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14 de Oct de 2019

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Mireya Lasso

Columnistas

¿Cómo se mide la inseguridad ciudadana?

E s el tema del día. Desde hace algún tiempo, titulares noticiosos de primeras planas han sido esencialmente parecidos.

E s el tema del día. Desde hace algún tiempo, titulares noticiosos de primeras planas han sido esencialmente parecidos. Repiten encabezamientos macabros —‘Semana roja de robos y asesinatos', ‘Ola de asaltos y violencia', ‘Balacera en …'— que dan lugar al ambiente propiciador de la inseguridad ciudadana que aparentemente campea por sus fueros. Sea real o percibida, resulta irrelevante; lo cierto es que a diario se escuchan voces en todos los rincones del país, especialmente de la capital, de ciudadanos que temen abandonar sus casas y salir a calles o veredas, a caminos o trochas vecinales, al amanecer o al anochecer, preocupados por dejar atrás sus pocas pertenencias para cumplir con sus trabajos.

No es la primera vez que vivimos en este ambiente insalubre. Las fuerzas militares que nos invadieron un aciago diciembre de 1989 llegaron con un solo objetivo, cumplido al pie de la letra: desmantelar las Fuerzas de Defensa, FFDD, que entonces incluían a la Policía Nacional, con el único propósito de llevarse a su comandante en jefe.

De paso, como parte de ese ejercicio, también privaron de libertad y reunieron en sitios de detención a elementos políticos a quienes su inteligencia militar identificaba como peligrosos. Pero ese ejército que se tomó el país en aquella ocasión no llegó a ocuparse de la seguridad ciudadana, porque no encajaba en su misión específica. El resultado predecible fue la ola general de violencia y de saqueos callejeros permitidos por el libertinaje, aún fresco en nuestra memoria, cuando los facinerosos decidieron hacer de las suyas y aprovechar el abandono no solo en la capital, sino en todo un país acosado por bandas que se dedicaron a asaltar a indefensos ciudadanos particulares y comerciantes.

Esa situación obligó a los ciudadanos que podían hacerlo a armarse para defender sus casas y sus negocios contra el vandalismo desatado. Vimos cómo vecinos en diferentes barrios de la ciudad organizaron vigilias noche y día con las armas que pudieron reunir, mientras algunos comerciantes hacían lo propio en defensa de sus comercios e industrias. Anécdotas abundan. Paulatinamente el caos fue mermando en la medida en que el Gobierno pudo reordenar y restablecer el orden público, pero durante muchas semanas y varios meses posteriores a la invasión ‘Causa Justa' sitios públicos, calles y noches panameñas continuaron inseguros.

Ciertamente el país hoy no es el mismo de entonces. Hoy el tráfico de drogas y el volumen de dinero que produce, el pandillerismo y la inmigración indiscriminada de personas atraídas por la ilusión de un mejor desarrollo nuestro que el de sus países o por un puente hacia el norte, la violencia familiar y el feminicidio, la corrupción pública y privada, una justicia enclenque y cegata, todos son factores que dan una dimensión más grave al problema. Pero, al mismo tiempo, tenemos una fuerza pública mejor formada e inspirada, mejor tecnología disponible para prevenir y perseguir el delito, mejor cooperación internacional, conciencia más difundida del problema que ya parece endémico.

¿Qué hace falta? Imposible depender exclusivamente de la policía; no queremos un Estado policiaco. Entre los organismos estatales parecería existir hoy una mayor conciencia sobre la conveniencia de una coordinación real y una permanente cooperación entre ellos: el sistema carcelario que lamentablemente optimiza la delincuencia, la Policía Nacional que mejora su recurso humano y su tecnología, el Ministerio Público con fiscales más acuciosos, y jueces más íntegros y capacitados en el Órgano Judicial. Pero se palpan todavía recurrentes manifestaciones de temores que evidencian un estado general de inseguridad insostenible. Toca llegar al nivel mínimo de seguridad aceptable, sin necesidad de armarnos hasta los dientes.

EXDIPUTADA