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18 de Oct de 2019

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Columnistas

La Asamblea Nacional y los cambios tecnológicos

Hace unos días, me encontré con un viejo amigo, uno de esos que están enganchados con la tecnología y que están convencidos de que en algún momento de nuestras vidas seremos esclavos de computadoras inteligentes y de robots inalámbricos.

Hace unos días, me encontré con un viejo amigo, uno de esos que están enganchados con la tecnología y que están convencidos de que en algún momento de nuestras vidas seremos esclavos de computadoras inteligentes y de robots inalámbricos. Después de los saludos de rigor, y sin preguntarle, Ricardo comenzó a enumerar algunas ideas para reformar el reglamento interno de la Asamblea Nacional en función de la tecnología.

Lo primero que Ricardo mencionó fue la instalación de bloqueadores de señal a celulares dentro del recinto de la Asamblea Nacional y en todos los salones donde se reúnen las comisiones, con el fin de aumentar el nivel de atención de los Honorables Diputados y eliminar el triste espectáculo de verlos por las cámaras de televisión hablando y “chateando” por celular, sin poner mayor esmero en los asuntos que se debaten en el hemiciclo.

Ricardo continuó diciendo que otro “gadget” a instalar en la Asamblea Nacional sería un regulador de volumen, instalado en el micrófono de cada curul a disposición de los Honorables Diputados. Al preguntarle cómo trabajaría, me respondió que no estaba seguro si era mejor que el micrófono se apagara al momento de llegar el volumen de las distintas intervenciones a los 65 decibeles, o si colocar un regulador variable para que el micrófono de cualquier curul mantuviera esos 65 decibeles, independiente de los gritos histéricos y disonantes de cualquier participante.

En esta misma línea de ideas para controlar el audio en la sala, Ricardo mencionó que además le gustaría instalar sensores de ruido en la sala principal, los cuales activarían una alarma al momento en que las conversaciones y las tertulias que mantienen los Honorables Diputados en los pasillos y corredores opacan o no permiten escuchar la intervención de aquel colega que hace uso de la palabra.

A medida que Ricardo iba dándome nuevas ideas y más detalles, el aumento de su entusiasmo se reflejaba en la dilatación de sus pupilas y en el brillo de sus ojos. Estaba convencido de la necesidad de ampliar el uso de la tecnología, ciertamente más allá de registrar el voto de apoyo, rechazo o indiferencia de los Honorables Diputados en los diferentes procesos de gestión parlamentaria.

Mi amigo Ricardo continuó diciendo que para mejorar la gramática y la dicción en las sesiones de la Asamblea, se podía instalar micrófonos de acción desfasada o retardada, lo que permitiría instalar un sistema central y automático de corrección y ajuste gramatical para mejorar la morfología, la sintaxis y la fonética de las distinguidas intervenciones. Según Ricardo, con este mecanismo se evitaría el uso de palabras inventadas (ej. infantitez), el mal uso de la gramática (ej. haiga y hubieron) y otros pecados y licencias del lenguaje que hieren la comunicación y afectan el entendimiento de los mensajes de los Honorables Diputados a su sufrido pueblo.

Para concluir, Ricardo habló de dotar a cada Honorable Diputado de “tablets” cargadas con inteligencia artificial para mejorar el contenido de sus intervenciones, con el propósito de asegurar que cualquier propuesta cumpla con la Constitución y todas las leyes, decretos, normas y reglamentos existentes, dando coherencia entre lo que se dice y lo que los códigos dictaminan. En este punto noté que Ricardo dudaba de la viabilidad de esta idea, por no estar seguro de que los Honorables Diputados estuviesen dispuestos a utilizarla. Bueno, me despedí de Ricardo y lo animé a que siguiera soñando por un Panamá para todos, sostenible y equitativo para todos los que vivimos en esta patria.

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