también con Esquilo y, ¿por qué no?, también con Tarantino.

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