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19 de Feb de 2020

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Aram Cisneros Naylor

Columnistas

Hong Kong

‘Fruto de las relaciones diplomáticas establecidas con China en 2017, los panameños ya no necesitaremos visa para ingresar a Hong Kong'

Una mañana de agosto de 1850, el calor sofocante y la lluvia torrencial se alternaban. Se daba la primera palada del Ferrocarril de Panamá. Fue construido, entre otras etnias, por chinos. Desde entonces, son parte esencial de nuestra población. Concuerdo con Wei Qiang, embajador chino en Panamá. El 11 de octubre de 2018 en la sede del Parlatino, explicó que tenemos aún mucho que aprender sobre ellos. Ciertamente, los países, así como las personas, deben conocerse a profundidad para llevarse bien.

Fruto de las relaciones diplomáticas establecidas con China en 2017, los panameños ya no necesitaremos visa para ingresar a Hong Kong. Hoy resumiré una fascinante historia de narcotráfico y conflicto, vinculada con esa ciudad y con el final del Imperio británico.

Iniciemos con la Guerra del Opio y sus antecedentes. En primer lugar, China compraba seis millones anuales de dicha droga a Inglaterra. Con ese dinero los ingleses adquirían de estos porcelana, seda y té. Segundo, las recaudaciones del fisco inglés dependían exageradamente de aquel tráfico. Tercero, la independencia de EE.UU., fue un duro golpe para las finanzas inglesas. Finalmente, la West India Company, de la cual Inglaterra era propietaria, perdió el monopolio de comercio con China en 1834.

¿Cuál era el estado mental chino de la época? Es importante comprender que se sentían superiores a los ingleses. Los consideraban unos miopes e irrespetuosos, incapaces de reconocer que mientras dichos europeos apenas iniciaban su imperio, China ya era, desde unos cuatro mil años antes, el ‘Reino del Medio', ‘el centro del mundo'.

China tenía justificaciones para sentirse así. Por ejemplo, mientras Roma era apenas una pequeña villa italiana –no la capital de un imperio– ya en China Confucio enseñaba filosofía. Mientras Europa estaba en el Oscurantismo, ya China había inventado la pólvora. Mientras Edward I, era incapaz de poner orden en su reino, ya el conquistador mongol Kublai Khan establecía –de Turquía a China– el imperio de mayor extensión geográfica y fundaba la dinastía Yuan.

Poco después, el emperador chino se hastió de observar cómo su país colapsaba. Su corte, administradores y ejército, estaban severamente afectados por la adicción al opio que vendían los ingleses. Ordenó destruir en Cantón 20 mil cajas con valor de 2 millones. ¡Así inicia la Guerra!

Debido ‘al honor mancillado', adujeron lo ingleses, el conflicto ‘defendía el libre comercio y no el narcotráfico'. Aquel fue el primero a escala global, unos 140 años antes que el de la marihuana y la cocaína en México, Colombia y EE.UU.

Por otra parte, la guerra fue una oportunidad para estrenar tecnología naval. El buque inglés Némesis, luego de recorrer 11 mil millas náuticas desde Londres, dio la estocada final a China. Su casco era de acero, no de madera. Innovó con motores de vapor y tenía una ventaja fundamental: un calado que permitió navegar los ríos que conducen a Beijing y, por ende, al Emperador Daoguang.

Así, ya aplastado, Daoguang envió representantes que firman en 1842 el Tratado de Nanking. Inglaterra obtiene indemnización y compensaciones por el opio destruido. Además, privilegios comerciales en cinco puertos. Hong Kong, uno de ellos.

Hong Kong no solo era una terminal crucial en la ruta entre Inglaterra y China. También era, como es Panamá, un crisol de razas; un ‘popurrí fascinante' (como lo describiría Isabella Bird, en su libro ‘The Golden Chersonese'), donde señala que era habitual el buen gusto y la sofisticación de los caballeros ingleses, con una flor tropical en el saco y el bigote virilmente rizado.

Aunque las finanzas de la isla estaban tan adictas a los ingresos del narcotráfico, como los consumidores al producto, en 1913 India cesó oficialmente la venta del opio inglés a China, aunque en 1918, todavía la mitad del ingreso a disposición del gobernador de Hong Kong, tenía esa fuente. En el lapso comprendido entre la I y II Guerra Mundial, el Gobierno inglés continuó clandestinamente el comercio de opio. En 1945 finalmente cesó.

Avancemos a 1972. El presidente Nixon visita China. EE.UU. la reconoce. Luego, con la muerte de Mao Zedong y la visión renovadora de Deng Xiaoping, inició un proceso que hoy cumple 50 años: una China exportadora que la convierte en la segunda economía más grande del mundo.

El Gobierno chino reconocía y aceptaba que Hong Kong era una máquina de producir dinero, ya no por el narcotráfico, sino por la operación, bien aceitada, de un modelo económico libertario: desregulación y minimización de gasto público e impuestos. Ya en la década de los 80, Hong Kong era el principal socio comercial de China y la fuente del 70 % de la inversión extranjera que recibían.

Recuperar Hong Kong era un asunto sagrado para China. Esencial para reivindicar a ‘los ancestros humillados'. No desaprovecharían ninguna oportunidad de castigar a los ingleses.

Por eso, en 1982, Deng Xiaoping fue particularmente grosero, cuando la primera ministra Margaret Thatcher le visitó para negociar las condiciones de la devolución. Ella, llegó a la reunión animada y triunfante. Venía inspirada por su reciente victoria en la guerra contra Argentina, librada por el control de las Islas Malvinas.

Él, semejaba una estatuilla. Fumaba incesantemente y con mirada vigilante procuró malhumorar a su invitada, llenando progresivamente el recipiente de esmalte blanco que utilizaba como escupidera. Para él, aquel era un utensilio elegante y tradicional para no arrojar su saliva al suelo. Para ella, aquel era una odiosa característica de la cultura oriental, que soportó con la típica tranquilidad excesiva que enorgullece a los ingleses.

Inglaterra cedería a China la soberanía sobre Hong Kong, dijo Thatcher, a cambio de que la isla se mantuviese bajo un régimen de administración inglés para garantizar su prosperidad. Deng lo consideró inaceptable y montó en furia. Al salir del Gran Salón del Pueblo, la ‘Dama de Hierro' tropezó en las escalinatas. Quedó en el suelo, apoyada en sus manos y rodillas. Los periodistas chinos –crueles o ponzoñosos– reflejaron acertadamente el sentimiento de sus lectores, cuando al reseñar el incidente, escribieron que la primera ministra ‘al fin se inclinaba reverencialmente ante China', gesto al cual sus antecesores se negaron 150 años antes.

Fuente: ‘The decline and fall of the British Empire', de P. Brendon. Capítulos 4 y 23. Vintage Books, 2007.

INVESTIGADOR DE MERCADOS.