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- 22/10/2019 00:00
'Logicidad' del delito
En las sociedades humanas casi todos los argumentos relativos a la corrupción, delincuencia y criminalidad [temas que nunca pasarán de moda] tienen la particularidad, bona fide, de ser universalmente “correctos”, lógicos, irrebatibles, siempre y cuando sean percibidos desde el ángulo de las costumbres, normas, leyes, es decir, con apego a códigos culturales o “prejuicios”.
No utilizo el término “prejuicio” peyorativamente. Al contrario, lo avalo en su justa dimensión. Se trata de ordenanzas en el ámbito psicosociocultural, creadas generalmente con el fin de elevar la condición humana y garantizar la convivencia social.
Los prejuicios son verdades, no porque lo sean, sino porque se los crea y acepta en tanto ayudan a vivir en comunidad.
Más claro: la humanidad es impensable sin estos prejuicios llamados valores, a los que apuntalan normas inductivas [educación], disuasivas [leyes] y represivas [castigo].
Rousseau, en su obra “El contrato social...” se refiere a la mediación entre naturaleza y cultura, en función del bien común, bajo la autoridad del Estado.
Por eso al encarar conductas perjudiciales a la institucionalidad humana, como matar congéneres o despojarlos de bienes, o desobedecer las ordenanzas sobre la sexualidad, los impugnamos y exigimos castigo. Normal. Toda transgresión al “establishment” sociocultural merece repudio.
Pero algo pasa hasta a los más agudos analistas sociales: no toman en cuenta ni en serio algunos factores invisibilizados por la cultura. Olvidan que el ser humano nunca deja de ser el animal que es. Y que en la base de su conducta también operan instintos y emociones.
El hombre no solo es un suculento manjar más de los banquetes alimenticios, sino el mejor dotado para convertirse en el depredador más sofisticado de la naturaleza. Posee un cerebro similar al de los reptiles y otro similar al de los mamíferos. La única diferencia es que alberga un tercer cerebro: el neocórtex, donde reina la racionalidad. Los tres en condiciones normales, según los contextos, se alinean, trabajan juntos y se alternan la dominancia.
¿Por qué hago estas explicaciones? Para ir al fondo del problema. O mejor sería decir, al trasfondo que es más hondo.
No se puede tratar el delito sin considerar el factor biológico. El instinto de supervivencia, asociado a la satisfacción de la diversidad de apetitos y necesidades vitales, como la reproducción, no pueden ignorarse al analizar la conducta humana.
Cuando los dos primeros cerebros son dominantes, subordinan al neocórtex, técnicamente lo “esclavizan”. Sucede que la racionalidad perfecciona y potencia la “instintividad” y emocionalidad.
Hoy por hoy, el consumismo elevado a ideología, aunado a la apología del delito, en función del mercado, me induce a pensar que todas las medidas que se tomen para erradicarlo, en esta Era, están condenadas al fracaso, a corto y mediano plazo. La educación formal y la represión son cada vez más inútiles frente a las ofertas culturales mediáticas.
Solo el cambio de la estructura y supraestructura garantizará el imperio de la racionalidad sobre los instintos. Eso ocurrirá el día de San Blando que no se sabe cuándo. PRO