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21 de Jan de 2020

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Ernesto A. Holder

Columnistas

Pendientes después de 30 años de la invasión

Además de rescatar la memoria de los muertos y desaparecidos, queda luchar por el reconocimiento del “duelo Nacional” para que la fecha no pase al olvido...

Con todas las actividades que se han dado este año en conmemoración (o recordación) de los 30 años de la invasión del 20 de diciembre de 1989, es evidente que quedan muchos dolores, reflexiones y reclamos que probablemente, con el pasar del tiempo, se convertirán en versiones irreconciliables de un hecho que nos ha definido y marcado para siempre en la historia nacional.

Mi posición es clara y voy a tratar de simplificarlo: cuando se mete un ente extraño a tu casa, no importa cuántas o que tan grandes son tus divergencias con tu pareja o tus hijos, tienes la obligación de defender la casa. Por eso debemos un honor especial a los caídos en esa fecha. Dicho eso, les tengo una noticia: no nos vamos a poner de acuerdo sobre las causas y las culpas de la invasión. Y para los más recalcitrantes, los eventos históricos (tiempo después y per sécula seculorun), son estudiados desde varias perspectivas y es de humanos, medianamente educados, tomar en cuenta las diversas narrativas para formar un contexto que permita entender el retrato histórico en sus variadas dimensiones.

Cada cinco años, desde aquella violación a la soberanía nacional, hemos tenido la oportunidad de elegir un gobierno para que trabaje afanosamente...

Lo que si es cierto – dicho anteriormente – es que nuestra sociedad no ha madurado lo suficiente como para evaluar la invasión del 20 de diciembre de 1989 en un contexto imparcial y equilibrado que examine los abusos cometidos y las repercusiones sociales y políticas en el seno de la sociedad. No solo verlo como el derrocamiento de la dictadura militar de Manuel Antonio Noriega. Ese momento de ruina debió ser el catalizador para que nuestros ciudadanos tomaran el control de su futuro y trabajaran afanosamente en la construcción de una mejor sociedad. Eso se ha logrado. Si las enormes moles de cemento, acero y vidrio de la ciudad son ejemplos de progreso, entonces hemos avanzado. Pero por mi parte estamos lejos, muy lejos de tener la plataforma social, cultural y mucho menos política para enfrentar las amenazas globales como el narcotráfico y la violencia organizada, mucho menos las milenarias como el analfabetismo, las enfermedades endémicas y el abuso de unos seres humanos sobre otros seres humanos.

El proceso político que ha prevalecido durante este tiempo no nos ha ofrecido un futuro alentador. Todo parece ir en retroceso. Muchos de nuestros actores políticos no muestran capacidad de trascender a un nivel mucho más comprometedor con el futuro. La conducta del matraqueo y los espacios políticos no mueren. Es evidente que no hemos aprendido nada y muchos de nuestros políticos y líderes en varios círculos del quehacer nacional no quieren trascender más allá, si no representa ganancias económicas para ellos y sus allegados.

Mi posición es clara y voy a tratar de simplificarlo: cuando se mete un ente extraño a tu casa,... tienes la obligación de defender la casa

Cada cinco años, desde la invasión de 1989, se nos ha presentado como una nueva oportunidad las posibilidades de convertir este país en un lugar en donde los más necesitados tengan los elementos básicos para llevar adelante una vida digna, esos que pusieron los muertos en 1989. Cada cinco años, desde aquella violación a la soberanía nacional, hemos tenido la oportunidad de elegir un gobierno para que trabaje afanosamente en el establecimiento de un proceso educativo que nos ayude a elevar el nivel intelectual y educativo del país, para que la mayoría pueda contribuir en la construcción de una mejor sociedad.

Seis veces en los últimos 30 años, “viviendo en democracia”, hemos tenido la oportunidad de elegir la mejor propuesta electoral que tenga a bien promover la cultura y el desarrollo de las artes y las expresiones artísticas para que las generaciones que han crecido en este período, conozcan la riqueza cultural de todas nuestras etnias y de todos los grupos humanos que habitamos este pedazo de tierra. No obstante, la discusión cotidiana gira en torno a lo político y, en los últimos años a la delincuencia y la copada atmósfera de violencia que nos acecha. Estas amenazas son tan intensas que no hay espacio en el ambiente para iniciar una conversación puntual y decidida de cómo vamos a elevar la conducta actual para ser mejor ejemplo para la generación presente. Además de rescatar la memoria de los muertos y desaparecidos, queda luchar por el reconocimiento del “duelo nacional” para que la fecha no pase al olvido, entendiendo que una sola narrativa histórica sobre las causas y los eventos no será posible y solo unidos podremos vencer las amenazas pendientes.

Comunicador