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21 de Apr de 2021

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Hablemos de eutanasia

A inicios de abril en España fue noticia sensacional el caso de un suicidio asistido. Ángel Hernández ayudó a su esposa María José Carrasco

A inicios de abril en España fue noticia sensacional el caso de un suicidio asistido. Ángel Hernández ayudó a su esposa María José Carrasco, de 61 años, a morir. Todo fue grabado en video. María José sufría de esclerosis múltiple en etapa terminal y le había pedido a su esposo reiteradas veces que la ayudara a morir. En España es delito el asistir a una persona a cometer suicidio, pero Ángel decidió filmarlo todo y dar la cara a la justicia para que se resuelva de una buena vez el debate público sobre la despenalización del suicidio asistido.

El problema tiene matices filosóficos, religiosos, éticos y jurídicos de gran importancia. Naturalmente, nadie desea estar frente a una situación en la que un ser amado quiera terminar con su vida. Y hay muchísimas situaciones en que un suicidio es una solución equivocada a un problema que puede ser pasajero; un acto de desesperanza que puede llevar a segar una vida de forma innecesaria. En esos casos, lo natural y humano es que procuremos dar una mano amiga a la persona, procurando evitar que esta intente el suicidio. Situaciones que pueden llevar a una persona a contemplar el suicidio hay muchísimas, y en la enorme mayoría de los casos los suicidios cometidos son de personas que han caído en la desesperanza ante una situación que, con el debido contexto, habría podido ser superada con el paso del tiempo. Es por ello que como regla general la alerta social ante la ideación suicida de personas en vulnerabilidad, es muy sana y correcta. Muchísimas personas que han tenido ideas suicidas y hasta han estado al borde de quitarse la vida en un momento de debilidad, han podido después superar su problema y resultaron eternamente agradecidas con las personas que, en su momento, intervinieron para impedirle el suicidio. Esto, definitivamente, es la norma que debemos seguir como principio y de allí que las grandes religiones contemplen el suicidio como pecado, pues en la gran mayoría de los casos, constituyen un acto de desesperanza que no debe ser promovido sino contrarrestado.

Pero lamentablemente no todo problema tiene solución. Hay problemas muy graves que no tienen solución y que de hecho solo pueden agravarse con el tiempo. Tal es el caso, justamente, de enfermedades progresivas, especialmente si se ha llegado a la etapa terminal. La cuestión allí, entonces, es: ¿insistimos en aplicar la regla general porque es la regla general, o aceptamos al menos contemplar la posibilidad de que la regla ética general contemplada en las religiones sea una buena heurística pero que, como toda heurística, dista de ser infalible? Sostengo que el suicidio asistido en determinados casos médicos como el de María José, debe ser despenalizado.

En primer lugar, la vida de María José es de María José. Estoy muy consciente de que una persona religiosa podrá decir que la vida de María José no es de ella sino de su creador. Pero en todo caso, dejemos entonces que María José confronte el asunto con su creador cuando lo tenga que confrontar. La ley humana no debe meterse en un asunto que, en todo caso, es entre María José y su creador.

Me guío también por la norma ética universal que dice que uno no debe andar alegremente juzgando a otro si no está en sus zapatos. Todos queremos pensar que somos muy fuertes y valientes, pero ninguno de nosotros jamás puede saber cómo actuaría en una situación extrema que jamás ha experimentado. ¿Sería yo capaz de seguir aguantando una vida en extremo dolorosa, cuando ya no hay placer y todo es dolencia, sufriendo de una condición sin posibilidad alguna de mejoría? Nadie quiere estar ni tener alguien cercano en esas circunstancias, pero precisamente por eso no me siento con derecho a decirle a María José qué es lo que debe hacer en su situación.

Al final, mi posición liberal es que cada persona adulta, capaz de tomar decisiones por sí misma, es libre para tomar esas decisiones sobre sus propios asuntos. Si María José, como adulta, está en capacidad para tomar la decisión de modo libre, dicha decisión le debe ser respetada aunque no nos guste a los demás. Después de todo, la vida de María José es de María José, y de nadie más.

ABOGADO