04 de Dic de 2021

  • Ricardo Bustamante Valdés

Columnistas

La Betania de Nito

Corrían los años cincuenta y la ciudad de Panamá, asfixiada ya en su crecimiento demográfico, inició la construcción de pequeñas barriadas

Corrían los años cincuenta y la ciudad de Panamá, asfixiada ya en su crecimiento demográfico, inició la construcción de pequeñas barriadas satélites y una de las primeras que se crearon fue Betania. El nacimiento de la misma no fue al azar, sino el resultado de uno de los primeros esfuerzos en planificación urbana patrocinado por el Banco Urbano d Desarrollo.

Mi padre, al igual que muchos panameños que vivían en la ciudad, vieron en este nuevo suburbio la oportunidad que esperaban para tener una casa propia y desarrollar una familia. Así que se convirtió en uno de los primeros colonos de Betania y en consecuencia, mis cinco hermanos y yo en parte de la primera generación nacida en este nuevo barrio.

Originalmente había una gran arteria que circulaba alrededor, denominada Camino Real, que tenía la particularidad de ser más ancha que las normales y a la que convergían todas las calles con nombres tales como Rua del Espíritu Santo, Costanilla del hermano González, Pasaje de Flamenco, Rambla de Taboga, Ronda del Matasnillo, etc., apelativos que, al igual que el de Betania, fueron resultado de votación entre sus habitantes.

El sector se concibió para que fuera autosuficiente y desde su inicio se le dotó de una iglesia y un cura italiano, el famoso padre Tulio; áreas verdes, una glorieta para poner la bandera escuela primaria, dos tiendas regentadas por chinos y un cine, el Teatro Savoy, con su lema ‘Orgullo de las afueras' y cuyas paredes guardan el secreto de los primeros amores de muchos.

Para nosotros, los muchachos, esto era como vivir en un paraíso. A solo unos metros del Camino Real, por donde hoy están el súper 99 y altos de Betania, toda esa área eran potreros de la familia de Domingo Díaz, por lo que no era ajeno a nosotros ver hatos de vacas paseando por nuestras calles, abonándolas de estiércol y por supuesto los caballos que utilizaban los peones de esa finca y que a veces lográbamos agarrar y montarlos a pelo.

Acostumbrábamos a hacer excursiones para bañarnos en las quebradas circundantes mientras nos deleitábamos con una gran variedad de frutas que colgaban de los árboles y algunos los más atrevidos seguíamos más allá hasta la Tumba Muerto y nos adentrábamos en los límites de la antigua Zona del Canal.

Eso sí era una aventura, regresábamos llenos de correas de balas de salva y raciones de comida que dejaba olvidados en la selva la soldadesca americana.

Pocos saben que este barrio fue el hogar de panameños ilustres. Allí vivieron las poetisas y poetas: Elsie Alvarado, Estela Sierra y Eduardo Ritter, quien también era escritor; el Dr. Alfredo Cantón y Humberto Ricord. El compositor Roque Cordero. El magistrado Santizo, etc.; industriales, como José Ferrer y Ofelino Santiago, empresarios como Laurentino Cortizo, concesionario de la única estación de gasolina en el sector, fabricante de bloques, transportista y ganadero y por supuesto, mi padre, Chito Bustamante, transportista, dueño de dos emisoras y una empresa de publicidad creadora de la frase ‘el banco de la familia panameña'.

Había una calle de los profesores Anaya, Luna, Mata Zerr, Suman, Arcia, y Rosamérica de Vázquez (madre de otro de nuestros meritorios ciudadanos, próximo administrador del Canal), y la calle de los policías Urrutia, Camargo, Meléndez, Hassan, Salazar, Messner y Puleio.

Con tantos oficiales y talentos que convivían junto a nosotros, teníamos, la muchachada, muchos buenos ejemplos a seguir.

Hoy podemos sumar los betanienses, además de todos estos ilustrísimos ciudadanos que nos precedieron, a un presidente de la República que pasó parte de su infancia y adolescencia entre nosotros: Nito Cortizo.

Lo recuerdo en su uniforme caqui mientras esperaba el bus del Javier que, al recogerlo a él y pasar frente a mi casa, me advertía que ya venía el mío. Era una familia de seis hermanos que vivía en la calle vial de Las Acacias, en un hermoso chalet que aún conserva su hermana Dorinda. En una ocasión pusieron una canasta de baloncesto frente a su domicilio convirtiéndose en un punto de reunión muy popular. Justo al lado de ellos vivían los Arrue.

Todas estos ilustres vecinos que menciono en los párrafos anteriores habitaban a una distancia no mayor de 200 metros de la residencia de ellos. Los hermanos Cortizo tuvieron la bendición de ser criados, además de por sus padres, por una abuela que tenía la particularidad de ser muy estricta y fumar el puro al revés. El haber tenido una infancia feliz y rodeado de tantos talentos me inclina a creer que, aunque sea por ósmosis, nuestro actual presidente está condenado al éxito.

EMPRESARIO

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