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05 de Dec de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

Cigarrillos, licor y obesidad

El tabaquismo entre los adultos en Panamá alcanzó un mínimo histórico en 2017

Las campañas de salud pública han hecho milagros para reducir el número de muertes por fumar y conducir bajo el efecto del alcohol. Tal vez, si lo pensamos bien, podrían trabajar también para reducir las muertes causadas por comida chatarra.

Uno de los mayores triunfos de la salud pública del siglo pasado sigue ganando ímpetu de forma impresionante: millones de personas han dejado de fumar, y cada día hay más. El tabaquismo entre los adultos en Panamá alcanzó un mínimo histórico en 2017, alrededor del 6 % desde casi el 24 % en 1972. La tasa de tabaquismo ha disminuido durante tanto tiempo que hemos llegado a pensar que seguirá bajando todos los años. ¿El objetivo? Cero fumadores.

Esta caída es notable porque no hace mucho tiempo las oficinas, los aeropuertos, los aviones y los restaurantes estaban llenos de humo. Todos nos encogíamos de hombros cuando alguien prendía un cigarrillo y teníamos que aguantar su desagradable olor o salir huyendo. Esto fue años después del informe de 1964 del Cirujano General de los Estados Unidos que advirtió en un lenguaje claro y convincente —respaldado por una ciencia clara y convincente— que los cigarrillos matan y el humo podría afectar también a los no fumadores.

Pero esos mensajes antitabaco finalmente se afianzaron, al igual que las leyes que prohíben fumar en lugares públicos y aumentan la edad para comprar cigarrillos. Los cigarrillos se volvieron mucho más caros, en parte porque los legisladores establecieron impuestos al tabaco. Lo hicieron para recaudar ingresos, para compensar los costos de salud pública del tabaquismo y para persuadir a la gente a parar de fumar.

Un bombardeo legal y de salud pública similar ha reducido un tercio las muertes por conductores borrachos en las últimas tres décadas. Atreverse a conducir después beber ha perdido su aceptabilidad social y hoy la gente está cansada de sufrir por las pérdidas de sus seres queridos y por las miles de víctimas causadas por conductores borrachos. Actitudes cambiadas, leyes endurecidas y multas severas han ayudado a que las muertes disminuyan.

¿Podrían los investigadores, los funcionarios de salud pública y los políticos aplicar suficiente presión a través de nuevas leyes, campañas de salud pública y otras medidas para reducir la epidemia de obesidad y muertes causadas por mala alimentación como diabetes, cáncer y ataques cardíacos? Nosotros pensamos que sí.

A primera vista, estos problemas no parecen compartir rasgos, excepto que la obesidad también es tratable y prevenible. Al igual que muchas personas en las generaciones anteriores pensaban lo mismo sobre los peligros del cigarrillo o las muertes por conducir en estado de ebriedad. Admitimos que se trata de una comparación inexacta, aunque los tres comportamientos, fumar, beber y comer mal, seguramente brindan elementos de riesgo muy parecidos. Dicho eso, convencer a la gente de que deje de matarse con la comida no es lo mismo que conseguir que deje de matar a otros, ya sea detrás del volante o detrás de un cigarrillo.

Pero todos estos esfuerzos de salud pública tocan el tema del cambio de conductas que están arraigadas y son destructivas. ¿Cómo hacer eso? Mediante una combinación de prevención, leyes y otras estrategias diseñadas para minimizar la oferta de comida chatarra. Por ejemplo, hemos abogado por leyes de etiquetado más estrictas, incluidas regulaciones de alimentos genéticamente modificados, reducciones obligatorias de azúcar, sal y grasas hidrogenadas, incluyendo la prohibición de sodas en escuelas y oficinas públicas. Hemos respaldado el llamado del Ministerio de Salud para poner en marcha la Estrategia de Prevención de Enfermedades No Transmisibles, a fin de encontrar las mejores formas de frenar el enorme costo económico asociado a estos padecimientos. Y además promocionamos programas que ayudan a los jóvenes a cambiar sus estilos y hábitos de vida.

Las actitudes públicas pueden moverse rápidamente cuando las personas se activan y hacen valer sus derechos. ¿Cuándo fue la última vez que alguien encendió un cigarrillo en tu presencia? La mayoría de los fumadores ya ni siquiera preguntan y se esconden afuera. Igualmente, para la mayoría de las personas, un conductor ebrio es una amenaza pública que debe ser encarcelado, no un pobre borracho que debemos tolerar. Existe un estigma asociado con fumar cigarrillos y manejar borracho que ya nadie ni lo discute. La gente resiente las muertes prevenibles y por eso es hora de que decidamos minimizar las muertes por comida chatarra.

EMPRESARIO, CONSULTOR DE NUTRICIÓN Y ASESOR EN SALUD PÚBLICA.