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18 de Oct de 2019

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Conflictos de intereses en guías clínicas

Las guías de práctica clínica son protocolos de manejo de situaciones clínicas observadas en pacientes, tanto para diagnóstico como para tratamiento

El ejercicio de la Medicina basa en gran medida sus protocolos en la corriente de Medicina Basada en Evidencias (MBE), propuesta en la década de 1990 para mitigar el problema de la aplicación sistemática de intervenciones médicas no sustentadas en la evidencia científica. Para que la MBE pueda constreñir la práctica clínica a la mejor evidencia científica disponible, es crucial que las llamadas guías de práctica clínica (GPC) a las que siguen los médicos clínicos cuando atienden pacientes se basen, en efecto, en la mejor evidencia científica. Sin embargo, está ampliamente documentado en la literatura científica que las GPC son contaminadas sistemáticamente por conflictos de intereses financieros (CI) de quienes las elaboran, lo que puede estar haciendo que se corrompan las guías hacia objetivos distintos a la preservación de la salud de la población.

Las guías de práctica clínica son protocolos de manejo de situaciones clínicas observadas en pacientes, tanto para diagnóstico como para tratamiento. En Estados Unidos de América, muchas de estas guías son elaboradas por asociaciones profesionales de especialistas, como lo son por ejemplo las guías que elabora el Colegio Americano de Cardiología (ACC, por sus siglas en inglés) en conjunto con la Asociación Americana del Corazón (AHA, por sus siglas en inglés), para manejo clínico de situaciones relevantes en cardiología. Dichos protocolos sirven de guía no solo a cardiólogos, sino a médicos internos y médicos generales cuando atienden cuadros relevantes al sistema cardiovascular en sus pacientes. Así también hay guías clínicas para cuadros relacionados con otras especialidades.

En el mundo ideal las guías serían elaboradas solo teniendo en cuenta la mejor evidencia científica disponible, y teniendo como objetivo único la salud de la población. Pero en el mundo real, las guías clínicas son elaboradas por paneles de expertos conformados en gran proporción por personas con importantes CI. En castellano simple: reciben pagos de la industria farmacéutica y/o de la compañías fabricantes de dispositivos médicos cuyo uso clínico se supone que deben evaluar de forma imparcial.

Para muestra un botón: el estudio ‘Prevalencia de conflictos de intereses financieros entre autores de guías clínicas relacionadas con medicamentos de gran venta' (Prevalence of Financial Conflicts of Interest Among Authors of Clinical Guidelines Related to High-Revenue Medications), de publicación reciente (JAMA, Octubre 29, 2018). De las 18 guías clínicas evaluadas en el estudio, 56.9% de los autores tenían CI que implican que recibieron pagos de parte de la industria farmacéutica. De los autores que el estudio halló que tenían CI, un alto porcentaje ni siquiera los declaró, y en otro alto porcentaje de casos el CI incluía el haber recibido beneficios de parte de las compañías farmacéuticas cuyo fármaco era objeto de evaluación en la guía clínica respectiva.

El Instituto de Medicina (Institute of Medicine) de los Estados Unidos de América recomienda desde hace años que en la elaboración de guías clínicas no debe participar nadie con conflictos de intereses financieros, y que en caso de que esto no sea posible, entonces los que los tienen no deben votar. La razón es obvia: los médicos no están exentos de los sesgos de juicio a que estamos expuestos el resto de los mortales. Por si aún estuviese en duda, hay abundante literatura científica que documenta que los médicos clínicos que reciben beneficios –por pequeños que sean-- de parte de compañías farmacéuticas, tienden a recetar mucho más en sus prácticas clínicas los fármacos que venden dichas compañías. Pero cuando las compañías farmacéuticas pueden influir en el contenido de las GPC, el daño potencial no es solo a unos cuantos pacientes, sino a millones.

En el Reino Unido el Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica (NICE, por sus siglas en inglés) sí ha excluído a los expertos con conflictos de intereses financieros de participar en la elaboración de las guías clínicas, por razones obvias, pero en Estados Unidos no.

Lamentablemente, lo que arroja el estudio de JAMA aquí comentado es fenómeno de vieja data y muy generalizado. Debería ser, además, escandaloso, pero por alguna razón no muchos se escandalizan por esto. De modo que tenemos que las famosas guías de práctica clínica, que sirven de base a la práctica clínica de miles de médicos, incluyendo en Panamá, están sistemáticamente contaminadas con conflictos de intereses respecto de la industria farmacéutica. Y es aún más preocupante que la comunidad médica en general no se escandalice con dichos hallazgos.

ABOGADO