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17 de Oct de 2019

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Rafael Carles

Columnistas

Asuntos de tolerancia

‘Los ingenieros y científicos hemos debatido por años el significado de precisión y exactitud, y reconocemos que aún existen diferencias irreconciliables

Los ingenieros y científicos hemos debatido por años el significado de precisión y exactitud, y reconocemos que aún existen diferencias irreconciliables, a pesar de que las dos a menudo van de la mano: precisión implica meticulosidad y consistencia, mientras que exactitud implica certeza y seguridad. Cuando un francotirador dispara a un blanco y las balas reposan una muy cerca de las otras, es un disparo preciso. Pero los disparos solo son exactos si golpean la diana. Un reloj es preciso cuando marca los segundos de forma invariable, pero aun así puede ser inexacto si muestra la hora incorrecta. Irónicamente, a veces valoramos la precisión a expensas de la exactitud.

Un Rolls-Royce, modelo Camargue de 1984, es un auto maravilloso, diseñado con mucha precisión en todos los aspectos de su elaboración, pero al tratar de comercializarlo no tuvieron la menor idea de exactitud en las decisiones. Precisión es un componente importante en la fabricación y funcionamiento de herramientas y máquinas que sin duda ha transformado la sociedad humana, pero la damos por sentado como el aire que respiramos, aunque seríamos incautos si no la tomamos en cuenta al inflar los neumáticos o tomar la temperatura del aire.

Con lo cual es oportuno preguntar, ¿cuál de las ciencias es la más precisa? La biología es desordenada, llena de divergencia y variación, de criaturas de todas las formas y tamaños. La astronomía supone una serie de aproximaciones y conjeturas apiladas una sobre otra, aunque los instrumentos utilizados son de asombrosa precisión. Las matemáticas son precisas por definición, pero están llenas de abstracciones. Con lo cual parece que la precisión comienza con el estudio de la física y la química.

Todo inicia en mayo de 1776. Por un lado en Inglaterra, John Wilkinson estaba mejorando la fabricación de cañones para barcos cuando construyó una máquina de hierro con agujeros cilíndricos perforados. Y por otro lado en Escocia, James Watt patentó su máquina de vapor, pero sus primeros motores eran sumamente ineficientes. El vapor se filtraba por todas partes y Watt intentó tapar los huecos con goma, cuero, papel, corcho y excremento de caballo, hasta que finalmente Wilkinson llegó a visitarlo para pedirle un motor para su taller. Observó el problema de Watt y tuvo la solución enseguida: perforó los cilindros del motor de vapor con hierro sólido, igual que un cañón naval, pero en mayor escala, y con una abrazadera logró un cilindro de cuatro pies de diámetro y un ‘chelín' de espesor. Un chelín se refería a una décima de pulgada y con ello la ciencia de la medición estaba en su infancia. Un ingeniero de hoy diría una tolerancia de 0.1 pulgadas.

La fama de Watt eclipsa la de Wilkinson, pero es la precisión de Wilkinson la que permitió a la máquina de vapor de Watt impulsar bombas, molinos y fábricas en toda Inglaterra, lo que encendió posteriormente la Revolución Industrial. Tanto como la maquinaria misma en sí, el descubrimiento de la tolerancia fue crucial para el desarrollo de la historia de la ingeniería. Sin esa noción de tolerancia, la holgura entre cilindro y pistón, la máquina de vapor no hubiera despegado como sucedió. Cuando las piezas de las máquinas pudieron fabricarse con una tolerancia de una décima de pulgada, pronto siguieron tolerancias más finas: una centésima de pulgada, una milésima, una diezmilésima y menos.

El invento de Watt fue una máquina de vapor. Y la de Wilkinson fue la precisión para fabricar máquinas y sus partes. Siguieron más y mejores máquinas, algunas tan básicas que apenas las consideramos máquinas: inodoros, poleas y escopetas. Sobre la historia de la ingeniería se han escrito muchos libros, al igual que de la industrialización, pero al centrarnos en dirección hacia una mayor precisión, resulta una perspectiva totalmente desconocida para la mayoría.

‘[...] la humanidad [...], tal vez haría bien en aprender a aceptar el significado del orden natural de las cosas fuera del ámbito de la ingeniería y las ciencias'

Por ejemplo, la humanidad obsesionada e impresionada cada vez más con el valor de un borde finamente acabado, una pieza perfectamente esférica o una superficie divinamente lijada, tal vez haría bien en aprender a aceptar el significado del orden natural de las cosas fuera del ámbito de la ingeniería y las ciencias. Porque, aunque los físicos calculan distancias astronómicas en año luz y los químicos miden velocidades de reacción en nanosegundos, con exactitudes y precisiones inimaginables que superan cualquier incertidumbre cuántica, también podemos acercarnos a los límites de precisión y exactitud en otras áreas del quehacer diario y reconocer su importancia. Tal como llegar a tiempo, iniciar temprano, dejar espacio para estacionamientos, construir aceras para peatones, respetar señales y obedecer leyes.

Elemental, pero preciso y exacto.

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