• 08/03/2026 02:51

Benita Aguilar, mi nana

Para conmemorar fechas importantes casi siempre se nombran a científicos, políticos, empresarios, pero pocas veces se honra a quienes sostienen el mundo en silencio.

En el Día Internacional de la Mujer cuando los discursos se visten de traje quiero hablar de las damas que portan fragancias que huelen, unas veces a detergente, otras a guisos y otras tantas a sudor. De aquellas mujeres que no salen en revistas, pero con su trabajo, limpiando, cocinando, ordenando, cuidan espacios que otros habitan.

Muchas veces no nos detenemos a pensar quien hace esas labores, pero que sin alguien a cargo de ellas las cosas no serían, ni se verían de la misma manera.

En este día deseo rendir homenaje a una dama sencilla y extraordinaria que más que trabajar en mi hogar, durante mi infancia, impactó en mi vida.

Ella, una joven de19 años, delgada, de tez morena clara, ojos oscuros y cabello ondulado; llegó a casa de mis padres para trabajar -como doméstica- cuidando de mí y de mis hermanos. Su rostro, sin maquillaje, siempre lucía fresco, tenía una sonrisa pequeña y muy dulce. Sus manos eran finas y delgadas y se notaba que a su corta edad habían trabajado mucho. Sus movimientos eran firmes, a pesar de tener complexión pequeña; verla andar por la casa era una oleada de ternura y fortaleza. Oriunda de Calobre en Veraguas, radicaba en la 24 de diciembre y en un domingo de un mes que no recuerdo, una coincidencia la llevó hasta nuestras vidas, cuando buscaba trabajo para ayudar a su numerosa familia y nosotros habíamos quedado sin niñera.

El primer encuentro: Una niña, a cargo de tres niños cuyas edades oscilaban entre dos y nueve años, pero a la que debíamos obedecer. Con ella compartimos muchos momentos de diversión y juegos donde a lado de cada experiencia había un consejo; ejerciendo un rol más allá del que la vida le había asignado. Ella se encargó de hacer fuerte y noble el corazón de la mujer que escribe esto. Desplazó mi rol de hermana mayor ese que siempre me adjudicó tanta responsabilidad. Ahora tenia una hermana más grande que yo.

Ella me animó a dar más, a no temer a los retos, a levantar con voz firme y sin titubeo cuando creía en algo o a defenderme ante los demás, cuando era necesario.

Invalidó cada una de mis inseguridades convirtiéndolas en oportunidades. Yo, era buena en los estudios, pero un verdadero desastre en las artes y deportes. Con paciencia infinita estudiaba conmigo, repasaba con amor las lecciones y me ayudaba a hacer mis proyectos en las áreas donde no destacaba. Aún, cuando algunos de mis intentos eran torpes, sus palabras siempre fueron de motivación y credibilidad.

En un mundo donde no existía internet, me habló de personajes famosos que desafiaban las expectativas de la sociedad. Sabía con una certeza admirable, que el estudio, la disciplina, y la preparación eran caminos reales para crecer y destacar.

Así la recuerdo, cocinaba delicioso, pintaba con sensibilidad y tenía un talento natural para la costura. Ese don la llevó a estudiar modistería y cumplió su sueño tras más de tres años de esfuerzo asistiendo a clases nocturnas sin claudicar.

Tantas memorias significativas me hacen entrever que fui sostenida por una niña, que sin títulos, ni discursos ejerció el más alto liderazgo que conozco: Proteger, crear, creer e impulsar a quien le miraba con admiración.

Este escrito mueve fibras sensibles y muy profundas, pues ella me enseñó a no rendirme y convirtió mi fragilidad en temple.

Con el tiempo se casó. tuvo hijos, siguió su rumbo, le perdí el rastro y yo me convertí en adulta. Aunque no la he vuelto a ver, me acompaña en mi carácter, en mi forma de ser y en lo que me hace ser quien soy.

Con ella aprendí que la grandeza no siempre ocupa cargos, a veces trabaja con escoba y delantal y limpia el camino para que el que pase por ellos también brille.

Tal vez nunca supo lo que sembró en mí, pero cada vez que me levanto luego de una caída, o cada vez que elijo no rendirme, allí esta ella.

Escribirle no es solo agradecerle, es reconocer a las mujeres que nos forman, aquellas que sus batallas no siempre llevan apellidos destacados, ni diplomas en las paredes. Mis palabras son un acto de justicia emocional y son para ponerle nombre a las heroínas que no buscan medallas. Aquellas quienes en el anonimato, hacen el detallado trabajo de moldear y dejar una huella en los corazones que tocan.

Con ese ímpetu silencioso inspiró sueños y sembró semilla. ¡Deseo que hayas germinado donde la vida te haya llevado!

A ti y a todas esas mujeres que han impulsado metas, sin pedir reconocimiento un abrazo especial en este día.

* La autora es abogada
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