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02 de Jun de 2020

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Ramón Fonseca Mora

Columnistas

‘Imagine'...

El ejemplo que deseo dar para demostrar que hay muchas cosas que nos pueden poner en ese estado de gnosis o iluminación

Creo que igual que muchos, durante la JMJ sentí que descendía sobre el país una nube invisible de espiritualidad que lo invadió todo. En mi familia muchos participaron en su organización y podría ser que a través de ellos recibí parte de ese sentimiento de paz y serenidad que formó parte del evento.

Este sentimiento de espiritualidad no es patrimonio de una sola religión. Lo recibimos los humanos a través de diferentes medios, y en este artículo quiero dar un ejemplo que no tiene que ver con mi cristianismo. Dios lo envía a través de muchos canales y en eso es magnánimo. No podemos descartar como falsas otras vías que suben esa enorme montaña llamada espiritualidad, en cuya cima nos espera el Arquitecto Universal supremo. Todos los caminos que parten de muchos lugares alrededor de ella conducen a un solo lugar: su cenit. Decir que nuestra manera de ponernos en contacto con lo divino es única, es caer en el fundamentalismo, enfermedad que sufren muchas mentes estrechas y limitadas. Igual sucede con los que reniegan de que el mundo espiritual exista. Tengo una regla: nunca discutir con nadie que diga que tiene la Verdad absoluta y que lo demuestre en una discusión, poniendo una barrera insuperable a argumentos y críticas. Prefiero mil veces conversar con esas personas abiertas de mente, dispuestas a escuchar con paciencia argumentos, analizarlos y entonces emitir su opinión. Es decir, con seres inteligentes, no cabezones. Somos una especie todavía muy primitiva que se comunica con el mundo exterior con la limitación que nos da nuestros cinco sentidos. Y como los científicos de la teoría cuántica nos dicen hoy: existen asuntos en nuestro Universo todavía por descubrir; aunque ya nos dicen cosas locas como ‘el tiempo no existe', ‘vivimos en medio de mundos paralelos', ‘podemos cambiar el mundo con solo observarlo', ‘todo es energía y lo que vemos como algo sólido es porque lo procesamos así con nuestros ojos y cerebro', entre otras. Entonces, en un mundo en que en Harvard, Cambridge, MIT, nos dicen que lo que vemos y sentimos podría ser solo una ilusión, es muy atrevido decir que una religión es completamente verdadera y que es el único camino para llegar a Dios.

El ejemplo que deseo dar para demostrar que hay muchas cosas que nos pueden poner en ese estado de gnosis o iluminación, puede suceder en cualquier lugar —como me sucedió a mí—, o en un ambiente especialmente dedicado a provocarlo, como rezar dentro de una Iglesia o Sinagoga, escuchando música casi celestial. Lo mío sucedió caminando por Central Park, en Nueva York. Me perdí y llegué a un pequeño lugar con una enorme placa en el medio, con dibujos hermosos que rodeaban la palabra ‘Imagine'. Había muchas personas a su alrededor y muchas flores sobre el monumento. Enseguida, como si me cayera un rayo, comprendí de qué se trataba: era un monumento a John Lennon, miembro de Los Beatles, conjunto musical que me acompañó durante gran parte de mi juventud, y que, con una sola palabra, ‘Imagine', lograba evocar tantas cosas a quienes nos agolpábamos a su alrededor, principalmente la letra de aquella canción eterna e universal. El hermoso mosaico en el piso no decía el nombre de Lennon por ningún lado; únicamente aquella palabra mágica: ‘Imagine'. Aprovecho para indicar el poder que puede tener una sola palabra o frase bien colocada. Con solo ver aquella y el ambiente que la rodeaba, entré en ese estado de casi éxtasis espiritual que nos sucede solo cada cierto tiempo. En un instante recordé mi juventud, mis sueños, y algunos aspectos de mi vida que me ligaban a aquel conjunto de letras bien puestas. Se me aguaron los ojos. Tuve la suerte, en otra ocasión que visité el lugar, de que alguien tenía una guitarra y cantaba la canción. Es difícil resistirse a dejar que entre en ti como una flecha un poema que te dice, entre muchas otras cosas: ‘Imagínate que no hay nada por lo que matar o morir'; ‘Imagínate a un mundo con todos viviendo su vida en paz'; ‘Imagínate un mundo sin avaricia ni hambre, una hermandad humana compartiendo el mundo'; ‘Dirán que soy un soñador, pero no soy el único. Quizás algún día te sumes a nosotros y el mundo será de todos'. El sonido de aquella voz y guitarra me trasladó a otras épocas y sacó de mi corazón sentimientos que estaban allí, pero guardados.

Finalizo diciendo que, aunque no hay nada perfecto, la JMJ logró en muchos que sus sentimientos espirituales más profundos surgieran, aunque fuera solo por algunas semanas. El país entero lo sintió, y yo también. Gracias a sus gestores y organizadores.

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