La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

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Ramón Fonseca Mora

Columnistas

¿Una estatua para Bunau-Varilla...?

‘[...] exageré [...] al preguntarme si habría que construirle una estatua a este francés. Pero sí creo que debemos revisar nuestra historia [...], y dejar de llamarlo ‘traidor'...'

Me imagino ya las reacciones a este título. ‘¿Una estatua para un traidor?', ‘¡Ramón ya enloqueció con tanta persecución...!'. Y si alguno de mis lectores piensa así, lo comprendo. Yo mismo, desde pequeño, crecí con el firme convencimiento de que este personaje francés, tan importante para la historia de Panamá, fue un ‘traidor' a nuestras aspiraciones como país durante la independencia de Panamá de ese gran sueño de Bolívar, la Gran Colombia. Recordemos aquí que Panamá ya había sido República independiente en 1821, cuando nos separamos de España. Poco después nos unimos voluntariamente a la Gran Colombia, la que poco a poco se disolvió por disputas internas, siendo nosotros los últimos en lograrlo.

Habiendo tanto que aprender sobre nuestra historia y sus personajes, fue fácil dejar a Philippe engavetado en esta casilla, puesto allí por múltiples generaciones de panameños, desde principios del siglo pasado. La principal prueba para los panameños de su ‘traición' fue que firmó, a nombre de un país que no era el suyo, un Tratado, el Hay-Bunau-Varilla que puso tierras panameñas, necesarias para la construcción y funcionamiento del Canal de Panamá, a disposición de los Estados Unidos de América en condiciones muy favorables y a perpetuidad.

Habría yo continuado teniendo esta opinión si uno de esos hechos, que parecen ser fruto de la casualidad —aunque estoy convencido de que no hay nada casual— no hubiera logrado que mirara un poco más de cerca a este personaje tan controversial. Sucedió que, caminando por París en compañía de mi hijo varón primogénito —tengo una hija mayor—, que salía de la niñez y comenzaba la adolescencia, decidí llevarlo a visitar una librería pintoresca y única, dedicada toda a libros de Julio Verne, ese escritor francés de aventuras fantásticas que alegró los años tempranos de tantos jóvenes del mundo entero, incluyendo los míos. Debo hacer un alto y confesar que soy un bibliófilo irremediablemente enfermo, y ya casi desahuciado. Soy atraído a cuanta librería se presente en mi camino, pudiendo pasar horas enteras en ellas rebuscando entre libros de diversos temas, ya que son varios los que me interesan. Por ejemplo, en el mismo París, la Librería Inglesa, ubicada cerca de Notre Dame de París en el barrio latino —bohemio y hermoso— era, hasta que se me prohibió salir de Panamá, un lugar que visitaba casi todos los años. Subía hasta su cuarto piso por sus escaleras de madera, estrechas y rechinantes, y desde allí iniciaba mi búsqueda de libros valiosos para mí en sus estantes apilados de libros de primera y segunda mano, puestos en un desorden ordenado, bajando al piso siguiente cuando terminaba de peinar el anterior. Al final, me presentaba a la cajera cargado de libros hasta las cejas. Siempre me alojaba cerca, y llevaba enseguida aquel tesoro cuidadosamente seleccionado, a mi hotel o apartamento. Por supuesto, siempre tenía que comprar maletas adicionales, y trataba de distribuir mis libros entre ellas para evitar que la aerolínea me pusiera cargos adicionales por peso. Hoy, que tengo que reducir mi espacio de vida, una de mis preocupaciones —entre muchas otras— es dónde colocar tantos libros. Gracias a Dios que se inventó Kindle. En mi pequeño aparato ya tengo más de 700 libros que hubiesen añadido tamaño a mi ya enorme biblioteca.

Como relataba, entré en aquella librería, templo sagrado de Verne —tratando de interesar a mi hijo en la lectura—, en la que vendían desde las ediciones primeras del célebre escritor, hasta las recién publicadas. Después de un rato, encontramos un libro que interesó a mi primogénito varón, y me dispuse a pagar. No sé por qué —nos encontrábamos en una librería especializada en un solo autor—, hice mi pregunta rutinaria en cada librería que visitaba: ‘¿Tiene usted algún libro sobre Panamá?'. Todavía recuerdo la cara de sorpresa del dueño del local. Me miró por encima de sus anteojos. Sus ojos estaban bien abiertos. ‘¿Por qué me hace usted esa pregunta?', respondió. Sin esperar mi respuesta, dio media vuelta, entró a su trastienda y regresó con un libro viejo, grueso, empastado exquisitamente en dorado y rojo. Lo puso sobre la mesa y leí su título: ‘Panamá: la creation, la destruction, la resurrection, por Phillipe Bunau-Varille-París, 1913'. Puso sus manos sobre el libro, y me dijo: ‘Este libro tiene decenas de años aquí esperándolo…', y sonrió. Añadió, abriéndolo en una de sus primeras páginas en donde había una dedicatoria escrita a mano y firmada por el autor: ‘Está dedicado a la condesa de Viforano, una de las accionistas del fallido Canal Francés, quien fue una de las que financiaron a Bunau-Varilla para que viajara y tratara de interesar al Gobierno de los Estados Unidos para que comprara las acciones de la francesa Compañía Universal del Canal Interoceánico, y así salvar las inversiones privadas francesas en esta compañía en quiebra. Tuvo éxito, y en Francia se le considera un héroe en ciertos círculos. El conde Viforano acumuló a través de su vida una biblioteca única de las obras de Julio Verne, y cuando salió a la venta a su muerte, nosotros la compramos. Este libro estaba incluido en ella y lo tuvimos guardado por muchos años. Y hoy usted es la primera persona que pregunta por él. No creo que sea casual…' Emocionado, pagué su precio, 2500 francos de la época, y salí del local con aquella joya apretada a mi pecho.

De allí en adelante le puse más atención al personaje, recordando siempre que ‘en Francia se le considera un héroe en ciertos círculos', y comenzando a cuestionar aquello de que en Panamá ‘se le considera un traidor'. Poco a poco comencé a formarme un criterio propio que difería del de la mayoría de los panameños. Primero, ¿cómo puede un francés ser ‘traidor' a Panamá si no era panameño? Sus intereses eran diferentes a los nuestros. Por eso, por ejemplo, intentó negociar primero con el presidente Marroquín, jefe del Gobierno colombiano un borrador de tratado con éxito, siendo sus esfuerzos fútiles cuando el Senado colombiano no aceptó los términos pactados por Marroquín con Estados Unidos y lo rechazó. Segundo, ¿qué hubiera sucedido si este hombre, junto con Cromwell —genio de la negociación dura en Washington— no hubieran iniciado una campaña intensa, recorriendo casi todos los Estados Unidos, para tumbar la decisión ya tomada por EUA de construir el Canal por Nicaragua, con tratado ya firmado, enseñando a senadores de muchos estados sellos de correos nicaragüenses con dibujos de enormes volcanes peligrosos para un Canal? Tercero, ¿qué hubiera sucedido si Bunau-Varilla y Cromwell no consiguen que dos cañoneras norteamericanas viajaran a todo vapor a Colón para impedir el ya inminente desembarco de tropas colombianas del Batallón Tiradores, enviado a recuperar el Istmo? ¿Y si no hubieran conseguido el dinero necesario para sobornar a las tropas colombianas estacionadas en Panamá? Todo esto fue obtenido gracias a que Bunau-Varilla firmó el infame tratado a nombre de la nueva República con EUA, del que nos tomó casi un siglo liberarnos. Sin todo esto, estoy convencido de que nuestra historia habría sido muy diferente y que el Canal estaría hoy en Nicaragua.

Creo que exageré un poco —quizás para llamar la atención a la lectura de este artículo— al preguntarme si habría que construirle una estatua a este francés. Pero sí creo que debemos revisar nuestra historia y libros de texto, y dejar de llamarlo ‘traidor'.

ESCRITOR