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21 de Jan de 2020

Andrés L. Guillén

Columnistas

Una herencia compartida

‘Jerusalén no tiene importancia estratégica, pero sí religiosa, cultural e ideológica. Gaza tampoco, salvo [...] para aislar a casi dos millones de palestinos [...]'

El encuentro único que la historia y la geografía le han dado a dos pueblos, uno judío otro árabe, en antiguas tierras levantinas, bañadas por el mar Mediterráneo, nos dan hoy una multiplicidad de perspectivas para mejor analizar acontecimientos actuales allí, quizás no del todo compartidas ni coherentes entre sus presentes pobladores, pero de mucha importancia estratégica para toda esa región.

A pesar del poder conflictivo que pueda dársele a su pasado milenario, en gran parte perdido e irrecuperable, su larga historia, inclusive la bíblica, generalmente se ha ajustado a factores formativos geográficos, étnicos y religiosos.

Al revisar la contribución de estos en su historia, resalta el protagonismo preponderante dado por la tierra en sí, no de forma abstracta o intermitente, sino casi permanente y predominante, por ser tierra ‘santa' para tres grandes religiones: las musulmana, judía y cristiana, una trinidad enmarcada al ‘Mediano Oriente' de esa Europa etnocentrista e imperialista de antaño.

La memoria etnoreligiosa también se ha impuesto en este pequeño territorio de 28 165 km2 que a través de su historia ha cambiado varias veces de nombre, religión y demografía, como reflejo de los múltiples poderes foráneos que desde tiempos bíblicos la han dominado: asirios, babilonios, persas, griegos, egipcios, romanos, árabes, otomanos y británicos, entre otros, promoviendo en su población una reacción defensiva de pérdida y exclusión para evitar su posible destrucción.

Posteriormente, las dos guerras mundiales del siglo XX cambiaron nuevamente el mapa de toda esta región, ignorando los derechos de su población musulmana, compuesta de diversas tribus árabes que profesaban variadas versiones del islam. Tras la primera, los ingleses y franceses crearon fronteras y países a su gusto sin consideraciones étnicas, religiosas o geográficas (Arreglo ‘Sykes-Picot' 1916 y Tratado Sèvres 1920). Tras la segunda y el terrible Holocausto nazi, la Resolución 181 (II) de Naciones Unidas dispuso la partición de Palestina en dos Estados, uno árabe y otro judío, como herencia compartida, decisión inconsulta por desconocer el derecho de la entonces mayoría árabe a decidir su propio destino.

Desde 1947 las realidades sobre el terreno han cambiado tanto que es ineludible e imposible ignorar consideraciones topográficas, estratégicas y nacionalistas israelíes para hacer viable un Estado palestino.

Jerusalén no tiene importancia estratégica, pero sí religiosa, cultural e ideológica. Gaza tampoco, salvo su uso para aislar a casi dos millones de palestinos en 365 km2 sin acceso al mundo ni a los otros territorios palestinos. Esos ‘territorios disputados' (versión israelí), conocidos como Cisjordania, siete veces más grande que Gaza, colindante con el río Jordán y el Mar Muerto, con cadenas montañosas de norte a sur que dominan la productiva planicie costera de Israel, donde vive el 70 % de su población y radica la mayor parte de sus industrias, desde una perspectiva militar, tienen un valor estratégico vital e inestimable.

Israel la dividió en tres áreas, todas parcial o totalmente controladas por sus Fuerzas de Defensa, rodeadas en gran parte por un muro, sin la libre circulación de palestinos. Por ahora esta es la herencia compartida.

EXDIPLOMÁTICO