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14 de Oct de 2019

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Julio Bermúdez Valdés

Columnistas

¿Golpe técnico?

Claro que en la irreverencia de la lucha por el poder también figura aquello de que ‘si las consecuencias no están dadas se pueden crear'

¿Puede el presidente Juan Carlos Varela dar un golpe de Estado? Bueno, de poder, puede, si nos remitimos a aquella frase tan de moda en tiempo de los militares: ‘El poder es para usarlo'. Pero como el ejercicio del poder es ante todo responsabilidad y consecuencias, me pregunto ¿qué ganaría que ya no tenga? ¿Mandar solo en el país? Ya lo hace.

El nuestro es un país presidencialista, por más que se repita una y otra vez que Montesquieu reina en Panamá, por aquello de la división de los poderes que ‘coordinan en perfecta armonía'. Más que las formulaciones, la política se decanta en actos, y los que aquí ocurren sugieren la preponderancia del Órgano Ejecutivo por encima del Legislativo y Judicial, aunque los dos últimos construyan artificios para imponerse o para resistir.

Durante el segundo semestre de 2018 corrió el rumor de que Varela estaría interesado en permanecer por dos años más al frente del Gobierno y de que la constituyente podía ser un mecanismo para lograrlo. Pero hay un problema, los golpes de Estado no se inventan, son consecuencia de determinadas situaciones donde siempre desempeña un papel preponderante la correlación de fuerzas, o lo que otros llaman: ‘las condiciones'. Fuera de ese contexto los golpes, siempre han sido aventuras de consecuencias dramáticas e imprevisibles.

Claro que en la irreverencia de la lucha por el poder también figura aquello de que ‘si las consecuencias no están dadas se pueden crear'. Para eso existen irresponsabilidades como la ‘teoría del caos', vieja tesis que consiste en revolver el río hasta que el mejor de los pescadores defina quién se salva y quién se ahoga. Sobran experiencias donde el ahogado resulta ser el ‘mejor pescador', aunque pasen algunos años.

¿Qué sucede en Panamá? Ante todo, tres décadas desde que el país se empeña en un proceso democrático por el que debió pagar el alto precio de una invasión. Tengo la certeza de que en su mayoría la sociedad panameña rechazaría una situación de esa índole, y no creo que la Fuerza Pública, conociendo el precio que debieron pagar sus antecesores, se preste para una acción como esa, por más salarios que le aumenten.

Lo más importante, sin embargo, es que el presidente que conozco desde 2003, en que lo entrevisté para un medio local y en las otras ocasiones en que hemos podido conversar, nunca lo he percibido como una figura con vocación golpista, por lo que atribuiría sus recientes acciones a otras motivaciones.

Para este mismo mes, el año pasado, tras cuestionar su discurso ante la Asamblea Nacional expresé mi sorpresa por su tono confrontacionista en lugar del acercamiento, el consenso y la negociación que debía poner en marcha en su último año de Gobierno. No fue así y hoy no hay condiciones en Panamá para romper el orden constitucional. A cinco meses de finalizar su período, un ‘golpe técnico' sería para el presidente un acto de suicidio político; y como se sabe, los suicidas por lo general proceden solo cuando se sienten muy acosados y dudo que esa sea su situación.

PERIODISTA