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28 de Feb de 2020

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Enrique Arturo de Obarrio

Columnistas

El nacimiento del Niño Dios

Un día como éste o, mejor dicho, en una época como ésta, hace unos veinte siglos, gracias a Dios, para el planeta Tierra y todas las formas de vida aquí existentes tuvo lugar el acontecimiento más glorioso y significativo desde que el Señor dio inicio a la creación del universo: Nació entre nosotros, como nosotros y para la salvación de todos, el Niño Dios.

Nació en un pesebre y creció demostrando en todo momento absoluta falta de necesidad o ambición por las cosas materiales que ciegan a muchos, pero con una riqueza espiritual insuperable; nos enseñó, mediante el ejemplo, la diferencia e importancia del buen sentido sobre el sentido común, de lo bueno sobre lo malo, de la magnanimidad sobre el pusilanimidad, de la compasión sobre la indiferencia, de la generosidad sobre la avaricia; de la verdad sobre la mentira, de la humildad sobre la soberbia; de la sinceridad sobre la hipocresía; de la gratitud sobre la ingratitud; de la virtud y la moral sobre el vacío espiritual. Predicó un mensaje de paz y amor, quedando a la raza humana la tarea principalísima de encontrar, por inspiración de el Creador, el verdadero significado y sentido de la vida, actuando diariamente en forma consecuente, y cumpliendo cada cual a cabalidad su misión en la vida terrenal. Jesús sufrió y murió en nombre de la verdad, como prueba para nutrir y hacer valer nuestra fe; sentó las bases para el establecimiento y consolidación de la Iglesia.

Sin importar la religión con la cual estemos identificados o haya sido inculcada por nuestros progenitores o antepasados, sea ésta el Cristianismo, Islamismo, Budismo, Judaísmo, Hinduismo, o alguna tradición regional, es claro que Dios es uno sólo, la verdad es una sola, y en nosotros está el reconocerla, aceptarla y apreciarla como tal, en puridad, pues está en nosotros mismos, entendida y expresada en forma distinta alrededor del mundo. Aún aquellos que nieguen a Cristo como el Hijo del Dios Único, no pueden negar el paso sobre la tierra de quien dijo serlo, ni de su actitud hacia la vida o los mensajes que predicó, pues así lo registra la historia; y los que rechazan la existencia de un ser supremo, en realidad no han podido y nunca podrán probar su inexistencia, pues ello equivaldría a un imposible, que es negarse a sí mismos y a todo lo que les rodea.

Estos últimos, como todos, son poseedores de una luz interna que, dejando a un lado cualquier prejuicio, dejando a un lado incluso las aceptaciones que de tiempo en tiempo y de generación en generación han venido conformando el sentido común en cada sociedad, ha de hacemos palpar, directa e individualmente, sin injerencias externas de naturaleza alguna, el esplendor de la verdad única, y habremos entonces de reconocer la viva presencia de ese habitante de la tierra de que da cuenta la historia, así como la verdad de sus planteamientos y la pureza de su mensaje. Así como es el caso en otra fecha del año para los seguidores de otras religiones, allí está precisamente, para los cristianos, la importancia de la época navideña: para meditar sobre el tema de reflexión más significante que nos pueda surgir en el curso de nuestra corta existencia, formamos un criterio propio y arraigado al respecto, y conmemorar este día cada vez con mayor convicción y coherencia, adoptando los otros 364 días del año una actitud cada vez más virtuosa, por encima de todas las pequeñeces y trivialidades que aún importan más a aquellos que, sin saber lo que hacen, se limitan solamente a existir sin vivir a plenitud, o sin medir las consecuencias de la soberbia, la vanagloria, el individualismo exagerado, la codicia y la indiferencia por las realidades sobrenaturales.

A nuestros hijos, sobre todo en esta época, les hemos de inculcar humildemente dicha actitud mediante el ejemplo, facilitándoles el camino hacia el reconocimiento y entendimiento de esa luz interna que nos dice todo lo que tenemos que saber para gozar de paz espiritual, felicidad, y ser dignos de entrar en el reino de Dios, luego de una vida bondadosa y constructiva.

El que se dice cristiano lo debe ser por profunda convicción y devoción, más que por tradición u obligación no entendida voluntariamente, o al menos debe ser coherente esa representación con su diario vivir, mediante su actitud hacia el prójimo, hacia sí mismo, y a través de sus juicios morales; así también, para cualquier ser humano en general, independientemente de la religión que acepte por tradición o convicción, una actitud cristiana le habrá de guiar por el buen camino, en beneficio propio y de la raza humana.

En medio de la comercialización y santaclosización de la época navideña, el mejor regalo que para el entender de hijos pequeños les puede traer Santa Claus, es que los padres les inculquen el verdadero significado de lo que se conmemora para que, llegado el momento, esos sueños e ilusiones ante la llegada del gordo bonachón de barba blanca y vestido rojo, se vean reemplazados con ahínco por sentimientos de devoción, y una bien entendida actitud cristiana hasta el momento de la muerte, antes de la vida eterna.

(25 de diciembre de 1994).

Abogado