• 21/01/2026 00:00

El ambientalismo panameño: siglo XXI

“Es el tormento humano que para ver bien se necesita ser sabio, y olvidar que se lo es. La posesión de la verdad no es más que la lucha entre las revelaciones impuestas de los hombres. Unos sucumben y son meras voces de otro espíritu. Otros triunfan, y añaden nueva voz a la de la naturaleza”. José Martí, “Emerson”, 1882.

El ambientalismo ha sido una corriente política y cultural relevante en el mundo a partir de la década de 1970. Como tal, ha conocido formas de desarrollo e incidencia muy diversas en el sistema mundial, con expresiones que van desde el conservacionismo más extremo hasta distintas tendencias del ecosocialismo. Esto ha contribuido a la formación de campos político-culturales también muy diversos, que operan en dos dimensiones distintas. Por un lado, en la formación de ámbitos de interés ambiental en múltiples campos académicos preexistentes. Por otro, en la formación de ámbitos académicos específicos, que trascienden la separación tradicional entre las ciencias naturales y la humanas, como en los casos de la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica.

El movimiento ambientalista panameño inició su formación a fines del siglo XX. Emergían entonces las responsabilidades ambientales derivadas del Tratado Torrijos Carter, y se aspiraba a participar en la elaboración de aquella agenda ambiental global que encontraría expresión en la Carta de la Tierra aprobada por las Naciones Unidas en 1992. Aquel ambientalismo logró conectar nuestros problemas ambientales con los de la Humanidad entera; resaltó la importancia de nuestros ecosistemas para la biosfera; contribuyó a sentar las bases de nuestra cultura ambiental, y a fortalecer una institucionalidad ambiental entonces incipiente.

Como es natural, ese proceso compartió algunas características de nuestra sociedad. Ha tendido a ser legalista, como nuestra cultura política; cientificista, como el legado de la cultura científica norteamericana en Panamá y de nuestro positivismo liberal, y más cosmopolita que popular, al buscar su legitimidad en sus vínculos con organizaciones internacionales antes que con sectores sociales vinculados a problemas y conflictos socio-ambientales.

Estos rasgos de origen permiten comprender el peso del conservacionismo – a menudo de carácter conservador - en la cultura de este ambientalismo. Desde allí cabe entender que para comienzos del siglo XXI este ambientalismo no haya generado un vínculo relevante con campos del saber como los mencionados, ni con el debate contemporáneo que demandan temas tan relevantes en nuestra América como el Antropoceno, el decrecimiento, el extractivismo y el carácter socio-ambiental de la crisis en nuestras relaciones con la biosfera.

Esto, lamentablemente, tiende a limitar el aporte del ambientalismo conservacionista a la transición hacia formas de interacción con la biosfera más favorables a la sustentabilidad del desarrollo humano en Panamá, que ya vive una circunstancia inédita en su historia ambiental. En efecto, el agotamiento de un modelo de relación con la biosfera sustentado en la explotación extensiva de ventajas comparativas como la posición geográfica y la abundancia de tierras, que data del siglo XVI, demanda hoy pasar al aprovechamiento intensivo de ventajas competitivas como la abundancia de agua, de biodiversidad y de las capacidades del territorio para la conectividad interoceánica, tan importantes en aquella que Richard Cooke llamaba nuestra “historia profunda”.

Aquí conviene recordar que el ambiente es producido por las intervenciones humanas en la biosfera mediante procesos de trabajo socialmente organizados. Por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir una sociedad diferente. Comprender y asumir las responsabilidades que eso implica ya es la tarea mayor de todas las corrientes de nuestro ambientalismo contemporáneo, para contribuir desde sus logros de ayer al futuro del desarrollo humano en Panamá. Esta perspectiva de análisis, que vincula el cambio ambiental con el cambio social, apenas empieza a tomar forma entre nosotros, en circunstancias que aún limitan el paso de la denuncia al análisis y de la protesta a la propuesta.

Esto es de especial importancia para el análisis de la vida política de una sociedad que encara hoy importantes presiones para el cambio en sus relaciones tradicionales con sus entornos naturales, como las que se expresan en casos como la dotación de agua para el corredor interoceánico y el Canal, o del extractivismo minero en la región Centro-Occidental del Atlántico. A estos se agregan, además, los problemas derivados de las formas tradicionales de explotación extensiva de nuestros entornos naturales, que hoy afectan el deterioro de las principales cuencas hidrográficas del país, la degradación de suelos, el deterioro de las aguas, y la dotación de servicios de gestión de desechos y dotación de agua para el consumo humano en los principales centros urbanos del territorio.

Como cabe apreciar, el problema comparte la dimensión socioambiental que caracteriza a la crisis global con un rezago cultural que caracteriza a la sociedad panameña en particular, si se la compara con la situación científico-académica general y con las formas de expresión social de lo ambiental en la región. En estas circunstancias, conocer y comprender el origen de estas limitaciones, su impacto en la vida nacional y las formas más adecuadas para contribuir a superarlas constituye, ya, una tarea de primera importancia para la cultura ambiental en general y para la ecología política en particular en el caso de la sociedad panameña.

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