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11 de Jul de 2020

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Jorge Anel Samaniego Ríos

Columnistas

'Forra´os en lata'

Puedo apostar que aquellos que pusieron en sus estados de redes sociales “2020 sorpréndeme” para fin de año no se esperaban esto. Nadie se lo esperaba, o quizás un grupo minúsculo sí.

Puedo apostar que aquellos que pusieron en sus estados de redes sociales “2020 sorpréndeme” para fin de año no se esperaban esto. Nadie se lo esperaba, o quizás un grupo minúsculo sí.

A paso arrollador el COVID-19 arremetió contra el planeta y nos agarró desprevenidos. Es un desastre global. Si bien es cierto que se han realizado descubrimientos alentadores, no es menos cierto que la propia estupidez del ser humano ha venido a ser el peor problema, pues nos sentimos empoderados y conocedores por la información que recogemos de la red. Ha sido decretado pandemia, pero un porcentaje altísimo de panameños ha considerado que son vacaciones, y de manera irresponsable se ha desplazado a playas, ríos, centros de diversión, y lugares de ocio en vez de quedarse en sus casas, como se ha recomendado.

Esta es una situación novedosa para todos, aunque para los que vivimos la invasión de 1989, lo de permanecer en nuestras casas no es nuevo. Ya lo vivimos, y lo respetamos, pues el riesgo de incumplir la reclusión domiciliaria autoimpuesta era muy probablemente una bala. El sentido común nos hacía hablar bajo, movernos de manera sigilosa y permanecer en el hogar sin llamar la atención, ya que de hacerlo poníamos en riesgo a todo nuestro núcleo familiar.

Han pasado treinta años desde aquel 20 de diciembre, y el panameño tiene otra mentalidad ahora. Los avances tecnológicos nos han mesmerizado, al punto que hemos perdido el sentido común. Vemos hoy actitudes tan egoístas como estúpidas en todas las clases sociales, que no puedo dejar de pensar en lo mal que andamos como sociedad, como país.

El mismo ciudadano que critica que el Gobierno no suspendió los carnavales es muy probablemente uno que carnavaleó, y que este fin de semana compraba cervezas y cargaba combustible, aprovechando la rebaja del mismo, para irse de paseo al interior, contra todas las indicaciones que se han dado. Muy probablemente, también sea uno de los que se apresuró en acaparar artículos necesarios para cumplir con las normas de prevención, como gel alcoholado, alcohol y mascarillas, para sentirse seguro, o en una clara muestra de miseria espiritual, para revenderlos más caros, buscando lucrar en la desgracia colectiva. Sigo sin entender el fenómeno del papel higiénico.

Algo que tienen las crisis es que sacan lo mejor, o lo peor de las personas. He tenido tiempo estos días para observar y tratar de entender los comportamientos que he visto por televisión y redes sociales y he podido captar fenómenos interesantes. Sin importar las latitudes, en todos los países afectados por el virus las masas se han comportado exactamente igual. Pánico, desobediencia, egoísmo, y en algunos casos hasta violencia. Pero no todo es malo. En un porcentaje mucho menor, han salido héroes a combatir la amenaza, en la forma de enfermeros, médicos, policías, bomberos y voluntarios, así como gente común que simplemente ha acatado las indicaciones y se ha guardado en su casa, donde reside, que no es la casa de playa, aunque también les pertenezca.

Es una lucha desigual y sin cuartel la que libran esos héroes, y sería bueno que el resto de la población, que hace alarde de su poco seso, entendiera de una buena vez. Para contener el virus hay que dejar de desplazarnos fuera de nuestra área cotidiana. Nadie sabe si está infectado, si es un portador potencial, o si es asintomático, así que cualquiera es un potencial foco de contagio, máxime si sale de su lugar de residencia a transportar el virus, haciendo más difícil el trabajo de los que tratan de salvar nuestras vidas. El virus no tiene patas, no nada y no vuela. Nosotros lo transportamos y vaya que le hacemos fácil el paseo. He visto imágenes de descerebrados que decidieron irse de viaje a sabiendas de que existía un altísimo riesgo de contagio, poniéndose en riesgo no solamente a sí mismos, sino también a todos, empezando por los asistentes de vuelo, pues es su lugar de trabajo, al igual que a cada persona que tiene la mala fortuna de cruzarse en su camino, y hasta a sus familias, acusando esas personas un nihilismo olímpico, que muchas veces contrasta con su quehacer cotidiano, o con su profesión. Pensaría uno que un doctor en medicina sabría cómo manejarse en estos tiempos. La respuesta me ha sorprendido, y en más de una ocasión. Casi puedo ver a Nietzche gritando victorioso: “¡Se los dije!”.

El comportamiento de una inmensa mayoría, con un deseo meramente lúdico, ha puesto en riesgo a todo un país. Masas de gente que piensa como individuos, atentando contra la salud de la sociedad. El virus en su etapa incipiente ha demostrado que el panameño piensa en sí mismo, no en los demás. También que creemos que somos únicos, y más importantes que los demás. Como si eso fuera poco, tampoco vemos a largo plazo.

Tratando de nombrar esta tendencia, no se me ocurre nada mejor que llamarla el “fenómeno del sibarita pobre”. Ese oxímoron deja claro que el panameño en su búsqueda de goce personal pasa por encima de cualquier indicación que contravenga con su intención: pasar un buen rato, sin medir las consecuencias. Estamos entrando a un cambio trascendental, pero muchos no lo ven por estar ocupados celebrando lo que ven como vacaciones. No lo son.

Acá en el interior tenemos una manera de definir a esa gente que no entiende de razones. Los llamamos “forra´os en lata”, pues parecería que una cubierta metálica impide que escuchen indicaciones y consejos. No estamos en prekinder. No debería ser necesario que nos den órdenes para que hagamos lo correcto. Deberíamos saber comportarnos sin que tenga que venir la policía a decirnos qué hacer.

Amigo lector, le invito a que se cuide y siga las indicaciones del Minsa y los estamentos de seguridad en esta difícil hora. No sea Usted también un “forra´o en lata”.

Dios nos guíe.

Ingeniero civil, miembro de SPIA-COICI, Seccional Azuero e inspector JTIA.