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24 de Oct de 2020

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Columnistas

Es tiempo de morir para resurgir

“El hastío es agudo y tenaz. Desde la perspectiva religiosa, algo hemos hecho para merecer esta penitencia que debemos soportar o tratar de resolver entre las márgenes de la democracia”

Hace un tiempo, hastiado por lo que vivimos a diario, decidí no dedicar mis columnas semanales sobre el quehacer politiquero. Entonces, bajo el halo de las promesas de candidatos se renuevan las esperanzas de contar con mejores líderes, a todos los niveles, que forjaran mejores oportunidades para cambiar las cosas para los menos afortunados... un mejor país en este tiempo que vivimos. Y comienzo a dar mis opiniones, y resulta que no es así... y los resultados, cada 24 horas, son peores que la noche anterior.

El hastío es agudo y tenaz. Desde la perspectiva religiosa, algo hemos hecho para merecer esta penitencia que debemos soportar o tratar de resolver entre las márgenes de la democracia. Por el momento, no hay señales de cómo vamos a salir de esto. Seguimos cómodamente sentados en el sillón, celular en mano y rabiando por medio de la redes sociales. Y ellos siguen: se ríen, se burlan. El nivel de su discurso, no tiene nivel; y nos indignamos, pero ya no nos sorprendemos.

Haré lo posible por alejarme de esos temas y, mientras trato de cumplir con eso, por mi salud mental y emocional y mientras decidimos cómo purificar el escenario político, compartiré otros temas y otras experiencias. Pero los convido a ir pensando en el tiempo de la muerte y del renacimiento, talvez sea necesario y talvez, lo más conveniente.

“Haré lo posible por alejarme de esos temas y, mientras trato de cumplir con eso, por mi salud mental y emocional y mientras decidimos cómo purificar el escenario político, compartiré otros temas y otras experiencias”

En mis manos cayó el libro “La importancia de morir a tiempo” de Mario Mendoza, escritor y narrador colombiano, con una interesante colección de obras publicadas y reconocimiento internacional. Este libro en particular, es una compilación de 139 relatos o cuentos, divididos en 10 secciones sobre diversos temas que, como dice la contraportada del libro: “... se constituye en un diccionario de rarezas que parece darle sentido a la vida”.

En una entrevista publicada en el 2013 en el Diario El Espectador, Mendoza señala que: “'La importancia de morir a tiempo' es la lista del límite, “de los que masacran a una multitud por una orden celestial, los que seleccionan a quién deben hablar, los que coleccionan la basura producto del hombre y de la mujer, los que buscan el amor en los gestos de una actriz o en la carne plástica de una muñeca inflable”. Es decir, todos nosotros.

En su blog la joven estudiante de Comunicación Isabel Guerra se pregunta: “¿Cuál es esa delgada línea que separa la locura de la cordura?, ¿cuál es el límite de nuestra mente?”... Ella misma se responde: “Leyendo este libro me di cuenta de algo muy importante, todos estamos —así sea mínimamente— un poco locos, todos compartimos algún deseo, obsesión, impulso, ganas de poseer, alguna manía extraña... todos estamos de alguna u otra forma un poco desequilibrados y está bien, es parte de la realidad misma”.

Uno de los relatos del libro se titula “La adicción a sufrir”, comienza diciendo: “Es muy fácil asumir esa adicción sin darse cuenta. Nuestra cultura tiene muchas puertas de entrada y pocas de salida. Una de ellas, por ejemplo, es la religión”. (…) “Otra puerta frecuente es la codependencia. Es una relación con un drogadicto, un alcohólico o un depresivo. La pareja es una especie de salvadora, alguien clave, importante, significativo, fundamental”. Aquí en nuestro entorno, el politiquero (esos de quienes nos quejamos) llena ese requisito. El que da salves, “tira la toalla”, da para poner la paila. Es difícil romper esa relación.

La receta perfecta para asimilar esta obra sería leer uno o dos de los relatos y cerrar el libro hasta el siguiente día. Meditar sobre lo leído, un ejercicio que permite explorar los sentimientos y las realidades psicológicas internas que pocas veces queremos tratar, incluso con nosotros mismos. Examinarlos en el marco de lo que nos han enseñado sobre la vida y sobre nuestra relación con el entorno social con el ser humano y sus desventajas que, de alguna manera son las nuestras repetidas en el otro o la otra, que osamos criticar o señalar, para después volver a la realidad y nuestra incapacidad de hacer lo necesario para resolverla de una vez y por todos. Este es el tiempo de morir para renacer, ingresar de una vez al siglo XXI y abrir la puerta para corregir expulsar a los malandrines del espacio que nos pertenece a todos.

Comunicador social.