La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Antolino Herrera Castillo

Columnistas

Periscopio II: los dioses del engaño

Nos proponemos discernir ciertas cosas. ¿Cuál es el futuro de los panameños? El mismo se define como una terrible contingencia.

Nos proponemos discernir ciertas cosas. ¿Cuál es el futuro de los panameños? El mismo se define como una terrible contingencia. Si nos situamos en el presente y echamos una ojeada al pasado, escudriñando hechos o eventos que determinan nuestra situación actual, podremos predecir, sin necesidad de ser videntes, qué va a pasar con nuestras actuales y próximas generaciones. Por ejemplo. Si una persona, a diciembre del presente año, es todo un manojo de defectos, imperfecciones, calamidades o carencias en el campo de la conducta humana, es de presumir que al inicio del año próximo seguirá igual, a menos que en su vida se den cambios que revoquen su actual proceder.

Situando al país en medio del debate electoral, rondan las desavenencias, pleitos y contiendan —escarapela—, ataques desde las redes sociales y hasta la misma humanidad de los contendientes. ¿Qué se pelean? El ganar a toda costa el Palacio de las Garzas, o una curul, entre otros cargos importantes de la estructura jerárquica de Panamá, en obediencia a la Constitución Política del país. Ir a las próximas elecciones no es una fiesta más, como podrán pensar algunos panameños, sino que nos jugamos el futuro, nuestra paz y tranquilidad o la decadencia en que podremos caer, de entregar la responsabilidad de gobernar a los ineptos, falsos o engañadores que cuelgan en los postes y paredes de nuestras avenidas, calles, carreteras o caminos. Por esto es necesario pasar por el cedazo cada conducta, palabras, hechos o eventos de cada candidato. Realmente es el pueblo el que nombra a sus representantes.

Hasta ahora, todo esto es palabrería. Veamos ahora a la fresa sobre el pastel, políticamente hablando: la prostitución es la práctica de hacer el coito u acto carnal con fines de lucro. Pero esta es una de sus variantes más comunes. Las hay más sutiles o solapadas, como la cobra que repta asediando a sus víctimas. Valga la analogía para explicar. Los estudiosos del tema aseveran que ‘cualquier comportamiento humano que apoye, practique, instigue o consienta el intercambio ilícito de bienes, productos, información, servicios o poderes, puede considerarse prostitución'. Si el evento altera, desvirtúa el actuar o proceder correcto o normal de los electores, se debe considerar ilícito. En Panamá, lo más seguro es que tal delito no esté tipificado dentro de la Ley ni sea una preocupación de los encargados de vigilar cada torneo electoral. Sucede que candidatos de la actual contienda, como Rómulo Roux y Laurentino Cortizo, están abiertamente ofreciendo plata a las multitudes, con el fin de obtener el favor del voto. !Que aborrecible situación! Quieren doblegar la voluntad de las personas bajo el pretexto de una mala situación económica. Así se van estos candidatos, por la libre, ofreciendo dinero, porque es el camino más fácil, pues el pueblo no ha aprendido a reconocer ni a frenar estas conductas. Así actúan, porque están huérfanos de propuestas, porque lo más difícil es elaborar un Plan de Gobierno que consulte todas o, por lo menos, las más importantes necesidades o demandas de nuestro país. De un lado se considera como más fácil extender la mano y recibir un billete; la mendicidad. Pero, ¿por qué no les enseñan a ganar el pan de cada día?

Dentro de esta comedia, lo más irónico es que, aunque el candidato sea opulento (tenga dinero) para solventar graciosamente las necesidades o carencias de los electores, jamas utilizaría su dinero para tal evento. Lo que haría es entregar el dinero del Presupuesto General del Estado a los supuestos copartidarios, quienes con esta práctica irían buscando al mejor postor o al mejor vendedor de ilusiones. ¿Esto es democracia? No se puede desconocer tampoco la evaluación de los dineros entregados a la población; becarios, por ejemplo, y el aprovechamiento de los mismos a través de indicadores como la deserción, prosecución o el índice de fracasos. La evaluación de la inversión pública, en ciertas actividades o proyectos, pasa por el olvido en quienes han pretendido gobernar. Decía un autor: ‘Ningún hombre debe ser tan opulento que pueda comprar a otro ni tampoco tan pobre que tenga necesidad de venderse'. Así, de esta manera nos rebajamos a niveles inferiores, más bien se está prostituyendo a la población, en su más cara acepción. Tampoco es aceptable que nos vendan una candidatura como si nos estuvieran vendiendo sopa vegetal, porque no se trata de eso, sino de que demuestren con hechos cada intención; es decir, con planes o propuestas bien elaboradas, susceptibles de medir y afinar en su mejor expresión los ingresos o beneficios sociales de cada proyecto, contra sus gastos de inversión. ¿Cuáles son los criterios, tus herramientas de medición, ¿dónde están tus objetivos específicos o generales? ¿Cuáles son las políticas públicas a seguir?

El Tribunal Electoral no puede mirar a otro lado en estas situaciones. Ya han sido señaladas por la sociedad civil. ¿Quiénes debe entregar cada propuesta por lo menos virtual o de manera física o expedita a cada elector? Entonces, ¿cómo vamos a acabar de conocer a los candidatos? No hay interés en escuchar la retórica o vana palabrería en cada debate. Hay que aterrizar, porque se corre el riesgo de ir vagando en las alturas, como del que no es capaz de llegar a ninguna conclusión.

ECONOMISTA