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19 de Nov de 2019

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Ramón Fonseca Mora

Columnistas

Aventuras en el Vaticano

Caminando un día por el Foro Romano en la ciudad de Roma, solo —aprendí rápido que debo visitar lugares como aquel; al igual que museos

Caminando un día por el Foro Romano en la ciudad de Roma, solo —aprendí rápido que debo visitar lugares como aquel; al igual que museos, galerías..., solo, y así evitar los: ‘¿no te cansas de ver tantas piedras (cuadros, estatuas, fósiles)?', ‘¿cuándo nos vamos?'—. Es cierto que soy un turista especial. Me gusta detenerme, observar y dejar correr mi imaginación en esos lugares especiales en los que otros pasan rápido y después no recuerdan nada. Me gusta pensar: ‘¿Cómo fue este lugar cuando fue habitado? Y el Foro Romano fue el centro de un Imperio que abarcaba desde Inglaterra hasta Egipto. ¿Cuántas cosas no habrán sucedido en aquel lugar que en aquel momento pisaba?' ‘¿Cómo pudieron controlar desde allí tanto territorio? ¿Qué los hundió?'.

Encaminé entonces mis pasos a la colina Vaticana, una de las siete colinas en la que está asentada Roma y que es hoy un Estado autónomo, sede de la Iglesia cristiana católica mundial, antigua sede del Circo, iniciado por el emperador Calígula y terminado por Nerón. A un lado, en las faldas de la colina, existía un cementerio en el que la tradición dice que fueron enterrados los cristianos asesinados en el Circo, incluyendo a san Pedro, quien fue crucificado cabeza hacia abajo, porque no quería morir en la misma forma que Cristo. Caminé lentamente admirando mis alrededores, bordeando el río Tíber, y crucé por el puente que conduce al centro del catolicismo. Llegué a la gran plaza en cuyo centro está el enorme obelisco tallado de una sola piedra, traído de Egipto por Calígula para adornar su Circo. Me dirigí entonces a la inmensa basílica y entré. Pocos saben que aquel templo majestuoso no es muy viejo. El primero, construido por el emperador Constantino cuando se convirtió al cristianismo en el Siglo IV era de madera. Después de casi mil años de uso estaba muy deteriorado. A un papa, entonces, para edificar uno nuevo se le ocurrió la ‘brillante' idea de vender tiquetes de entrada al cielo llamado ‘Indulgencias'. La persona que las compraba se le borraba automáticamente todos sus pecados y era recibido por san Pedro con las puertas del cielo abiertas. Fue tal el abuso, que aquello inició una corriente de pensamiento y acción que protestó en contra de aquella idea descabellada. Religiosos católicos, como Lutero y Calvino, iniciaron un movimiento protestando en contra. Nació entonces el protestantismo.

Entré entonces en aquella regia catedral, inmensa, hermosa e impactante. Aquel día un coro de música sacra practicaba. De aquellas gargantas brotaban sonidos que se elevaban y rebotaban en paredes y techos, convirtiendo aquel lugar en una caja sonora repleta de espiritualidad y oración musical. No había muchos visitantes y pude escuchar con deleite y paz aquella música harmoniosa, casi divina. Olía a incienso y entre aquel aroma y la cadencia suave de los cantos gregorianos, me transporté lejos de allí. De repente recordé cuando vestía sotana roja y blanca en el coro de La Salle o ayudaba a dar misa como monaguillo, y mi mente divagó. Entiendo ahora cómo todo aquel ritual impactaba las mentes simples de campesinos en la Edad Media, para los que entrar en una iglesia era visitar donde vivía Dios.

Después de un rato disfrutando aquella experiencia casi mística salí y me recosté en una de las columnas que rodean la plaza central. A mi lado un mendigo pedía limosna.

—‘¿Me da algo, por amor a Dios?', —me preguntó en perfecto español.

Lo miré detenidamente. No parecía europeo. Su tez y brazos estaban bronceados, oscuros. Una espesa barba colgaba de su rostro, de donde una nariz aguileña y mentón grande sobresalían. Sus ojos eran negros. Vestía una túnica como la de otros tiempos que lo cubría todo, salvo sus pies que calzaban alpargatas, también de estilo antiguo como sus vestimentas. Parecía salido de alguna de las páginas de la Biblia.

—‘¿De dónde eres?' —le pregunté, curioso.

Sus ojos se iluminaron y sus labios formaron una leve sonrisa.

—‘Te interesas en mí, ¿ah? Pocos lo hacen. Pasan apresurados a mi lado, con sus cámaras tomando fotos de todo —click, click—, como si ellas pudieran captar la esencia de este lugar. Llegan a sus casas y jamás ven de nuevo aquellas fotos ni las que han tomado apresurados en otros lugares. Pasan por aquí como en una estampida, y no se llevan nada'.

Lo miré con asombro. No esperaba aquella lección de filosofía de aquel vagabundo.

—‘¿Qué se pueden llevar?'.

—‘Esa es tu segunda pregunta y no me has dado nada' —señaló el plato vacío frente a él—. ‘Soy de Palestina, de donde vinieron los que iniciaron todo esto' —señala con su dedo índice a su alrededor.

Saco unas monedas del bolsillo y las coloco en su envase. Asiente con cabeza.

Aprovecho y le hago otra pregunta:

—‘¿Estás aquí por los conflictos que hay en tu tierra?'.

—‘¡Jajajaja! ¡No! En mi tierra siempre hay conflictos, desde hace miles de años. Vine por otra razón. A predicar el mensaje. La Buena Nueva'.

—‘¿De Jesucristo?'.

—‘Sí, claro'.

‘Eres entonces un palestino cristiano, ¿no?'.

—‘Supongo...'.

—‘¿Y has logrado predicar tu mensaje?'.

—‘Antes sí. Las personas escuchaban más. Ahora todos andan con prisa buscando yo no sé qué... La espiritualidad era muy importante'.

—‘¿Y ahora?'.

—‘Dímelo tú. ¿Qué piensas de todo esto?' —señala a un grupo de asiáticos que arremolinan detrás de una banderola que señala a su guía—. ‘¿Hay algo profundamente espiritual en todo esto, o son solo visitas que honran más a los que construyeron todo esto que al mensaje?'.

Me quedé unos segundos en silencio tratando de asimilar todo aquello.

El hombre aprovechó y añadió:

—‘Me gustaba más cuando no había nada de todo esto' —señaló de nuevo con su dedo a las construcciones a su alrededor—. ‘Cuando solo me traían flores y regalos a mi tumba. Era más fácil para los visitantes escuchar la voz de Dios. Sin tantos intermediarios'.

—‘¿Su tumba…?' —pregunté, mirándolo asombrado.

—‘Sí. La que está debajo de aquello' —señala la basílica

—‘Allí está la tumba de Pedro…'.

—‘Claro. Es una tumba sencilla que dice ‘Pedro está aquí'. Me gusta mucho reposar allí, de manera sencilla y pobre'.

‘Este hombre está loco', recuerdo que pensé.

Él añadió:

—‘No sé por qué construyeron tanta cosa' —señala de nuevo a su alrededor—. Nada de esto se necesita. Mi tumba es modesta, sin adornos.

Me mira y señala su plato:

—‘Me has hecho ya bastantes preguntas. Creo que me he ganado un billete o dos'.

—‘Claro... Claro', y saqué mi billetera y deposité dos billetes.

‘Es buen actor', pensé.

El hombre se levantó. Se acercó a mí con los billetes entre los dedos, se los llevó a su frente y me dijo:

—‘¡Gracias, Yike! Te bendigo por lo que has hecho'.

Y dando media vuelta, se alejó con paso rápido y desapareció entre las columnas.

—‘¡Espere!' —grité— ‘¿cómo supo mi sobrenombre?'.

Miré mis vestidos y hasta mi billetera, a ver si en algún lugar estaba escrito. No encontré nada.

Partí presuroso detrás de él, pero no estaba por ningún lado.

¿Imaginé todo aquello? ¿Me intoxiqué con tanto incienso y música sacra? No lo sé. En otras visitas al Vaticano lo he buscado en vano. Hasta pregunté a algunos guardias suizos por el personaje, y nada. Se desvaneció como se desvanece la historia.

ESCRITOR