23 de Feb de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

... Y finalmente se desnudó ante el mundo

Si necesitábamos ver para creer, las pruebas al canto las vimos en vivo —para nuestra vergüenza—

... Y finalmente se desnudó ante el mundo
... Y finalmente se desnudó ante el mundo

Si necesitábamos ver para creer, las pruebas al canto las vimos en vivo —para nuestra vergüenza—, cuando el régimen antidemocrático venezolano reveló su perversidad al mundo. Durante 24 horas vimos intentos fallidos de gente frustrada pero esperanzada, intentando entrar a su propio país para llevar productos de primera necesidad a una población que languidece por esa carencia. Espectáculo bochornoso, increíble, dirigido por una cúpula política ilegítima enquistada en el poder, sostenida por una casta militar sorda al clamor de aquellos a quienes juraron defender.

Ante ese atroz espectáculo, recordamos el himno nacional venezolano: ‘Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la Ley respetando, la virtud y honor'. Canto patriótico, inspirado en el espíritu de libertad que bullía en las colonias americanas, especialmente en la Venezuela de principios del siglo XIX, que fue entonces un llamado de unidad contra el yugo español. Increíble constatar, 200 años después, que idéntico grito de libertad fuese lanzado contra la opresión de sus propios congéneres, de su misma sangre, de su propia cultura, contra gobernantes aferrados al poder en razón de su fuerza militar.

Recuerda también la fulminante frase de Bolívar: ‘Maldito sea el soldado que vuelva las armas contra su pueblo... Un soldado feliz no es el árbitro de las leyes ni del Gobierno. Es defensor de su libertad'. Y por el contrario, supimos que miembros de las fuerzas armadas bolivarianas —llámense ejército, guardia nacional, policía, inteligencia, ‘voluntarios'— asesinaron con armas de asalto a indígenas pemones e hirieron 14 más en la frontera con Brasil; hirieron con perdigones a cientos de manifestantes en Ureña; incendiaron, estando ya dentro del propio territorio venezolano, varias toneladas de alimentos en camiones que intentaban introducir por el puente Francisco de Paula Santander parte de la ayuda humanitaria enviada por países extranjeros. Las fronteras con Colombia y con Brasil fueron cerradas bajo el inverosímil pretexto de proteger el suelo patrio y soberano contra la invasión militar del ‘imperio' y de Gobiernos confabulados. Tamaña desfachatez.

Mientras tanto, en un espectáculo kafkiano, el usurpador venezolano —para utilizar el calificativo de Bolívar— se contoneaba en una tarima al son de una melodía popular, tratando de enviar así un mensaje de despreocupación y de alegría, ausentes en una población completamente desatendida y privada de los más básicos elementos necesarios para cualquier ser humano. Ese es el líder amado por su pueblo que se cubre con el ropaje de una revolución bolivariana Siglo XXI, alejada de Simón Bolívar, más cercana a la de Fidel Castro, cuya inteligencia y astucia política es incapaz siquiera de remedar, sin que signifique que compartamos su filosofía política o económica.

Ahora más que antes, el final del régimen está a escasos días vista; sus días están contados y solamente el ‘usurpador' y su garulla delincuencial fingen lo contrario. Pero el futuro del país no será fácil; por el contrario, el caos político requerirá gran coordinación y armonía entre los nuevos líderes; la hecatombe fiscal exigirá medidas durísimas, muy estrictas para reintegrarse al universo financiero; el derrumbe de la economía demandará un giro de timón para devolver a la empresa privada su rol como motor principal del desarrollo; y la reestructuración de Pdvsa para recobrar el volumen de producción petrolera que permita obtener divisas para el presupuesto nacional y el pago de la pesadísima deuda externa, incluyendo amigos chinos y rusos.

La usurpación y la tiranía, dijo Bolívar, nacen cuando un mismo ciudadano logra ejercer el poder por largo tiempo. Ayer vimos a ambas, en toda su degradante desnudez, bailando en tarima pública. ¿Por última vez?

EXDIPUTADA