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06 de Aug de 2020

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

De ajedrez, pandemias y procesos multiplicativos

Existe una leyenda ligada al juego de ajedrez que ilustra muy bien el crecimiento exponencial. Como toda leyenda, tiene variantes, pero esta va así: un príncipe, feliz con el juego, concedió al inventor que pidiese lo que quisiera.

Existe una leyenda ligada al juego de ajedrez que ilustra muy bien el crecimiento exponencial. Como toda leyenda, tiene variantes, pero esta va así: un príncipe, feliz con el juego, concedió al inventor que pidiese lo que quisiera. Este pidió un grano de arroz por la primera casilla del tablero de ajedrez, dos granos por la segunda casilla, cuatro por la tercera casilla, y así sucesivamente, es decir, por cada casilla del tablero, el doble de granos de arroz que por la casilla anterior. El príncipe ordenó a sus colaboradores reunir la cantidad de trigo requerida. Para sorpresa del príncipe, no existía en todo el reino suficientes granos de trigo para satisfacer lo solicitado por el inventor. Tan solo el trigo correspondiente a la casilla No. 64 sería de poco más de dieciocho trillones de granos (18 seguido de 18 dígitos antes del punto decimal o aproximadamente 18 x 1018). Esta leyenda ilustra lo difícil que nos resulta comprender el fenómeno del crecimiento exponencial. Cuando las cosas crecen a un ritmo exponencial, lo que al inicio parecen números pequeños, rápidamente se convierte en números estratosféricos.

¿Y eso que tiene que ver con pandemias? Pues, que las autoridades sanitarias de todo el mundo, tanto de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como de múltiples países, así como expertos médicos, fallaron reiteradamente en prever las señales tempranas de que el coronavirus podía convertirse en una pandemia de proporciones gigantescas. Por ejemplo, el médico panameño Xavier Sáez Llorens, señalaba en Twitter el 4 de febrero que “es muy remota la posibilidad de que el virus se convierta en problema relevante de salud pública”, y días después en una entrevista televisada el 10 de febrero, dijo que “fuera de China no parece ser una situación alarmante”, ya que en el resto del mundo “solamente se han detectado como 350 casos”, cuando ya en China el conteo oficial de casos confirmados era de unos 40 mil. Lo que el médico no tomó en cuenta es que cuando China declaró la emergencia sanitaria el 23 de enero, el número de casos confirmados era de apenas 840, y en menos de dos semanas desde ese momento, y a pesar de las drásticas medidas de contención que aplicó el Gobierno chino, el número se multiplicó hasta esos 40 mil de la fecha de la entrevista. Pues algo parecido ha ocurrido con esos “solamente 350” casos fuera de China, que hoy suman ya aproximadamente 60 mil. Eso, apreciado lector, se llama crecimiento exponencial, algo que tantas autoridades médicas en el mundo fallaron en entender.

Todos los seres humanos se equivocan. Sin embargo, lo curioso aquí es que hubo personas que, sin ser médicos, advirtieron desde bien temprano que las autoridades sanitarias del mundo debían contemplar esto como una amenaza seria y tomar medidas drásticas de contención, incluyendo vedas de vuelos internacionales desde y hacia China y cualquier otro país en que surgieran brotes locales. En particular, un grupo de tres académicos —ninguno de los cuales es médico— estudiosos de la llamada ciencia de la complejidad, publicaron un artículo corto el 26 de enero, en que entre otras cosas señalaban: “enfoques estándar de políticas a escala individual, tales como aislamiento, trazado de contactos y monitoreo están siendo rápidamente sobrepasadas (computacionalmente) frente a la infección masiva, y por tanto no puede dependerse de ellas para detener una pandemia. Enfoques poblacionales multiescala, incluyendo la poda de redes de contactos, empleando límites colectivos y cambios de conductas sociales, y automonitoreo comunitario, son esenciales”. Los autores eran Nassim Nicholas Taleb, Yaneer Bar-Yam y Joseph Norman, de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Nueva York (Taleb) y del Instituto de Nueva Inglaterra de Sistemas Complejos (Bar-Yam y Norman). Reitero: ninguno de los tres tiene estudios en Medicina ni nada relacionado. Quizás por eso fueron olímpicamente ignorados.

Los autores también llamaban a los tomadores de decisiones públicas a “actuar de modo rápido y evitar la falacia de que tener un apropiado respeto a la incertidumbre en la presencia de posible catástrofe fuese “paranoia”, o la creencia de que nada podía hacerse”. Además, en las semanas siguientes y hasta hoy se han mantenido ellos y otros académicos que se desenvuelven también en el campo de la ciencia de complejidad y de redes, prácticamente gritando al mundo, que las autoridades de diversos países estaban esperando demasiado para actuar. Los eventos de Italia les han dado la razón, y ahora España, Estados Unidos y Francia, que de modo tardío han tenido que tomar a regañadientes las medidas cada vez más drásticas de aislamiento que desde un inicio recomendaron Taleb y compañía.

En Twitter, el cirujano norteamericano Matthew Pinola expresó que la negativa –hasta ese momento— de la Academia Americana de Cirugía Ortopédica (de la que él es miembro) de cancelar una asamblea general programada para fines de marzo (a la que se esperaban unos 30 mil asistentes), “es un ejemplo de cómo los médicos no entienden los riesgos multiplicativos” (afortunadamente, a los dos días la Academia en cuestión accedió a la cancelación del evento). Y sí, líderes médicos en el plano global y en países desarrollados como Estados Unidos, Italia, España, Francia y Alemania, países todos cuyos sistemas sanitarios son obviamente de los mejores del mundo, fallaron de modo craso en entender el peligro. Ahora están aprendiendo, a la carrera, en esos países que el tiempo perdido en tomar acciones radicales ha resultado en grave daño.

Afortunadamente en Panamá, con el anuncio este pasado martes de la suspensión de eventos masivos y clases escolares en Panamá y San Miguelito, y luego ampliada al día siguiente a suspensión de clases en todo el país, todo indica que las duras lecciones ajenas de los países mencionados, nos han servido para poner nuestras barbas en remojo. Pero hay otra lección aquí: los que desde la Medicina insisten en denunciar el “intrusismo”, creyendo que de salud solo pueden hablar los médicos, harían bien en asumir una dosis de humildad y reconocer que algunas veces deben escuchar y dejar ese absurdo celo de que de salud solo pueden opinar los médicos.

Abogado