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14 de Apr de 2021

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Nos medicalizan la vida

Otro truco consiste en presentar procesos o dolencias ordinarias de la vida como problemas médicos

El fenómeno se llama ‘tráfico de enfermedades' (‘Disease mongering', en inglés). Pero la traducción de ‘mongering' no es lo suficientemente clara, pues la expresión en inglés es mucho más elocuente: consiste en exagerar el peligro de alguna amenaza o inventarla del todo. En el contexto de enfermedades, se refiere a la costumbre de inventar patologías o exagerar, ya sea la prevalencia en la población o la severidad de la condición, o ambas. Hay evidencia en la literatura sobre cómo la industria farmacéutica incurre en estas prácticas de modos tan bien organizados y ejecutados, que la mayoría de la población no sabe que es víctima de un engaño deliberado.

Ray Moynihan, periodista que se ha especializado en el tema, lo describe así: es la expansión de los límites de una condición tratable hecha con el fin de ampliar el mercado de aquellos que venden y proveen tratamientos (Moynihan, et al. Selling Sickness: the pharmaceutical industry and disease mongering. BMJ 2002; 324:886-91). ¿Cómo lo hacen? Hay muchos trucos. Uno es expandir el umbral de métricas que establecen los límites de la condición tratable de que se trate, de tal modo que más personas caigan en la definición, ya sea de enfermos o de ‘alto riesgo'. Ejemplo: la ampliación reciente de la definición de hipertensión en las guías clínicas conjuntas del Colegio Americano de Cardiología (ACC) y de la Asociación Americana del Corazón (AHA). Dichas guías conjuntas (las guías ACC/AHA) contemplaron en 2017 una reducción del umbral de lo que consideran hipertensión arterial, de 140/80 mm Hg a 130/80 mm Hg.

Otro truco consiste en presentar procesos o dolencias ordinarias de la vida como problemas médicos. Moynihan expone el caso del esfuerzo de la compañía Roche para redefinir la timidez como ‘fobia social'. La palabra fobia suena más científica, así que ayuda en el objetivo de hacerle ver a los tímidos que en lugar de una característica natural que está dentro de la normalidad, lo que tienen es una condición médica que, ¡ah!, por suerte tiene tratamiento farmacológico (un antidepresivo).

También está la promoción sistemática de una determinada enfermedad o condición para presentarla a la opinión pública como más prevalente en la población (y más severa) de lo que realmente es. En esto la industria tiene un método muy insidioso, cual es la creación de ‘grupos de pacientes' —o la cooptación de los ya existentes— para que sirvan como pantalla en ‘campañas de concienciación' sobre la condición de que se trate. Con este mecanismo, la industria hace propaganda disfrazada de educación. Como señala Marcia Angell, quien fuera editora del New England Journal of Medicine por más de 20 años y quien en dicha capacidad pudo conocer el monstruo desde muy cerca: ‘personas que sufren de cierta condición creen que han encontrado una red de apoyo dedicada a crear conciencia sobre la enfermedad, pero en realidad es un mecanismo para que las compañías farmacéuticas promuevan sus fármacos. Algunas personas ni siquiera están enteradas de que hay una compañía farmacéutica detrás de su grupo de apoyo; otras creen que las compañías solo quieren ayudar a educar a la gente' (Angell, Marcia. The Truth About the Drug Companies. How They Deceive Us and What to Do About It', Random House, New York, 2004). Angell ofrece el ejemplo de las coaliciones para crear conciencia sobre los peligros de infección por Hepatitis C. El movimiento fue iniciado -afirma citando al Washington Post-- por la compañía farmacéutica Schering-Plough, fabricante de Rebetron, medicamento para la Hepatitis C. Cuando Angell escribió esto, el tratamiento de Rebetron costaba en Estados Unidos aproximadamente $18,000/año.

Quizás pueda ser positivo que con la Hepatitis C, más personas acudan al médico a diagnosticarse y obtener así tratamiento. Pero es innegable que hay un enorme ‘problema ético en que una compañía farmacéutica cree entidades y luego trate de presentarlas como organizaciones auténticas y espontáneas de activismo', como expresara Thomas Murray (citado por Angell), presidente del Centro Hastings, un centro de estudios de bioética. Pero esto se da también con relación a condiciones en las que resulta mucho más dudoso el supuesto beneficio para la población. Angell presenta el caso de una campaña de la compañía farmacéutica Wyeth (que años después sería adquirida por Pfizer) para ‘educar' a estudiantes universitarios sobre la depresión. La campaña incluía médicos, psicólogos y hasta una celebridad del momento para que participaran de la campaña. Angell reporta que la Universidad de Harvard declinó la oferta, y que sobre dicha decisión su encargado expresó que ‘en el caso de celebridades que están siendo pagadas por la compañía, hay un riesgo de que lo que se esté dando sea publicidad inapropiada'. Yo diría que fue bastante diplomático.

Por último, para estas campañas siempre se involucra de un modo u otro a médicos y medios. La industria contrata expertos para que vayan como invitados en programas de televisión y radio para ‘crear conciencia' sobre determinada condición. También contrata periodistas y escritores para que publiquen artículos en periódicos, revistas y ‘blogs'. Algunas veces las piezas son publicadas bajo un nombre sin haber sido escritas por ese periodista o escritor, sino que a este le han pagado solamente para que preste su nombre a una pieza que ha sido escrita por un escritor ‘fantasma', también a sueldo de la industria y cuyo nombre no aparece en la pieza.

La medicalización innecesaria genera serios perjuicios sociales. Entre estos, Moynihan resalta los siguientes: aplicación innecesaria de etiquetas a personas que no las necesitan; promueve la toma de decisiones inapropiadas de tratamiento; promueve la iatrogenia; genera desperdicio económico por pruebas y tratamientos innecesarios; crea pérdidas económicas sociales por costos de oportunidad, al distraer recursos médicos y hospitalarios que, al ser desviados, dejan de ser empleados para atender condiciones más apremiantes en la población (esto último es de particular impacto en los sistemas públicos de salud); crea o refuerza obsesiones patológicas sobre enfermedad; incide en la generación de políticas públicas de salud equivocadas, y genera un enfoque indebido hacia soluciones farmacológicas o intervenciones muchas veces innecesarias. Es una práctica muy perniciosa.

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